Capítulo I, «The Knight in not so Shining Armor»
“Querida Szofia,
Oh, mi dulce Szofia. Oh, dulce y roja joven doncella. Cuan hermosa es mis labios no pueden decir, mas no deben, de ninguna otra manera. Mi corazón llora de amargura cuando usted está lejos, y mis ojos no pueden ver ninguna otra dama que no sea usted. Pueden sus labios sellar los míos con un toque, un beso? Una mirada. Mi cuerpo duele, y se rompe, sólo por la leve y remota esperanza de estrecharla.
Completamente suyo, su humilde servidor, Krizstian.”
La ya arrugada y pisoteada nota yacía sobre la mesa, en una esquina de la habitación, a un lado de la pesada y ruidosa puerta de madera. El tenue destello de la ligera flama de la vela se reflejaba sobre el papel, iluminando las corridas y decididas letras allí plasmadas, dejando a Szofia con un sabor desagradable en los labios.
“¿Y es que no lo entiende?” soltó, luego de retroceder desde su lugar en la ventana, incorporándose sobre la cama. No comprendía cuál era el afán de dicho hombre para con ella, cual era el fruto de su pérfida obsesión, la cual le había quitado momentos de su más tierna y temprana infancia. Sus padres le habían prometido con aquél depravado y retorcido ser humano hacían seis años, siempre pensando en sus propios intereses y cómo podían beneficiarse de aquella unión, mas no habían sido capaces de vislumbrar cómo la infancia y belleza de su pequeña niña estaba siendo subastada al mejor postor.
Tomó la almohada de plumas de ganso y la llevó a su rostro, cubriendo así un fuerte grito de frustración y desesperación, apretando el lino entre sus dientes. Pequeñas lagrimas descendieron desde sus lagrimales, enrojeciéndole la cristalina y melancólica mirada. No sabía qué hacer, ni qué decir respecto a sus funestos avances, los cuales, no hacían más que aterrorizarla al grado de bajar la mirada en su presencia, o esconderse detrás de las puertas en caso de alguna visita inesperada.
Pero aquella tarde, aquél fatídico día, sus intentos de burlarle se reducirían a cenizas, a no más que eso, un intento.
Su doncella acudió a sus aposentos para ayudarle a vestir una de sus mejores galas, negándose a explicarle el porqué. La pelirroja no entendió la idea, no comprendió que aquella al parecer inocente intervención, era más y nada menos que el aviso de la visita de aquél desgraciado y trastornado individuo.
Las cuerdas del corsé le mantenían erguida, así como también el prominente peso de sus ropajes. Estaba usando su vestido color ciruela, aquel vestido por el cual tanto había agradecido a su padre. Y al mirarse al espejo para cerciorarse de su apariencia, no hizo más que ver a una muchacha demacrada, pálida, incluso más que de costumbre, aterrada y entumecida; algo andaba mal, y su menuda anatomía intentaba dárselo a entender mediante todas las señales fisiológicamente posibles.
—¿Quién es el invitado, Anna?
La morena joven que ahora permanecía a sus espaldas mantuvo silencio, sólo generando un ligero ruido cada que cambiaba de pie de apoyo al arreglar el cabello de Szofia.
—Por favor, Anna... —espetó, aún viéndose a sí misma en el espejo, volteánadose de golpe para encarar a su dama de compañía—, dime... ¿Es a mí a quién vienen a ver?
—No se me permite hablar sobre eso, mi joven señora.
—Por favor, Anna, necesito saberlo.
Las manos de ambas permanecían ahora entrelazadas las unas con las otras, mientras que ambas miradas se cruzaban directamente, una más suplicante que la otra. Szofia sentía como las lágrimas amenazaban con aparecer nuevamente, tal y como en aquella misma mañana, donde sus emociones se apoderaron de su cuerpo y le hicieron retorcer de angustia y desesperanza. La doncella tensó el agarre ligeramente, causando que la pelirroja entendiese la indirecta con el tiempo suficiente como para articular una que otra palabra.
—No... No iré con él. Me rehúso. Anna —la muchacha se movió rápidamente de su lugar, postrándose ahora a los pies de su ayudante, sosteniendo aún sus manos con gesto suplicante en aquellas claras y dilatadas pupilas—, no dejes que me lleve.
La no mucho mayor jovencita a quien ahora suplicaba le pidió con la mirada que se levantase, dándole a entender que por más que luchase, por más que se negase, todos los demás hallarían una forma de encadenarle a aquél rufián despiadado y sádico. Que sus intentos de ayudarla no servirían de nada, que ambas sucumbirían en cualquiera de los casos. Sin embargo, el objeto de la obsesión retorcida del húngaro, la pequeña y menuda dama roja como el otoño, no deseaba ser una posesión más.
Sus manos se deslizaron fuera del agarre de Anna, quien perpleja observaba como la chiquilla de pálida tez y mejillas sonrosadas se alejaba como podía de aquella habitación, casi resbalando con las telas de sus ropajes.
Los pasillos fríos e iluminados solamente por los candelabros de plata le engullían, siendo la piedra de sus muros una metáfora perfecta y nefasta de una prisión, aquella prisión en la que ahora se encontraba residiendo, a espera de ser llevada por la senda de la muerte. O lo que ella creía como muerte, lo que estaba muy lejos de ser verdad.
Las voces de su señora madre y aquél imponente hombre se entremezclaban, formando una melodía que le hacía dolor las sienes. Ambas manos ahora sujetaban los ropajes, arrugando, estrujando con fuerza, haciéndole sentir que la sangre abandonaba sus falanges. Las lágrimas volvieron, esta vez cayendo desesperadas por sus mejillas, humedeciendo sus labios con un sabor ya salino.
Se apresuró a través de los establos, pasando de largo a los corceles, quienes impávidos observaban la escena como si de el danzar del viento se tratase. Los bordes de las finas telas se llenaban de lodo, de inmundicia, así como sus botas, dificultándole cada vez más el seguir avanzando. Se sintió desfallecer, mientras que se daba el último impulso para entrar bosque adentro, buscando algún árbol propicio para su descanso. Y allí, bajo las tupidas copas de aquellos milenarios árboles, se recostó a llorar, recordando algunos de los episodios que habían marcado su infancia en indirectas manos de aquél ser malvado y depravado.
Sus ropajes a medio arrancar, su cabello enmarañado, lágrimas corriendo incontrolables. Una mano reteniéndole por el cuello, mientras la otra buscaba separar sus piernas con violencia. Un golpe, dos, tres, y todo se volvía negro. Su infancia parcialmente arruinada, su inocencia mermada. Y todo por la obsesión de un hombre.
Pasos le despertaron de su ensoñación. El crujir de las hojas secas, una presencia.
Una figura irreconocible se paseó casi flotando por sobre las hojas, por sobre el lodo, hasta posicionarse a unos cuantos metros de una asustada Szofia, que ahora temblaba y sollozaba. ¿Habría el enviado alguien a buscarle? ¿Sería capaz de llevarle a la fuerza? Las respuestas a aquellas preguntas le eran más que obvias, sin embargo, aquél figura masculina no parecía seguir las órdenes de ningún tercero.
Una capa cubría su rostro, impidiéndole a la muchacha poder ver con claridad el rostro de su ahora compañero. Pensó en correr, incluso en lanzarse por algún risco, pero al quitarse la capucha, su mirada le dio la sensación de que estaba dentro de un sueño. Estaba hipnotizada, incluso tranquila. Aquel joven no podía ser real, debía ser efecto de su imaginación.
Pietro sonrió, asegurándose de que Szofia no volviese a olvidar su rostro, ni mucho menos su existencia, la cual le atormentaría hasta el día de su muerte. E incluso después...