Siempre dejé abierta tu herida a propósito, tenía la convicción de volverte a ver y restregarla sobre tu ser. Al principio la abría más, con malicia, viendo tu vida pasar y la mía hundirse. La sazonaba con sal, después la cubría con cal. Miraba desde la ventana de mi amargura tu felicidad, se pavoneaba, me provocaba, me irritaba. A ratos quería matarte en mi cama y dormir abrazada a tu cadáver, porque ya no iba a existir más ese "algo" que me mantuviera al pendiente de tu lejanía, ya no tendría que obligarme a superarte, a medio vivir, ya no me compararía, el cabello dejaría de caerse y las uñas volverían a salir. Pero la autoflagelación me seducía a las 3 de la mañana, a medio día, a la hora de la comida. Ese ardor en el pecho se hacía eterno. La respiración se cortaba de nuevo, la ansiedad me envolvía y mi voluntad perdió todos sus matices junto con la dignidad. Me fragmenté y dejé una parte en tu alfombra que odiaba vernos coger. Las dudas se instalaron en mi recámara y fue cuando enloquecí. Escribí sobre tus promesas lo que me hacías sentir. Me quebré sin frenar a la desgracia. La vida sin tu sonrisa parecía una broma. Nunca conté el tiempo que manché con tus recuerdos. Ni las noches inconclusas. Ni cuántas veces con exactitud me denigré hasta dejarme en la nada. Por instantes no tenía nada más que miedo. Dejé de producir eco. Practicaba vivir y me salía mal. Me inventaba pretextos para buscarte. Me rehusaba a la pérdida. Fui capaz de generarme vacíos innecesarios. Creí que nunca nos íbamos a superar, dejaste de ser una herida y por momentos, pensé que habías mutado y te habías convertido en un lunar. Te dejé de amar. Te dejé de esperar. Dejaste de doler. De arder. Se borró la enferma convicción de ser yo la culpable. Me perdoné. Me exilié de tu vida y me liberé del pasado. Ahora te uso de escalón. Nunca regresaste pero nunca te fuiste. Arranqué de mi diario tu existencia. Pasaron varios años. Me avergonzaba tu insistencia. Después, cada que cogíamos le ponía una línea a mi pared color lila. Anotaba la fecha y la cantidad de orgasmos que tenías. Eran pequeñas batallas personales ganadas. Te usaba para fixear mi ego. Te enamoraste varias veces después de mí. Pero en esos intermedios te desahogabas entre mis piernas. Ibas y venías porque yo lo permitía. Pero un día me cansé y dejé de contestar. Te negué el acceso a mi presente. Te evitaba. Te borré de todos lados porque no me interesaba saberte. Me aburriste. Pasaste de ser todo a ser un error. Ahora no dejas de buscarme y yo no dejo de ignorarte. No me interesas. No me llenas. Lo que me ofreces me lo doy con una mano, con las dos o con tres dedos. Jamás llenarás mis espacios. No te quiero de vuelta. Ya no me provoca nada tu presencia. No hay cicatriz. No hay nada. Ni siquiera mi cama te extraña. Nadie es indispensable para nadie ni para nada. El adiós es lo último que pude ofrecerte y por diplomacia. Gastaste todos tus intentos, todas tus balas. No voy a regresar. No espero que lo entiendas. Pero tampoco quiero que vuelvas a saborear mi maldad. Estoy rota, pero resulta ser que fue desde nacimiento y no desde que me dejaste de "amar".
















