Ladeando levemente la cabeza, el niño de claros cabellos admiró su última obra maestra. «No era la gran cosa», afirmaría años más tarde, pero en ese preciso instante sus grandes ojos centelleaban ante el ferviente deseo de haber conseguido el regalo perfecto para su progenitora. ¡Y no había excedido en el uso del crayón azul! Se limitó a colorear las cosas que realmente necesitaban de éste: como los irregulares círculos que intentaban asemejar sus ojos, los triángulos que retrataban la camiseta que llevaba en ese momento y aquel firmamento adornado por un sol sonriente. ¡Por primera vez ocupó el amarillo! Esforzándose en que el cabello del dibujo luciese al igual que esa desordenada melena suya y los rayos del sol quedasen del mismo largo. ¡También utilizó el crayón rosa! Se esmeró tanto en que las largas hebras de su madre no fuesen entorpecidas por el grosor del lápiz que hasta ensayó previamente en una hoja diferente. Y el resultado había sido lo que él esperaba: algo hermoso.
Definitivamente, era el regalo perfecto para mamá.
Sin querer seguir esperando a la reacción de ella, un Mikaela de tres años se levantó de un salto. Sacudió sus prendas, tal como le enseñaron, y se volcó en la tarea de buscarla.
— ¿Mamá? — Llamó con esa tierno tonillo suyo, inflando las mejillas al no obtener respuesta inmediata —. ¿Mami, dónde estás?