No sé cómo decirte que ya no te quiero.
Que me hablas y ya no escucho.
Que me besas y ya no siento.
Que te pienso y no lo soporto.
Que te miro y nada.

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No sé cómo decirte que ya no te quiero.
Que me hablas y ya no escucho.
Que me besas y ya no siento.
Que te pienso y no lo soporto.
Que te miro y nada.
Las mariposas que me hicistes sentir en el estomago han muerto y ahora me producen arcadas.
-Secuelas del amor.
“¿Qué hago con las luces?”, pienso.
Había recordado accidentalmente que existían y las crucé de un extremo a otro en mi enorme ventana. Fue en aquéllos días en que solía preguntarme cuándo dejaría de sonreír.
Las encendí por la noche; “El contraste con las luces de los edificios hace que se vea precioso. ¡Es muy cálido!... ¿será que es cálido?”, pregunté, mirando a uno de mis perros; la rapidez con que su oreja derecha se volvió alerta me hizo suponer que, al menos, sabía que me dirigía a él.
“Seguro le parecerá lindo la próxima vez que venga”, dije, recordando el modo en que cerraba los ojos cuando le besaba el cuello mientras leía los apuntes que cuelgan de mi refrigerador. Pero no volvió, lo supe de a poco, a dosis desgarradoras de realidad, hasta que me dio el golpe final.
Un día tras otro - de esos en los que dejé de sonreír y en mi rostro se posó una tristeza amarga y profunda -, pensaba en ellas. Se volvieron símbolo de la herida fresca conteniendo mi ilusión.
Quise sacarlas una tarde, apenas pendiendo de una silla, cuestionando mi suerte a gritos y a la nada, después de dos botellas de vino. Otro - el peor -, intenté arrancarlas sin piedad, destruirlas, con esa sensación de asfixia en medio del llanto que ni siquiera da espacio entre pensamiento y acto.
Sólo dos semanas más tarde fui capaz de cambiar radicalmente el plan: compré más luces. Cientos de ellas pendiendo de un hilo fino; eran flores, eran velas, eran diminutas ampolletas como estrellas colmando la inmensidad de ese espacio que no comparto con nadie y que, insensatamente, quise convertir en un espacio para él. No había sensación de calidez alguna ni escenas suyas revisando mis libros o mis tés, pero había un recuerdo sobrescribiéndose.
Una posibilidad de supervivencia suponiendo que, algún día, su presencia en mi mundo ya no evocará la ausencia; el sueño de un día en que no significaran más que mi propia identidad.
Busco hacer lo mismo conmigo: llenarme de luces, llenarme de tonos, colmar cada uno de mis espacios construidos de malsana pasión acumulándose en rincones, en miles de estrellas titilando alertas en función de mis propias noches... de las noches que deban seguir a ésta.
Fracaso en cada intento, unos más duros que otros. Lo evoco, cierro ahora yo los ojos imaginando algún sin sentido; los abro, veo las luces y vuelvo a centrarme en el desgarrador esfuerzo de hacerlo costumbre; ese de suponer que tanto sentir me irá adormeciendo y resignando con el paso de los días.
No hay nada que anhele más ahora mismo, cuando el peso del recuerdo se deja caer con todo su agridulce misterio sobre mí.
Quiero banalizarte. Necesito banalizarte... necesito que dejes de doler.
Que bonito es estar mal a las 3:00am y que la persona con la que quieres hablar no conteste tus mensajes :)
Bulimia.
Sin complejos ni matices superfluos. Sólo un bello momento. Donde la saliva recorre el estómago, la laringe, la boca. Y deyecta intempestuosa su esencia.
Ninguna enfermedad. Ni estética ni psicológica. Únicamente necesidad esperada del cuerpo.
© A. Sotuyo
Le había costado tiempo, pero finalmente se había dado cuenta de que se sentía atrapado en un bucle. Le dolía admitirlo, pero la verdad era que ningún indicio en aquel lugar anunciaba un cambio de vida para él. Todo transcurría con la misma fatigosa rutina de siempre. Los hábitos que formaban la cotidianeidad se repetían, incansablemente. Sin darse cuenta, se había quedado estancado en la rutina, rodeado de las mismas responsabilidades, los mismos problemas, la misma gente. Cada día se sucedía como un círculo que siempre regresaba al mismo punto. Sus amigos y compañeros habían hecho allí sus vidas, pero él permanecía extraviado en un mundo que siempre había creído como suyo y en el que, sin embargo, no encontraba su lugar.
El crecimiento era doloroso. El cambio era doloroso. Pero nada era tan doloroso como quedarse atascado en un lugar donde no perteneces.
Aquella era la realidad. Pese a ser cruda y dolorosa, era innegable.
Y estaba solo.
Puro Doriloco 😂😂
Cuando arruinas sin querer un cumpleaños ajeno.