Uno de los habitantes de La Casa Verde, el pintor y arquitecto Fernando Downling, fue esencial para llevar el proyecto a la realidad sin pasar por el calvario del plano en blanco. Fuera de ello, Fernando se las tuvo que ver con las antes mencionadas madres del proyecto, lo que nunca fue fácil, pues es difícil hablarle con calma a una madre sobre las virtudes y defectos de su hijo. Pese a todos los tropiezos, este improbable equipo supo encontrar la circularidad del cuadrado que lleva directamente al flamante taller del que hoy todos disfrutan. Como tramoyas no podemos dejar de mencionar a las familias de cada uno de los personajes antes mencionados que aportaron con la paciencia, consejos y trabajo esclavo.
La Casa Verde como una comunidad de profesionales y artistas que fuera de compartir el techo, también comparten una idea del oficio y la dedicación apasionada por cada una de sus disciplinas. Así, Raimon Bragulat y Cata Lladser, forman Ole Büro, un estudio de diseño que se recrea en la vasta experiencia en Barcelona del primero. En los altos de la Casa Verde, más allá del ajetreo cotidiano, comparten estudio Diego Olivares, periodista especializado en documentales audiovisuales y diseño web y Loreto González, profesora de literatura, editora y exquisita encuadernadora. El grupo es, a lo menos, variopinto, para usar una de las palabras predilectas de Varguitas. El resultado de este explosivo cóctel de talentos ya se tendrá que ver con el paso del tiempo, aquí en el 1681 de Miguel Claro, en la frontera bárbara del culturoso Barrio Italia, está todo por pasar.