La palabra y su historia
Pararrayos
Pedro María Mejía Villa
El 15 de junio de 1752, el filósofo e inventor estadounidense Benjamín Franklin echó a volar una cometa en medio de una tormenta. De esta manera pretendía demostrar que las tormentas constituían un fenómeno eléctrico. Y aquel día lo comprobó. Así nació ese instrumento que es utilizado para atraer un rayo y conducir su descarga a tierra con el fin de que no cause daño; es decir, el pararrayos.
Esta palabra llegó a nuestra lengua por intermedio del francés. En este idioma, el término paratonnerre, cuyo registro data de 1773, tuvo como primera acepción “dispositivo que protege del rayo” y, después, 1813, se le agregó el significado de “aquello que protege y desvía el peligro”.
En español, este vocablo se documentó por primera vez en 1783, con la grafía para-rayos (con guion intermedio), el cual designaba el “aparato que sirve para proteger un edificio, un barco u otras construcciones de los rayos”.
Las formas pararrayo y pararrayos, como aparecen en la edición actual, fueron incorporadas al Diccionario por la Real Academia en 1884, aunque la segunda, en plural, es la que ha prevalecido en el lenguaje, tanto hablado como escrito. La primera es poco usada.
Si usted consulta la vigesimotercera edición del DLE, se encontrará con el siguiente texto en pararrayos: Tb. pararrayo, p. us. De parar1 y rayo. 1. m. Artificio compuesto de una o más varillas de hierro terminadas en punta y unidas entre sí y con la tierra húmeda, o con el agua, por medio de conductores metálicos, el cual se coloca sobre los edificios o los buques para preservarlos de los efectos de la electricidad de las nubes.
Como dato curioso, el Diccionario de americanismos, de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale), consigna, como colombianismo popular y festivo, una acepción más para pararrayos: “Regalo que se hace a la pareja como compensación por haber obrado mal”.









