La noche de la triple turca
Era la primera vez que pasaba la noche en la casa de ella y para entonces, a pesar de ser novatos, veníamos acelerados en la cuestión.
La mano vino así: yo estaba en mi pieza cuando Cosa me pegó el llamado y me compró con milanesas, papas fritas y lo otro, aquello que las minas venden, con suspenso, para darle sentido mágico y caprichoso a la vida.
Cuestión que llego a lo de ella bien empilchado, aunque, sobre todo, cómodo. Es decir, con ropa que no dé ganas de cagarse.
No va que, apenas entro, me cierra la puerta y dice: “Me vino”. Entonces, dudé: “¿Qué carajo le vino?”. Y razoné: “Ah, el caudal rojo”. Mas dije: “No importa, mi amor. Vine para charlar de tus cosas y a que me cuentes sobre múltiples bebés”.
Pues bien, que la tipa se había portado con las milanesas, que venían con servilleta abajo, detalle importante que demuestra amor y que, en consecuencia, diferencia a las novias de las nadies.
Comimos
Y no pasó mucho hasta que prendimos el Mario. Le ganamos hasta tarde, acostados. Llegamos a un nivel lleno de tortugas y la mina me apoya el culo mientras lo mueve en vaivén. “Dejame saltar, che, que se me va la tortuga”, le digo. Me estaba quedando un poco dormido, además.
Yo pensaba:
“Mirá qué copada. Pretende tener sexito. Garchar. Con sangre. QUIERE GARCHAR CON SANGRE. Oh, Dios mío, vamos a coger con ríos de sangre. Amor bordó. Torrente púrpura. Sangre seca que raspa sobre mí. Jesucristo, no, por favor”. Entonces, clavé cara de orto: “Salí de acá, mujer”.
Pero, no
Ahí, la mina levanta su vestido y se corre la tanga como cinco centímetros a la izquierda. Se me sienta y yo, aun, todo cerrado: medio puto. Por suerte, las mujeres saben bailar. En la vida, danzan ante cualquier cosa, esquivan y pilotean. Menos mal. Bueno, cuestión que la pendeja se arranca el vestido, se queda en pelotas y se me arrima. Yo pienso: “Tetas”. Mas digo: “Quiero jugar, mujer de tetas enormes, que se me cae el Mario”. Y ya no pienso. Tal es así que esa noche obtuve mi primera turca. Y la segunda. Y otra.
Al otro día
Se pone el uniforme del laburo y me dice: “Mirá: ¿te gusta?”. Y claro, que nunca la había visto con el coso puesto. “Qué bien”, pienso o digo, qué sé yo. Me trae el desayuno y se le cae una gota de café sobre la blusa; pobre. Se preocupa, me mira y sonríe. Sonríe; no lo puedo creer. Es feliz.
Así, se va a trabajar, no sin antes pedirme que me quede todo el día ahí, que la espere hasta la tarde, que la abuela está en el piso de abajo, pero no sube. “Ni en pedo”, pienso. Y me voy a la mierda.
Comúnmente, relato aquella noche como la de la triple turca. Lo cierto es que, para adentro, recuerdo la sonrisa del café.