Contemplación de un cigarro
Fumar únicamente cuando el momento pueda ser mejorado por un cigarro.
Los escritores somos viciosos.
¿Por qué será que las letras se entienden tan bien con los cigarrillos?
Será que por un breve instante nos regresa a la realidad evitando que la locura nos atrape con nuestros relatos.
Será porque nos conecta de manera inmediata con el humo que nos crea una burbuja imaginaria de concentración ficticia.
Hoy leí a Julio Ramón Ribeyro, su https://klimtbalan.wordpress.com/solo-para-fumadores-julio-ramon-ribeyro/ me puso a pensar.
Como fumadora de años, que soy, comprendí perfecto las palabras del autor y confirmó mi gusto por el tabaco.
Es común encontrar patrones en las personas que fuman.
- Los pedos: Sólo fuman cuando se emborrachan.
- Los sociales: fuman cuando están acompañados.
- Los solitarios: fuman cuando están solos.
- Los empedernidos: fuman constantemente, rara vez sueltan el cigarro.
- Los cadena: fuman un cigarrillo tras otro.
Los fumadores nos identificamos. Sin importar la raza, idioma o religión. Todos hablamos un código secreto.
Grandes amistades se han formado a lo largo de la historia mientras se compartía el momento del cigarro.
Grandes romances han nacido con el pretexto de encender uno.
Pero es un costo que estamos dispuestos a pagar.
También el alcohol y la comida enlatada. También los malos políticos y los policías corruptos. El café y la publicidad.
Como bien dice el mencionado autor, es nuestra forma de comunicarnos con el fuego, es la única manera que tenemos de sentirlo.
Es el pretexto más bonito que he escuchado jamás.
Un cigarro es un hábito, se vuelve parte de nosotros.
Cuando estamos en lugares extraños, son nuestro lugar común.
Cuando se es fumador de corazón:
Cuando entre cigarros uno ve como se despedaza el mundo.
Cuando entre cigarros se hace cómplice de un desconocido.
Cuando entre cigarros se van las noches en vela.
O nos ayudan a arreglar el planeta, o dejan nuestros vicios en paz.
Yo tengo una relación íntima con mis vicios, especialmente con cada uno de mis cigarros.
Me han acompañado la mitad de mi vida. Han estado siempre presentes, en los momentos buenos, en los malos, en los realmente malos, siempre.
Sé que no tengo cara de fumadora, lo que agradezco enormemente.
Porque estoy consciente de los daños que dicho hábito provoca.
Pero el cigarro es como mi amante: siempre me da placer.
Un día nos vamos a dejar, lo hemos platicado muchas veces. Lo nuestro tiene fecha de caducidad. Eso lo hace bello.
Un día nos despediremos en paz, pero mientras debemos gozarnos.
Por favor ya no me pidan que deje de fumar y yo dejo de pedirles que lean.
Hoy escuché ese trato y me pareció justo.
Ahora mismo fumo el último cigarro de mi cajetilla, por lo que me parece prudente terminar también con el tema.