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Yo conozco a muchas mujeres. Unas son mujeres Stone, otras mujeres Lennon, otras mujeres Nirvana. Pero esta era una mujer Zeppelin. Las mujeres Stone se saben de memoria Satisfaction y tienen sueños libidinosos con Jagger, tienes pósteres de Jagger en sus habitaciones y, alguna vez se han inyectado morfina. Huelen a morfina, y sus labios salvajes son rojos y sus tetas son pequeñas como pequeñas piedras en el camino. Las mujeres Lennon tienen gafas, son más intelectuales, han leído un mundo feliz de Huxley, andan con perros llamados Dakota, solo fuman marihuana y leen a Whitman en las noches cuando están deprimidas. Las mujeres Nirvana son las más peligrosas de todas. Viven en el filo de la realidad, tienen tetas grandes, han intentado suicidarse, conocen el Prozac y las anfetas, caminan solas por las noches, se paran en la entrada de los bares, bailan pogo y fuman desesperadamente y se saben los nombres de los gatos que se escabullen detrás de la lluvia. Las mujeres Zeppelin bailan Dazed and Confunsed bajo la lluvia, son mujeres que te destruyen el cerebro con sus palabritas de amor, mujeres que conocen la muerte de cerca, saben que la canción es la misma, saben que son más poderosas que las bombas nucleares, saben moverse en la oscuridad, son como las gatas, son animales felices que salen después de medianoche a las calles y se las toman por asalto.
La pequeña confusión de la sangre (Rafael Chaparro Madiedo)