En fin, no creo ser particularmente encantadora.
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En fin, no creo ser particularmente encantadora.
Sólo es necesario una mínima cosa para dejarnos al borde del abismo; a veces es una canción, otras veces un lugar, y otras es el simple recuerdo de lo que alguna vez fuimos y que jamás volveremos a ser.
Natt
Siendo sincera ya no sé a quién extraño, si a tí o lo que era contigo y no logro ser con alguien más...
Jamás volveré a ser la misma; y eso está bien.
“Y andando los días se llevaron lo que fuí y mis recuerdos…”
Like-it-was-yesterday.
No me siento orgullosa de lo que soy y me convertiré
PRIMER CAPITULO "EL MAR DE LOS SILENCIOS"
Capitulo uno
“Lo que fui”
Nací en un páramo, soy la mezcla de un sinfín de culturas, viví mi infancia en el llano, pero ante todo mi corazón pertenece a una isla.
Luciana Montessori, así fui bautizada. Nací el 12 de febrero en la ciudad de Disick, que es la capital del entonces caótico país de Lutser. Los grupos armados ilegales hacían atentados en los pueblos sin razón aparente, recuerdo mucho cuando tenía unos siete años, mi mamá nos decía con un tono de resentimiento.
¡ojo Cuando salgan a la calle! no le hablen a nadie, y van los cinco o no salen, al menos que quieran que les pase lo mismo que a la pobre gente de la masacre.
A esa edad yo no entendía a qué se refería, pero para entonces ya vivíamos en Terrains, que es la zona ganadera del país. A mis hermanos y a mí nos fascinaba, yo no tenía demasiados recuerdos de Disick. Pero Sergio, que es el mayor, me recordaba casi a diario que aquí era mucho más fácil vivir, no tengo idea a que se refería, bueno es que la verdad yo no entendía casi nada, no entendía por qué esos grupos armados le hacían daño a la gente, pero mi papá me decía:
Luciana, niña, eso no es de tu incumbencia.- con un tono de total desinterés.
Yo era una niña muy curiosa, disfrutaba fantasear aun que tenía muy claro que era real y que no, me gustaba saberlo todo, me gustaban las historias del abuelo, todas las mañanas iba a despertarlo gritando por toda la casa.
Ese viejo hombre era lo que yo más quería, puede que sus historias no fueran tan fabulosas, pero cada vez que yo escuchaba su voz relatando esas maravillosas aventuras en la guerra, me sentía en ese mismo lugar, era lo más mágico que podía experimentar.
Recuerdo aquella lejana mañana, era Diciembre, el abuelo se levantó temprano, fue a mi cama, me beso la frente, y me susurro al oído:
Luciana mi niña, me voy a la capital, vuelvo en una semana, cuídate mucho.
Yo, que estaba un poco atolondrada por el sueño, simplemente rodee su cuello con mis pequeños y frágiles brazos por un par de segundos, en menos de un parpadear volví a quedar dormida. Unas horas después mi madre llego apurada a despertarme, pues se nos había hecho tarde para la misa, me bañe deprisa y me vestí, en menos de cinco minutos estábamos mis hermanos Sergio, Camila, Alicia, y yo listos en la puerta. Solo faltaba Carlos, el más pequeño de los cinco, mi madre salió por la puerta casi que corriendo, sin darse cuenta que Carlos faltaba, sin importarnos mucho la seguimos como pudimos, a tropezones y carreras; cuando llegamos aún no había empezado. No me gustaba ir a misa, lo hacía solo porque me obligaban a ir, a la igual que a todos mis hermanos.
Llegamos a casa a eso de las cinco de la tarde, habíamos pasado al mercado por algo de alimento, y en eso se nos había ido todo el día; recuerdo que mi padre nos contó que el abuelo había llamado, ya había llegado a Disick.
Hicimos lo de todos los domingos a esa hora, sentarnos en el sillón a ver un poco de lo que había sucedido en el país, a mí no me gustaba esto, para nada, así que yo no le ponía mucha atención al televisor y me recostaba en el hombro de uno de mis hermanos, y ese día no sería diferente. Ya llevábamos algunos minutos así, cuando un grito ahogado de mi madre me devolvió a la realidad, voltee inmediatamente a la pantalla, imagines de algo, parecían ruinas, un lugar grande totalmente destrozado, en ese instante no tenía sentido, mi padre alzo la voz dirigiéndose a Sergio:
llévate a tus hermanos a la cocina, ¡ahora!
Unos minutos después mi padre cruzo la puerta, nos dijo, con un nudo en la garganta, lo que había sucedido.
mis niños, lo que paso en la capital es una atrocidad, un grupo de hombres muy malos, puso una bomba, y murió mucha gente – en ese momento se le quebró la voz, respiro hondo y continuo - ... Entre esas personas, murió el abuelo.
No me lo podía creer, el hombre que fue mi inspiración, lo que yo más quería en el mundo se había muerto. Mi corazón se destrozó, en silencio me dirigí a mi habitación con la cabeza agachada, apenas llegue rompí en llanto.
Esa noche, soñé con él, y lo recuerdo a la perfección, el me llamaba y yo corría a sus brazos, cuando me acercaba a él y lo iba a abrazar, desaparecía como humo entre mis brazos. Aun, en ocasiones cuando he tenido días difíciles suelo soñar lo mismo. Detesto este sueño y por lo tanto el hecho de no poder controlar mi mente, si no por el contrario que ella me controle a mí.
Recuerdo años después cuando nos fuimos a vivir a Grinley, vivíamos en una casa demasiado grande, para mí nunca fue un hogar. Solo una enorme y fría construcción de cemento y madera, para entonces ya había entrado en la adolescencia y había tomado la decisión de hacer todo lo que estuviera en mis manos para que en Lutser hubiera paz, no quería que la gente sufriera más perdidas y daños por una guerra que realmente no le pertenecía a nadie, pero que conseguía congelar un país con tan solo una acción.
Llevábamos dos meses en Grinley y mi padre aun no conseguía trabajo, mi hermano Sergio ya se había ido de la casa, se fue a buscar trabajo en el campo, ni a mí ni a Alicia nos gustaba la idea, pero Sergio era terco y no escuchaba a nadie cuando ya había tomado una decisión, lo último que dijo antes de irse y lo recuerdo muy bien, con una voz clara y fuerte:
Volveré. Traeré dinero y ayudare a mantener a la familia, después de todo ya tengo veinte años y me puedo hacer valer por mí mismo.
Tomo su maleta y se fue en medio de la oscuridad, yo lo vi por el balcón, caminaba como si no tuviera la más mínima intención de regresar. Sentí rabia. Creí que nos había abandonado y que simplemente huía de los problemas.
Alicia Montessori, que es mi hermana, aprendió el arte de la pintura al óleo, empezó a pintar sus propios cuadros y venderlos, yo me sentía muy feliz de que mis dos hermanos mayores Sergio y Alicia estaban ayudando a mi padre con sus cuentas. Ella era explosiva, siempre creí que estaba loca, le gustaba abrir mucho los ojos y tenía una expresión tensa y su desorden estaba perfectamente ordenado.
Era la mañana del 12 de octubre cuando mi hermano Carlos, el menor, llego pálido como si hubiese visto un fantasma, me dio un poco de gracia verle esa expresión en el rostro, hasta que supe lo que había sucedido, Carlos traía una carta en sus manos, la había escrito Sergio, era muy común que mi hermano nos escribiera pero lo que me hizo reaccionar distinto era que al principio de la carta no decía lo que solía decir, si no que empezaba con malas noticias:
“Ingrese en las filas armadas de los grupo ilegales, conseguiré dinero y lo enviare, díganle a Luciana que me disculpe, pero que esto es lo que yo quiero para mí, no me importan más sus idéales pacifista. Todos saben que es una estupidez pero nadie ha tenido la valentía de decírselo en la cara. Los hombres de verdad no creemos en eso.”
Me dolió. Me dolió mucho. Yo intentando luchar por paz y mi hermano armando más guerra, tenía muchos sentimientos encontrados. Respire hondo, tan hondo como mis pulmones me lo permitieron. Tome la carta, me dirigí al cuarto de mis padres, se las arroje en las manos y les dije totalmente furiosa:
miren lo que decidió hacer el traidor de mi hermano.
Di media vuelta y me fui a mi habitación, y le respondí la carta con una sola palabra:
“TRAIDOR”
A los pocos días escribió algo más. No abrí la carta. Esa misma noche, a la hora de la cena mis padres nos dijeron que nos íbamos a vivir a la isla de Genna, y para mí, esa era la mejor noticia del mundo, yo amaba Genna. Aunque no había nacido allí, me sentía más de allí que muchos de los que en realidad lo eran. Esto se debía a que mi abuela me hablaba tan bien de este lugar que para mí era un paraíso, de hecho aún creo que lo es. Muy emocionada esboce una enorme sonrisa, al parecer todo mejoraría. Apenas terminamos de cenar empecé a empacar todo. No tenía idea cuando nos iríamos pero quería que fuera cuanto antes. Mientras sacaba la ropa de mi armario encontré una foto, doblada en cuatro partes, cuando la desdoble pude observar que en ella estábamos mis padres, Camila, Sergio y yo, al respaldo en una esquina se podía leer unos garabatos, escritos a la carrera:
“Volveré… lo prometo”
De inmediato reconocí la letra. Sergio. Estaba segura de que él la había dejado ahí para asegurarse de que yo la viera, me irritaba recordarlo. Me irritaba mucho. En ese momento decidí que no volvería a dirigirle la palabra, yo no solía ser rencorosa, pero es que me sentía muy traicionada, tome la foto se la lleve a Camila.
Esto te pertenece – le dije con una vos tan fría, que no parecía la mía.
Espere a que me la recibiera, no me dijo nada, solo agacho la cabeza y la metió en su maleta.
Camila Montessori es callada, le da miedo la oscuridad, cuando se altera le gusta contar del uno al diez, tiene su pelo siempre bien puesto, y siempre que tiene una oportunidad de sonreírte no la pierde, le gustan los colores pasteles, tiene el pelo rubio y sus grandes ojos color chocolate, ama los animales, su color favorito es el violeta, e igual que a yo, disfruta de la lluvia.
Camila y yo siempre fuimos algo distantes, por lo que éramos tan distintas, ella y Carlos se llevaban mejor, solían jugar juntos a la pelota, les fascinaba resolver sopas de letras y crucigramas, se contaban todo. Aunque Camila jamás tenía mucho que contar, ella es muy sensible, y su único sueño era el mismo que el mío, Camila Montessori quería paz, solo eso. De hecho creo que eso era lo único que teníamos en común, a parte de nuestro parentesco.
Recuerdo nuestra primera protesta juntas, yo tendría unos nueve y Camila siete años, no queríamos comer del cordero que acababa de matar mi padre, porque lo considerábamos una atrocidad, así que muy decididas nos sentamos en la mitad del patio, y decíamos que nos volveríamos vegetarianas, hasta que mi padre empezó a asar el cordero, creo que no aguantamos cinco minutos antes de pegar un brinco y dirigirnos de inmediato a la mesa, desde entonces Camila se considera débil.
Había pasado una semana desde que nos anunciaron la fabulosa noticia, ya era hora de irnos, Sergio había venido de visita y yo cumplí mi promesa de no hablarle, lo consideraba todo un criminal.
Mientras Alicia guardaba sus pinturas, Camila sus secretos, Carlos sus juguetes, y yo mi indiferencia, Sergio escondía kilogramos de cocaína y marihuana entre su ropa fea y sus viejas maletas.
Una vez tenia listas mis cosas me subí al auto que nos llevaría al aeropuerto, mire por la ventana a Sergio, estaba más flaco, y totalmente listo para devolverse a quien sabe dónde, le levante una ceja en símbolo de total desaprobación, voltee la cabeza y vi al frente, decidida a ignorarlo por completo, mi madre me pego un codazo en las costillas.
por Dios niña, despídete de él, así no nos guste lo que hace, sigue siendo tu hermano – me dijo casi entre susurros. La mire a los ojos y le dije:
– ¡NO!
Discutimos todo el camino hacia el aeropuerto, mi padre ponía sus dedos sobre sus sienes y las frotaba totalmente irritado, pero yo no cedería, estaba muy firme en mi posición. Para mí lo que él hacia estaba muy mal, y se lo recordaba a mi madre cada vez que podía. Lo que finalmente acabo nuestra discusión fue un pequeño susurro de Camila:
la apoyo.
¿Qué dices cariño? – le respondió mi madre en tono comprensivo
La apoyo. Estoy de parte de Luciana, Sergio no está bien. Y me gustaría ayudarlo, pero no podemos ayudar a quien no quiere ser ayudado.
Mi madre solo agacho la cabeza, tomo sus maletas, las bajo del carro y teniendo en cuenta el comentario de Camila dijo entre un sollozo:
nadie es perfecto, es de humanos hacer cosas incorrectas.
Refute, me lanzo una mirada asesina.
Y de nuevo silencio. Nos montamos al avión, el viaje se me hizo mucho más largo, me sentía culpable, tal vez no debí decirle a mi madre que su hijo era un criminal, ya era suficiente saberlo, pero era toda una tortura que yo se lo recordaba casi siempre; Lo pensé todo el viaje, le hable a Alicia al respecto, no quiso decir nada, solo movía su cabeza un poco y jugaba con sus dedos, jamás entendí de qué lado estaba esa loca mujer. ¡Solo sé que está loca! ¡Loca de remate!
Llegamos a la isla de Genna, llovía a cantaros, allí nos esperaban un señor alto vestido de un modo muy elegante y una señora bajita que llevaba ropa color carmesí. Ellos nos llevaron a la casa de mi abuela, allí nos quedaríamos unas semanas mientras las personas que estaban viviendo en la casa que le pertenecía a mi madre encontraban donde vivir.
Entre en el bello lugar que tenía mi abuela en ese entonces, su casa siempre olía a vainilla, y eso a mí me fascinaba. Recuerdo la expresión en el rostro de mi madre justo en el instante que vio a mi abuela después de casi dos años, también recuerdo haber pensado que esa cara de alegría que puso mi madre solo la había visto en otro persona, en mí. Yo solía tener esa expresión cuando veía llegar al abuelo después de sus largos viajes a Disick, suspire, Dios mío cuanto extraño a ese hombre lleno de arugas y con olor a menta; desde que él se fue a mejor vida yo me volví más indiferente y fría. Con el paso de los años, me di cuenta que ese suceso había cambiado mi vida, que en ese instante en el que el abuelo murió por causa de una guerra, por causa de un conflicto que no era nuestro, cambio mi modo de ver el país, el mundo, simplemente cambio mi modo de ver la vida. Me hizo ansiar con todo mi corazón la paz, paz que al parecer nunca iba a conseguir, parecía que todos amaban la maldita guerra.
Recogí mis maletas, salude a la abuela y me dirigí al que sería mi cuarto esas próximas semanas, estaba exactamente igual a la última vez que estuve en este lugar, las paredes de un rosa pálido y la pequeña ventana por la cual podías ver el mar. En las mañanas me gustaba apoyar mi rostro sobre la ventana y contemplarlo durante largas horas, podía durar mucho tiempo allí parada, con la brisa fresca pegando en mi rostro, y el olor a sal escabulléndose entre mi nariz. Esto lograba relajarme cuando nada ni nadie más podía.
Me arregle un poco mi desastroso pelo color castaño y salí al comedor. Inhale profundamente y vi a mi padre a los ojos.
-Papá, dile a mi madre que siento haberle dicho que Sergio era un criminal- le dije con el tono de voz más duro que conocía.
Mi padre la miro, luego volvió la mirada a mí y con un tono de total desinterés me dijo.
-díselo tú. Es tu madre no la mía, eres tu quien cometió el error, no yo.
Agacho la cabeza y siguió leyendo el periódico como si no estuviéramos allí; volví a tomar aire, la mire a los ojos y le dije:
-Mamá, siento mucho haber llamado a mi hermano un criminal.
Ella asintió, yo me dirigí a la habitación de Alicia, me tire en su cama.
-mi madre me está volviendo loca – dije con tal rabia y sentía que podía echar humo por las orejas.
Alicia esbozo una leve sonrisa.
-¿acaso tu no a ella?
Yo sabía que así era, pero lo negaba, no podía permitir que Alicia tuviera razón. Me senté en la cama, le lance una mirada de furia y fui en busca del confortante silencio de Camila. Una vez la encontré pude sentirme más tranquila, y creo que hasta se me había olvidado para que la buscaba, así que mire a un lado tratando de evadir su mirada.
Dime… ¿Qué necesitas hermana?- dijo con su timidez de siempre.
<<Hermana>>. La palabra retumbada en mi cerebro, no me gustaba para nada que me llamara así, y ella lo sabía.
Gracias por apoyarme con el tema de Sergio – dije titubeando un poco, ya que aún me costaba volver a pronunciar el nombre de mi hermano.
Camila se acercó un poco y me abrazo
- no hay de qué.- dijo con su voz que para mí, era como si aún guardara silencio.
Me estremecí un poco ya que tampoco era una amante de los abrazos, yo prefería no demostrar afecto hacia nadie, así se me facilitaban mucho las cosas.
De Camila me fascinaba que aun en el peor de los casos podía guardar la calma, menos en la oscuridad. Yo no entendía por qué le tenía miedo, así que un día cuando aún éramos pequeñas decidí preguntarle, su respuesta me dejo algo desconcertada; me dijo, como si fuera un secreto, que no le gustaba la oscuridad por que no podía ver su sombra.
Duramos solo una semana en casa de la abuela, yo no desempaque nada, porque tenía la certeza de que no duraríamos mucho en ese lugar del fabuloso olor a vainilla.
La casa que le pertenecía a mi madre es de un color azul marino, que iba muy bien con el vecindario, pues allí todas las casas llevaban puestos colores vivos. Digo que le pertenecía porque años más tarde tuvo que venderla a unos hombres muy ricos que ofrecían una enorme suma de dinero que pudo arreglarle varios problemas económicos a mis padres.
E.U.F.O.R.I.A. - Lo Que Fuí.