Extraño tantas cosas,
las mañanas lentas,
cuando el café no venía de una máquina brillante
sino de nuestras manos aún medio dormidas.
El desayuno era una ceremonia,
no un trámite;
la mesa, un lugar donde uno existía de verdad
y no un sitio donde dejar el celular boca abajo
para fingir atención.
Extraño el periódico,
sus páginas que olían a mundo,
y ese ritual de sentarnos a entenderlo
como si de veras pudiéramos arreglar algo.
Ahora un blog mal escrito,
un tuit lanzado sin pensar,
nos cuenta la tragedia a medias
mientras scrolleamos sin sentir nada.
Extraño la radio,
esa compañía suave
que llenaba la casa sin pedir permiso.
Esperar tu canción favorita
era un tipo de fe.
Hoy todo está en Spotify,
en YouTube,
y aun así ya nada suena como debería.
Extraño leer un libro sin prisa,
meterme en la historia hasta olvidar mi nombre.
Ahora leer es una competencia absurda:
se lee por moda, por apariencia,
por no quedarse fuera del ruido.
Leer en diagonal —
¿qué carajos es eso?
Este mundo de inmediatez
lo volvió todo suposición:
mandas un mensaje
y debes adivinar el tono,
el gesto, la intención.
Antes hablábamos,
nos veíamos a los ojos,
sabíamos quién éramos
sin traducciones.
Extraño tantas cosas…
y sí, también me extraño a mí:
esa que vivía más lento,
más despierta,
menos rota por tanta pantalla.