En vacaciones de verano mi madrastra nos llevó a conocer las ruinas de Palenque, en Chiapas. Mis hermanos hicieron cara de fuchi porque ellos querían ir a Acapulco y a Six Flags. A mí me daba exactamente igual ir o quedarme; me chocan tanto las posadas escandalosas de mis vecinos, como las mamás de repuesto que intentan ser buena onda. ¿A quién no?
Marién dice que le caen mejor nuestros hermanastros, que yo, su hermano carnal. Otra cosa que me da igual.
Contándome a mí, éramos siete los que cupimos en el coche: Marién, hermanastro 1, hermanastro 2, madrastra, papá, mi perro Taco y yo.
Hicimos varias escalas antes de llegar al destino principal. El Cañón del Sumidero, San Cristóbal de las Casas, San Juan Chamula… lo admito: empecé a pasarla bien. ¿Esto también es México?, me cuestionaba en silencio. Con mi mamá sólo íbamos a Acapulco y a Six Flags, a veces a Xochimilco o a Chapultepec. Pero esto no estaba mal. Hasta gogleé en el teléfono de Marién, cómo se habían formado esos lugares. Luego borré el historial de búsqueda, porque cuando alguien descubre lo que te interesa, lo puede usar en tu contra. Como la vez que hermanastro 1 se enteró que me gustaba una niña de tercero y cada que podía me hacía quedar en ridículo frente a ella. Lo bueno es que ya pasó a la prepa y no la he vuelto a ver. (Oquei, lo bueno y lo malo).
A Palenque no me daban ganas de ir pero para nada. ¿Ruinas? O sea, yo hago mi propio desastre en mi cuarto o donde sea, y no ando cobrando para que pasen a ver. Conté ese chascarrillo en el coche y a nadie le hizo gracia. Ya ni sé cómo socializar con mi propia familia. A veces creo que soy adoptado. Ya sé que es típico pensar eso, pero de veras que con nadie encajo. Con la única era con mi mamá. Y ahora con Taco. Mi tacuche de tripa nunca me ha juzgado. Le pusimos así porque se hace bola y cabe en una mano, como un pedacito de carne en una tortilla.
Cuando llegamos a la zona arqueológica, nos recibieron unos niñitos que vendían colguijes de yeso y piedra con los signos del calendario maya. Desde ahí todo empezó a ponerse raro.
- Oye tú, dime tu fecha de nacimiento y te digo el signo maya que te corresponde. Me dijo el más pequeño de los chamaquitos. Se la dije casi susurrando y sin levantar la vista del suelo.
- Entonces te corresponde la tortuga: lenta, lenta, pero segura. Madrastra soltó una carcajada.
- No pues sí le atinaron, jajaja. Añadió hermanastro 2
- ¿Eso es todo?, pregunto papá.
- Es noble, piensa mucho en su familia y tiene un misterioso pasado.
- Definitivamente no soy yo, pero gracias, eh. Me adelanté rapidísimo para que dejaran de hostigarme. Y un poco también para que vieran que no soy tan lento.
El niño corrió tras de mí para darme uno de los collares fabricados por él mismo; me dijo algo en su lengua y lo colgó en mi cuello.
- No te entiendo. Dilo en español.
- La la la, no te entiendo, adiós amigo.
Papá se acercó para darle dinero, pero el niño le dio un manotazo y las dos monedas de a diez salieron volando. Le dio tanta pena a mi viejo, que ni si quiera las quiso recoger. Luego se le acercó un señor para ofrecerle sus servicios como guía turístico, y con tal de contener la vergüenza del manotazo, no le quedó de otra más que contratarlo. Yo insistí en seguir por mi cuenta. Acordamos de vernos dentro de dos horas en la entrada principal.
No es que no me diera curiosidad saber qué había pasado en esos templos de piedra, o cómo los habían construido y por qué justo en medio de la selva, pero prefería imaginar mi propia historia en solitario. Últimamente esa era mi palabra favorita. Solitario. Lo único que alcancé a escuchar del guía mientras me alejaba, fue “sacrificios mayas”, “Reina Roja” y “extracción de corazón”. Lo de siempre para apantallar.
Trepé todos los diminutos escalones que pude, recorriendo cada pirámide y cada laberinto de piedra que me parecía misterioso. Entré en una especie de trance en que el cansancio no existía ni el sol apagaba mi ánimo.
Los pensamientos me rondaban la cabeza: ¿Por qué el niño no quiso aceptar el dinero de papá?
¿A qué se habrá querido referir con lo de que soy noble y todo eso…? Nnnnna.
Vi un camino entre plantas y muchas de esas tiras que caen de los árboles como las que usa Tarzán para desplazarse. A unos cuantos metros estaba una construcción más pequeña que la mayoría, sus escalones estaban casi destruidos. Quise entrar pero había una cinta amarilla al rededor. Imaginé que adentro había un jaguar o un nido de víboras; caer no me da miedo nunca. El sol ardiente por fin menguó y la gente empezó a marcharse. Ya casi era la hora de encontrarme con mi familia adoptiva. Creo que eso último fue lo que me animó a atravesar el cordón y subir por la pequeña pirámide. Nadie me avisó que también había murciélagos, por eso en cuanto atravesé la entrada del túnel principal, por la impresión de chocar con uno en pleno vuelo, caí de espaldas sobre una telaraña gigante. No había luz, pero lo supe por la textura y luego porque unas patas como de tarántula me caminaron por el pecho a toda velocidad, lo que hizo que me adentrara sin querer y rodando, en lo profundo de ese lugar vedado.
A partir de ahí sólo recuerdo música de tambores y de caracoles marinos y un olor a incienso como el de Día de Muertos. Todo el miedo se desvaneció de inmediato y comencé una danza frenética. Dicen que pasé horas con ese ritual, las mismas horas que tardaron en encontrarme con perros rescatistas y linternas ultrabrillantes. Mis pies tenían yagas reventadas y mi pelo escurría sudor. Dicen que papá intentó “hacerme volver” sacudiéndome de los hombros. Hermanastros lloraban y lloraban. Marién y madrastra, tomadas de las manos rezaban un Padre Nuestro. Fue un aullido de Taco lo que me hizo volver en sí. El muy escurridizo se había instalado en la bolsa que Madrastra traía en el hombro.
De vuelta al hotel, todos querían mimarme. Aproveché que Marién se quedó dormida y gogleé en su teléfono “La Reina Roja de Palenque”.
De lo que encontré en la web, tengo este resumen que atesoré en mi mente:
Tz'ak-b'u Ajaw, mejor conocida como la Reina Roja, fue sepultada junto a una mujer y a un niño que fueron sacrificados con violencia para obtener su sangre. Algunos arqueólogos consideran que ninguno puso resistencia a este rito, pues la poderosa mujer de Palenque, les compensaría algún día con su renovación.
Taco no dejaba de observarme como si no me conociera. Borré el historial de búsqueda y dormí apoyado en la ventanilla. Soñé con el Sol y con el mar en calma, las huellas en la arena no eran de niño, pero eran mías.
Desperté en cama de papá y madrastra, protegiéndome el corazón con ambas manos, como si alguien pudiera arrancármelo.