La remera de Batman. Facundo J. Moreno
Lito lo tenía decidido, le declararía su amor a la mamá de Luka durante el cumpleaños de su amigo. Se vistió con la remera de Batman, esa que ella había elogiado, bermudas a la rodilla y mocasines. Lito acudía con tal seguridad y orgullo por la decisión tomada que casi se olvida de los golpes. Salió con tiempo de la casa, tuvo que pagar su alegría. Limpió la cocina, el baño y los escalones de la entrada. Aunque no había expresado mayor resistencia a las condiciones impuestas por sus padres, ellos supieron recordarle quién mandaba.
Aceleró el tranco sin necesidad, iba holgado de tiempo. Pasó por la puerta del colegio y sonrió. Igual que muchos de sus compañeros, lo primero que hacía Lito al salir de clase era identificar a la mamá de Luka. Ella se apoyaba en un árbol, muchas veces junto al papá de Katja, y se destacaba en el alboroto: alta, pechugona, de cadera firme, espalda recta, ojos espejados y el pelo, castaño, habitualmente cortado a la altura de los hombros. Su aspecto no era lo único que había llamado la atención del chico, que todavía no cumplía los ocho años. Lo que provocó el amor indómito de Lito, unas semanas atrás, era la imagen de ella, triste y abatida, rota en llanto en el borde de la cama, con la cara oculta en las palmas, a solas, de la misma manera que lo hacía él. Evocó la ausencia del papá de Luka, ese viaje que parecía interminable. Lito observó las manos de la mujer, las recordaba en su cara, suaves y a veces entrelazadas a las suyas mientras volvían del colegio. El contraste con aquella congoja descubierta por mera casualidad, le despertó un curioso entusiasmo. Ella había notado su presencia en la habitación. Él fue torpe y distraído, entró sin siquiera tocar la puerta. La mamá de Luka se mostró natural, con ojos cristalinos hinchados, apenas visibles, no se justificó ni dio explicaciones. Ella le sostuvo la mirada y sonrió. Lito, en esa imagen de presa rendida, leyó un mensaje íntimo, un instante equivocado que ahora compartían en secreto. Te queda linda la remera de Batman, Lito, le dijo y se secó las lágrimas. Había sorprendido frágil a la mamá de su mejor amigo, y tuvo ganas de mostrar él también su fragilidad. Se quedó inmóvil, la remera de Batman escondía las marcas que lo avergonzaban. Desde ese día las visitas de Lito a la casa de su amigo ya no fueron iguales. Por fin se confirmó la noticia, el papá de Luka se había marchado a su país natal. Lito andaba inquieto, sentía la sangre correr espesa y veloz. En ciertas ocasiones se imaginaba siendo el hombre de la casa. Hoy quiero el plato más grande. Hacelo de nuevo con más café. Luka, andá a dormir, tengo cosas que resolver con tu madre. En su cabeza daba órdenes y tanto Luka como su mamá las cumplían sin chistar. Mientras tanto disfrutaba de las miradas en cada merienda, cuando ella le servía la leche o le ofrecía las galletitas preferidas, él le clavaba la mirada. Eso le causaba incomodidad y placer a la vez, y por lo que había captado del mundo adulto, el amor era algo similar. Se propuso ser claro para que esa mujer lo imaginara a él como el hombre de la casa. Estuvo a punto de sincerarse una mañana calurosa, cuando ella le descubrió una quemadura en el brazo. Le limpió la herida, lo llevó al cuarto y mientras soplaba el alcohol desparramado, le preguntó si tenía algo para contarle. La lengua de Lito era de cemento. Ella le besó la llaga sin soltarle la mano y él imaginó cómo se sentirían esos labios tibios y pulposos sobre los suyos. Cuando recuperó el habla ya definía por penales con Luka. En otra ocasión, Lito aprovechó la fiebre de su amigo para hablarle a ella en privado, solo pudo agradecerle la amabilidad y el buen trato que le daba a diario. Ni una palabra de lo otro. Lamentó la cobardía. Más allá de haberse ganado un abrazo por ser tan adulto, había sido un momento confuso. Le hubiese gustado coronar de alguna manera. Lito tuvo más ocasiones para declarar su amor a la mamá de Luka pero, una a una, pasaron de largo.
A pocas cuadras de la casa de su amigo, Lito se miró en un charco, tenía dos gotas de sangre en el círculo amarillo que resaltaba el murciélago. Qué linda te queda la remera de Batman, Lito, recordó la voz de la mamá de Luka. En la esquina rebalsaban jazmines y otras plantas, metió la mano por la reja y se pinchó un dedo. Agregó manchas de sangre a la remera, pensaba que esa boca deforme que había dibujado bien podría confundirse con un beso de cualquier mujer, o de cualquier madre, excepto la suya. Después eligió un jazmín rajado y lo guardó en la bermuda.
La casa de Luka era un torbellino. Estaban casi todos los compañeros del colegio, los amigos de fútbol, primos y vecinos. Lito se sintió incómodo, no entendía por qué había tanta gente, los festejos anteriores habían sido modestos. Metió la mano en el bolsillo y aplastó el jazmín. Un grupo de chicos lo invitó a sumarse a un partido de fútbol, Lito sacudió la mano y negó con decisión. Anduvo entre las mesas y la comida abundante servida en platos de plástico. Sin embargo, no pudo comer. Se le revolvía el estómago.
Lito la vio. Desprendida de un manojo de gente, la mamá de Luka tenía aros grandes y un delantal atado en la cintura. Llevaba el pelo recogido, el cuello era un tronco macizo y descubierto. Se movía por la casa con bandejas, servía a todos por igual, con la misma plasticidad que los platos de comida. Cada vez que cruzaba al padre de Katja, ambos se sonreían. Apenas lo advirtió, Lito acortó la distancia: la remera Lito, te manchaste. Él la miró perplejo. Esperame por acá que te doy una de Luka, siguió ella antes de perderse.
No hizo caso, Lito dio vueltas, descubrió rincones vacíos, empujó con insistencia las agujas del reloj. Tuvo que esperar casi al final de la fiesta para volver a la mamá de Luka. Uy, Lito, vení, esa remera así ya no te sirve. Él se plantó, la vio cansada, con ojos gastados, la sonrisa natural. Entonces Lito entendió que podía ser el hombre de la casa. Tenés que saber algo, le dijo, y procuró sonar adulto. Y cuando ella se inclinó para igualarlo en altura, Lito le surtió el primer cachetazo.