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| Triar |
La nube del no saber1
La ventaja de entrevistar a gente mayor es que una sabe más sobre ellos de los que ellos saben sobre una. Casi se puede inventar una vida en el momento, dotarla de todo un pasado excéntrico y maravilloso. Cuando llegué al bar, la moza me indicó una mesa pegada a la ventana donde un hombre corpulento, de edad indefinible, se inclinaba sobre su libro. Germán llevaba un saco blanco y parecía salido de un cuento de Maugham situado en Malasia, podría haber estado en la veranda de un bungalow bebiendo de a sorbos un Singapore Sling. Había sido amigo del novio. Los amigos del novio siempre tienen algo que decir sobre la chica. Le dije de qué quería hablar. Lo sorprendió el nombre aunque yo ya se lo había anunciado por teléfono la noche antes. Lo repitió para sí y, cuando llegó la moza, se lo repitió también a ella como una contraseña. Ella le sonrió. Me quedó claro que eran ellos dos y yo. De alguna manera tenía que romper la entente.
- ¿Cómo era? ¿Tan linda como dicen?
- Era rutilante, lúgubre, extraña.
- Era la mujer de su amigo.
- Cuando la conocí ella ya no salía con él pero seguía ejerciendo su influencia de musa.
- ¿En qué sentido?
- Tenía algo de la figura de Lilith, esa cuyo fuego ilumina pero también quema. Claro, tenía sus talentos también, pero hay mujeres cuya única vocación es ser recordadas por haber mantenido una relación amorosa con tal o cual celebridad…
- A mí me interesan sus obras.
- A ella no.
- ¿Realmente?
- Me atrevería a afirmarlo.
- ¿De dónde venía?
- No sé, era un alma errante y nadie se preguntaba esas cosas en esa época.
- ¿Qué la hacía distinta?
- Al comienzo eran los detalles: fumaba habanos, se ponía minifaldas. ¡Qué difícil ahora, cuando se puede hablar de orgasmos frente a un plato de maníes, recordar la fuerza de los viejos tabúes! Decían también que había sido la primera en traer la marihuana al país. Marihuana y preservativos que vendía con una amiga en un local de ropa chic en la calle Montevideo. Después había historias más delirantes, que jugaba a la ruleta rusa en las noches de borrachera, que andaba en cosas de magia negra.
- ¿Con quién se juntaba?
- Se movía por varios grupos, no pertenecía a ninguno. Podía pasar de los intelectuales del Moderno a los músicos de la Perla con extremada fluidez. Más hacia el final de los sesenta llego el pico y ella andaba en esa experimentación. A algunos, el asunto les cobró un peaje caro.
- ¿Y a ella?
- No sé en esa época ya no la veíamos. Pero algo me dice que debe haber zafado. Era una mujer cerebral, dominada por sus pasiones solo de a ratos. ¿Me entiende? Tendía a la autopreservación, era destructiva hasta un punto nada más. Yo creo que atravesó una época de oro y otra de oscuridad, siempre un poco en los intersticios. ¿Leyó el libro de Correa? Él la menciona.
- Sí, lo traje conmigo. Le leo: “… la pareja atestará la habitación de semifinos muebles presuntamente japoneses y con un real pequeño cocodrilo que se albergaba debajo de la cama erótica y que regularmente sobresaltaba a los amigos que visitábamos a ese trío. Pienso, ahora, que el cocodrilo era menos un deseo de Oscar que de la Negra. Él la amaba mucho, todos la amábamos. Y ella vivía con Oscar y mimaba, impávida al cocodrilo”.
- Ahí tiene, él la conoció mejor, yo era más chico.
- Pero Correa no está…, ¿es verdad lo del cocodrilo?
- Dicen que se llamaba Abdul, yo nunca lo ví. Dicen que se dejaba acariciar pero ella tenía siempre una pistola cargada sobre la mesa.
Se quedó en silencio y yo, contra toda sensatez, pregunté.
- ¿Oyó hablar sobre sus falsificaciones?
- Por supuesto.
- ¿Las vio alguna vez?
- Nunca.
- ¿Pero era algo que se sabía?
- Todos sabíamos. En esa época a nadie se le hubiese dado por acusarla de nada, todo lo policíaco estaba mal visto. Que fuera falsificadora se lo veía como una virtud. ¿Sabe? No sé si ella lo pensaba así entonces o es algo que yo creo ahora. A veces me pregunto si la falsificación no es la única gran obra del siglo XX.
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1 Fragmento extraído del libro de María Gainza, La luz negra, editorial Anagrama, 2018.
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