Las más altas expresiones humanas se han desarrollado siempre en “megaciudades”, centros urbanos de altísima densidad poblacional relativa (Atenas, Roma, París, Florencia...). Sin embargo, la alta densidad demográfica deteriora parcialmente, al menos, la calidad de vida de sus habitantes. Por un lado, crece y se desarrolla todo el artificio humano porque la densidad de la población permite densidad en la comunicación y el vínculo (las artes y las ciencias –y sólo en ese contexto la filosofía surge) pero a un inevitable costo natural. Aún en el mejor de los casos, la posibilidad de mantener el contacto con la naturaleza disminuye, y surgen los rasgos tipicos del citadino: cierta alienación, autosuficiencia.
Por su parte, las estrategias (explícitas o tácitas) de crecimiento equilibradas, federales, siempre llevan a multiplicar centros urbanos de importancia relativa. U.S.A., Suiza, Alemania, Italia, son algunos países que cuentan con muchos centros urbanos desarrollados. Inglaterra, Francia, Argentina, son ejemplos de la concentración y el crecimiento en torno a una única Gran Megaciudad.
La multiplicación de centros urbanos medianos en oposición al crecimiento de una gran megaurbe permite no exacerbar los rasgos alienantes de la urbe y posibilita un crecimiento a nivel nacional consecuencia de la multiplicación del crecimiento endógeno de esos centros relativamente medianos o pequeños. Es decir, el crecimiento global se logra a partir de la suma del crecimiento en comunidades chicas y medianas. Pero ese crecimiento tiene una cualidad distintiva: es un crecimiento relacionado con la satisfacción de demandas conocidas, de orden inferior. Una ciudad pequeña o mediana, por definición, carece de una serie de ofertas económico/culturales que las grandes ciudades tienen. Esa falta, genera espacios vacíos, oportunidades de crecimiento por oferta y demanda interna, para saciar lo que en otros sitios ya está resuelto (teatros, bibliotecas, hospitales...). Este crecimiento endógeno en ciudades chicas y medianas tiene especial velocidad, pues no está ligado a una nueva oferta: no se necesita inventar nada, sino llevar hasta ese lugar lo que hay en otros sitios. Además, como sólo es cuestión de copiar lo que ya hay, el riesgo es mínimo y el valor económico de la actividad es mayor, pues se descuenta a una tasa con un riesgo ínfimo. Esa es la historia del crecimiento de los centros urbanos norteamericanos, los que nacieron al amparo de la Conquista del Oeste, o casos similares en Argentina (de hecho, en cualquier lado). En estos centros, el grado de comunicación no es alto porque no hay mucho que comunicar, ni hay muchos comunicantes. Podríamos decir que la comunicación es básica y simple, por lo que cualquier incorporación léxica (en definitiva eso mismo es una nueva oferta, producto, servicio, obra, lo que se quiera...) implica un gran avance. Esto es comunicacionalmente básico y económicamente valioso, pues el valor conceptual absoluto es inversamente proporcional al económico, debido a que el riesgo (que estaría dado por la posibilidad de fracaso en esa comunición) de semantizar (comunicar) un concepto nuevo es mayor a uno conocido. Como ejemplo de esto último: un libro conocido es más fácil vender que un libro que no se sabe qué dice (de allí el valor de marca de las "franquicias" literarias).
En los grandes centros, por el contrario, la cantidad y sofisticación de la comunicación hace que las oportunidades de crecimiento endógeno sean menores (en teoría en la más grande de las ciudades es nula, porque no tiene nada que “copiar” a otra ciudad), por lo que la única posibilidad es la invención y la innovación: las grandes ciudades crecen endógenamente porque generan innovaciones radicales (lo que mencioné antes: artes, ciencias, filosofía). Esto resulta una necesidad del modelo, por un lado y, por otro, las características de esos centros hacen que la probabilidad de aparición de algún talento genial sea más alta. Por supuesto, debemos notar también que la historia está llamativamente llena de grandes personajes que se desarrollan en esos centros, pero que no fueron originarios de allí: Aristóteles, era de Stagira, Napoleón de Córsega, Leonardo de Vinci... Sto. Tomás enseñó en París, pero era de Aquino... Tampoco Dios quiso que Jesús nazca en Jerusalem (mucho menos en Roma)... La lista es notablemente larga y se verifica en los más diversos órdenes, pero, lo fundamental es que esos centros otorgan posibilidades de desarrollo que no ofrecen en otros sitios. La razón, once again, es la densidad comunicacional (o de "creación de ámbitos"), en parte por la densidad de las redes y en otra porque las oportunidades no están “dadas”, no son “lo que falta que hay en otro lado” sino que son oportunidades de grado absoluto, que no existen en ningún sitio. No resulta extraño que los dos polos más grandes del cine mundial sean Hollywood y Bombay, ambas megaciudades.
Con esto en mente, queda claro el efecto cualitativo de un fenómeno cuantitativo en una comunidad. La calidad de la comunicación es influenciada por la cantidad de participantes en ella.