Melocotones
Claudio Bravo
Pastel on paper, 1985
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Melocotones
Claudio Bravo
Pastel on paper, 1985
Peaches, Rouilly-le-Bas, fotografía de Ellen von Unwerth. 2002
Día 05: Melocotones | Magatama (13 de agosto)
Colmillos. No los tenía. Garras. No, esas tampoco. Tenía uñas rotas y dientes de leche que seguían cayéndose de su boca. Pero su madre le había envuelto un hilo azul con una magatama en el cuello, como si lo ahorcara, como si dejarlo ir sin colmillos ni garras al mundo exterior significara su muerte. Es curioso, que ella muriera unos días después.
Una cuerda en su cuello le recordaba a Kaigaku su propia debilidad, su incapacidad de sobrevivir solo con dientes y garras. En cambio, usaba sus palabras, usaba sus manos, mentía, robaba, mantenía a todos a raya de sí mismo.
Un anciano al que le faltaba una pierna se le acercó, y Kaigaku no tenía motivos para negarse a acompañarlo. El anciano le enseñó a respirar, le dio una espada para luchar. Ahora podría sobrevivir solo.
De vez en cuando, se despertaba con un gran peso encima de él. Era Zenitsu quién de alguna manera se había abierto camino hacia el futón de Kaigaku desde el otro lado de la habitación y se había arrojado sobre el mayor, las primeras veces solía patear al mocoso, pero luego se dio cuenta de que hacer eso solo despertaría al malhumorado hombre que los regañaría a ambos y les enseñaría el infierno al día siguiente, por lo que Kaigaku permitía que Zenitsu se acostara con él por la noche. Lo echaría de la habitación por la mañana.
Los melocotones crecían en los árboles de la tierra del anciano. No los odiaba, pero tampoco los amaba, se los comía, porque eran dulces, y eran gratis, y estaban por todas partes, y al viejo no le importaba mucho. Zenitsu seguía tratando de acercarse, su tímido cuerpo se acercaba poco a poco, hasta que acababan sentados casi juntos, comiendo melocotones, Kuwajima se unía a ellos a veces, y los melocotones eran dulces en la lengua de Kaigaku.
Se separaron, era algo que Kaigaku había esperado, algo que había querido durante mucho tiempo. Sin embargo, a menudo se sorprendía estirando la mano hacia un árbol al azar, tratando de agarrar una fruta que no estaba allí. A veces se despertaba por la noche, solo para descubrir que no había ningún peso encima de él. Luchó contra los demonios, solo para descubrir que su respiración y sus espadas eran inútiles, por lo que se convirtió en un demonio, comió a tanta gente como pudo y se hizo más fuerte.
Y cuando trató de dar un mordisco a un melocotón rosado, le sabía a podrido en la lengua, desapareció la dulzura que conocía. Tenía colmillos y garras, pero la cuerda en su cuello se sentía tan asfixiante como siempre. Quizás, estaba equivocado acerca de por qué su madre se lo había puesto en el cuello.
N/A: También en fanfiction:
https://www.fanfiction.net/s/13667458/5/Semana-Kaigaku-2020
Una vez en el coche cayó de nuevo en un sueño febril. De vez en cuando sombras borrosas de camiones que pasaban rugiendo atravesaban la sofocante combinación de gases de escape y fiebre, haciendo trepidar el vehículo. Mientras estaba hundido en el asiento, la corriente de asfalto brillante rodaba silenciosamente por debajo, ya deprisa ya ralentizada, cada cambio de velocidad provocándole un amago de basca en la boca del estómago. Sólo su dormitar intermitente hizo que aguantara el viaje. Sentía como si su cuerpo medio muerto estuviera siendo desplazado por una cinta trasportadora.
Cuando llegó a casa llamó a la puerta, esperó un momento, y luego abrió con su llave. Arrastrando la ropa de cama fuera del armario, la extendió casi en el centro de la habitación de tatami. Luego se quitó el traje y lo tiró al suelo; allí de pie en calzoncillos, miró alrededor la habitación vacía: era un espacio abierto, desconocido, extrañamente frío. Pero ya no podía tenerse en pie, y se desplomó en el futón como un hombre que sucumbe en la cuneta. En un último conato de concentrarse volvió la cabeza hacia la puerta, sin saber por qué.
En algún momento su mujer Reiko se había acercado a él de puntillas con mucho cuidado. Tras observar su cara desde cierta distancia alargó la mano y se la puso en la frente, susurrando: «¡Vaya fiebre!». Para entonces él pensaba que estaba acostado en una habitación extraña, no en su apartamento. Reiko debía de haber tomado un taxi precipitadamente para reunirse con él. Llevaba la malla de la compra, así que estaría en la tienda cuando supo que su marido se había puesto enfermo de repente. Pensando eso volvió a hundirse en su sopor.
Después de uno de aquellos profundos letargos se despertó todavía más desubicado. Una figura blanquecina trajinaba junto a su cama. Seguía en la enfermería de la empresa; un desazonante olor a fármacos flotaba en el ambiente. A través de los muros escuchaba sin parar timbres de teléfonos, unos cerca otros más lejos. En el corredor algunas chicas de paso chismeaban animadamente sobre los incidentes de días antes... Se sintió culpable, acostado mientras sus colegas trabajaban sin descanso, pero cuando trató de incorporarse su cuerpo no le respondió. Mientras se debatía y agitaba comenzó de nuevo a perder el sentido. La figura blanca rebullía constantemente a su alrededor, pero tras seguirla un rato con los ojos, le empezó a parecer que dormía de nuevo en el coche. La cinta de asfalto escapaba sin fin, como un reguero de aceite, y ante él relampagueaban espejismos. Tenía que luchar constantemente contra la nausea. Aquello no acababa nunca...
Luego se encontró descansando en otra habitación desconocida, donde lo había llevado alguien que lo encontró tirado en la carretera. La figura blanca seguía allí atareada, de pie o sentada. Cuando estaba a punto de levantarse para darle las gracias e irse a casa, oyó el fragor de un motor en el garaje justo debajo de su lecho: tenía que ser para él; ya habían dado parte de la incidencia. Otra vez lo llevaron por la cinta de asfalto.
Aquellas sensaciones se repitieron toda la noche. En ocasiones le parecía que estaba en varios sitios a la vez. La certeza de un sentido fijo de la ubicación estaba desbaratada, y su cuerpo había sido arrojado a un espacio como un piélago profundo; su único alivio era escuchar consternado el latir de sus sienes. El espacio se expandía en todas direcciones sin parar, resonando con aquel latido, insondable, pavoroso. Todo allá era vacío, y con todo parecía perenne, como un alveolo dentro de una roca inmensa. Pero también tenía algo obsceno.
A la mañana siguiente, cuando el alba blanqueaba la ventana junto a su almohada, comenzó a recobrar su sentido del lugar. Contra la creciente luz de la ventana una cara hinchada pero familiar sobrenadaba en la tiniebla que lo rodeaba. Los pilares y las tablas del techo absorbían la raquítica luz primera y sus venas resaltaban vivamente en relieve. Las esteras, comidas de sol y muy raídas, trasminaban un olor a sudor y fatiga que habían embebido durante muchos años; un olor mucho más fuerte que el de las dos personas que yacían allí. Sintió que estaba con Reiko en el destartalado apartamento donde vivieron hacía años. O podía ser que hubiera llegado a un hotel de madrugada y amanecía en el cuarto de servicio donde lo habían despachado. No obstante, era la sensación de un lugar único y determinado. Entre sueños, sintió el alivio de estar finalmente a salvo en casa.
Luego, sin transición, se dio cuenta de que estaba en su propio apartamento. La habitación de seis tatamis con su cocina americana, una vivienda cuadrada donde las zonas secas y húmedas estaban embutidas sin que sobrara un centímetro. Allí estaban el alto ropero y el brillante fregadero de acero inoxidable, que podía ver desde la cama. La veta de las listones lisos del techo nunca atrapaba la luz; las esteras de paja, vueltas por el casero aquella misma primavera, lucían todavía como nuevas. Fue tan brusco como el corte entre dos planos de una película, sin el más mínimo efecto de transición. Esto lo angustió al principio, pero la expresión de la mujer dormida a su lado, con la cara vuelta hacia él, no se había alterado.
*
Después del almuerzo mientras él seguía despatarrado tomando el fresco, Reiko trajo una bandeja con tres melocotones en un bol de aluminio, un plato y un cuchillo, y se sentó junto a su cabecera. Los melocotones fueron lo primero que comió cuando cedió la fiebre. Su dulzor penetrante y sazonado parecía molificar las sensibles membranas de su boca y su garganta. Todavía una semana después, su organismo parecía depender de aquellos suaves y refrescantes melocotones; cualquier otro alimento le resultaba pesado: nunca podía con más de la mitad de la comida. Siempre se levantaba de la mesa antes de tiempo y se echaba, esperando los melocotones.
Reiko colocaba el bol de melocotones en su enfaldo y los pelaba encorvada. Si el melocotón estaba muy tierno le hacía un corte en cruz en el hollejo y luego tiraba de él con los dedos. Si estaba más entero, hincaba el cuchillo bajo la piel y empezaba a mondar decididamente. Cuando él lo intentaba, por mucho cuidado que pusiera, siempre se llevaba carne con la piel. Después Reiko hundía el cuchillo al sesgo en el chorreante melocotón, esquivando el hueso, y más que cortarlo en gajos, lo iba rebajando mientras las tajadas se apilaban en el plato. Se suponía que le correspondían dos de los tres melocotones, pero Hisao seguía allí acostado cogiendo una tajada tras otra del montón en el plato hasta que ya no quedaba prácticamente nada. Aunque parecía que a ella le daba igual, porque sólo de cuando en cuando se llevaba un pedazo a la boca mientras seguía pelando, como para probar cómo estaban.
Quince días antes la familia de Reiko había enviado del campo una caja de melocotones. Quizá fuera por eso que Reiko los mondaba con el aplomo propio de la señora de la casa. Era obvio que su madre se los había pelado a ella de la misma manera. A veces a Hisao le parecía que su vida dependía de los melocotones de Reiko. Era verdad que él seguía ganando su salario, y en ese sentido todavía era quien mantenía la casa. Sin embargo, como su cuerpo tendía a rechazar cualquier otro alimento, al engullir los melocotones que su mujer le pelaba, la palabra mantener comenzó a adquirir un sentido mucho más elemental.
Pensó que no había nada de extraño en que una mujer actuara como señora de la casa; después de todo, ya la pareja estuviera casada o sólo vivieran juntos, el hombre salía a trabajar mientras la mujer se quedaba ocupándose de la casa. Aun así, pensar en su mujer asumiendo tal papel le causaba extrañeza: en un apartamentito de dos habitaciones sin ningún espacio libre, sin hijos, nada que administrar aparte de un salario mensual, ni ritos ancestrales que celebrar. Durante aquella semana que había pasado dormitando en la cama, cada vez que se despertaba y paseaba la mirada por la casa, se había sorprendido observando fijamente a su mujer, por muy familiar que debiera de serle.
Furui Yoshikichi
Un any més per aquestes dates hem anat al mercat del préssec de Sant Pau d'Ordal a comprar unes caixes de préssecs. Que ús haig de dir, són boníssims, ah i a més podeu aprofitar per comprar una coca de llardons a l'Ordal. Això per nosaltres és ja quasi com una tradició, si teniu ocasió d'anar-hi, ús puc assegurar que val la pena, ja veureu quins préssecs més bons
Frutos de mi jardín - Fruits of my garden by nuska2008 Con el verano tan bueno que hizo en Asturias todos los árboles frutales están cargados y no paro de hacer mermeladas. De momento solo puedo subir fotos de mi casa,el reposo me tiene enclaustrada With the summer so good that it made in Asturias all the fruit trees are loaded and I do not stop making jams. At the moment I can only upload photos of my house, the rest has me cloistered https://flic.kr/p/2h3HWgw
LOS MELOCOTONES
Parecen adolescente desnudos: la dorada piel de las nalgas con manchas carmín, el flojel leve, pero crespo y rufo en redor del sexo tirante y fácil, vulnerable al deseo de quien sólo mira y no osa acercar a los ijares matinales la torpeza crepuscular de los dedos.
*
OS PÊSSEGOS
Lembram adolescentes nus: a doirada pele das nádegas com marcas de carmim, a penugem leve, mais encrespada e fulva em torno do sexo distendido e fácil, vulnerável aos desejos de quem só o contempla e não ousa aproximar dos flancos matinais a crepuscular lentidão dos dedos.
Eugénio de Andrade
di-versión©ochoislas