Debí haberte abrazado fuertemente aquella noche.
Debí haberte retenido entre mis brazos
y no dejarte ir a enfrentar el mundo;
pero tus ansias por hacerle frente a tus miedos
jamás me hubiesen permitido hacer algo así.
No debí haberte dejado ir aquella noche.
Las estrellas, brillantes y acumuladas, en el cielo
siempre me recordarán el peor error que cometí,
porque bajo ellas
fue la última vez que,
con vida, te vi.
La agonía caló hasta mis huesos,
quitándome la respiración,
desarmándome,
cuando me enteré poco después
de tu muerte.
No pensé que fuera real.
Pensé que era una horrible pesadilla
de la cual quería despertar
en el momento que te encontré
a través de aquella caja de vidrio.
La calma reinante en tu cuerpo inerte.
La palidez de tus labios.
Jamás olvidaré cómo descansabas
ajena al dolor y el sufrimiento
aquel día de tu funeral.
Aquellos labios que, con pasión, tanto besé,
como si el mundo se acabara al día siguiente,
me recuerdan ahora que mi mundo realmente acabó
al oír la noticia de tu accidente.
Cometí el peor error de mi vida al dejarte ir.
Quizás debí haber actuado con egoísmo
e insistir en que te quedaras conmigo,
que olvidaras tus logros obtenidos,
que podías cumplirlos luego y hasta nuevos.
Pero ambos sabíamos que no me veía
siendo capaz de hacer semejante cosa,
porque, aunque te amaba con locura,
nunca me hubiera atrevido a interponerme
entre tu carrera y tus decisiones.
Yo, más que nadie, deseaba con orgullo
que alcanzaras todas tus anheladas metas.
Pero ahora...
Nuestras canciones favoritas suenan en la radio
y duelen,
duelen demasiado, profundamente,
que a veces deseo que el mañana no volviera cada día.
Mi temor de imaginarme un futuro sin ti, se volvió real.
La tristeza esclaviza mi corazón.
Tu ausencia hunde mi pecho.
Y, ahora, sólo de ti,
no me queda más
que tus recuerdos.
Y lo maravilloso que fue habernos vivido.
Prometo que, algún día,
en el más allá te buscaré.