Kirei & Abigael.
→ Kirei Kotomine. → Abigael Hamilton.
Abigael Hamilton. Es la primera vez en mucho tiempo que ha vuelto a pensar, en cosas complicadas, en cosas que pueden resumirse con la imagen de la rubia viendo hacia el infinito y contemplando en su cabeza fórmulas matemáticas que obviamente no sabe usar ni resolver, incluso con calculadora.
Pero ¿por qué? Ha investigado en su teléfono la manera de drogar a alguien para dejarlo a su merced, calculado la cantidad justa para Kirei e incluso tenido el cuidado de agregar viagra para evitar que la impotencia del sacerdote intervenga. ¿Por qué tan desesperada en practicar una actividad que antes de estar con Thiago repelí a? Quien sabe, pero lo desea hacer y punto.
-- Hice tu platillo favorito, querido.
Un Mapo Tofu caliente en la mesa, cargado de esa sustancia selecciona, cabe agregar que también invirtió días en hacer esa receta para que saliera de forma que Kirei no pudiera despreciarla. Está a su lado, ansiosa por verlo comer.
Kirei Kotomine. –¿Debería apreciar el esfuerzo que le pones a ésta disfuncional relación? –se burló con una suave risa saliendo entre dientes, al menos la rubia estaba haciendo algo diferente para llamar su atención, eso ya era un punto a favor. No todos pueden cocinar Mapo Tofu de la forma en que a Kirei le gusta: extra picante. Porque con cada bocado que daba su cuerpo se calentaba más y más, llegando a sudar excesivamente y tener la respiración agitada. ESA, por muy extraña que pareciese, era una de las mejores experiencias que el cura podía vivir. Sentado en donde corresponde, Kirei comió cucharada tras cucharada sin sospechar de las malas intensiones de la rubia. Pobre ingenuo sacerdote, si antes era objeto de estudio para Gilgamesh ahora era objeto de placer(?) para Abigael. –Hm... ¡hm, hm! –ni para beber un sorbo de agua dejaba a un lado la cuchara, la idea es comerse todo caliente y fresco.
Abigael Hamilton. Cerró los ojos cuando lo escuchó comer, no sabe qué pensar de ver esa sudorosa imagen,por un lado lo ve atractivo, un Dilf conservado pero por otro es inevitable verlo como el viejo verde y apestoso que es. De todas maneras estaba paciente, esperando que la droga tuviera efecto, no había inventirdo tanto tiempo en ese pequeño acto para arruinarlo. -- ¿Sabe rico, honey? --No hay una explicación lógica para su increíble insistencia en que la noticee, ni para continuar con esa relación que obviamente no va a ningún otro lado que a un horrible final. -- Extra, extra~ picante. Está ansiosa, desde hace un rato siente un palpitar acelerado en el pecho y un calor en su zona baja. A pesar de que ha mantenido la distancia y una sonrisita de rubia boba el calor ajeno parece transmitirse de igual forma a su persona.
Kirei Kotomine. Kirei es como toda persona, tiene sus metas, disfruta de las cosas que le gustan, es un trabajador diligente, etc. Comer no es la excepción y disfrutar de los platillos que le gustan lo es aún menos. Ésta vez, una de esas escenas que poca veces se ven, esas que están reservadas para algunos, fue liberada y Abigael, como una elegida, destinada a presenciarla. –Muchas gracias, a veces un poco de comida casera no me sienta mal –agradeciendo la comida y limpiando sus labios con una servilleta, Kirei juntó las manos y realizó una muy rápida oración. Cuando ya estuvo listo se tomó la molestia de levantar su plato e irse a la cocina. –Deja las cosas como estén, después enviaré a alguien para que lave –lavo sus manos con agua helada y se mojó el cabello. La comida extra picante sigue quemando en su lengua y su cuerpo pide a gritos un poco de agua. Una sonrisa se forma en sus labios, forzar su cuerpo a extremos le produce satisfacción.
Abigael Hamilton. Tiene que golpearse en el hombre a sí misma, un movimiento rápido para evitar que ese gusano de la culpa la invada. El hecho de recibir las gracias y presenciar que tal vez todavía queda algo de humanidad en ese viejo la hace sentirse mal, mal porque sus intenciones son oscuras, mal porque cree que en esos momentos se parece a Kirei, haciendo las cosas con dobles intenciones y pisoteando bellos instantes. -- ... Merezco una recompensa, ¿no? --Se ha colocado frente a él, no se atreve a verlo a los ojos pero sabe que desde la altura del sacerdote presenciará lo que ha tramado, que el sostén llamativo resalta más que la grasa en sus pechos y que ella es una sucia mujer que engañó a un anciano con una de sus comidas favoritas. Le sonrió, el rubor artificial en sus mejillas evita que la palidez por la falta de nutrición arruine su belleza. -- No me he esforzado tanto de gratis, Kirei. Las manos sostuvieron la sotana del ajeno, espera que la droga haga efecto antes de que el sacerdote se vaya de su rango de alcance.
Kirei Kotomine. Su condición humana no puede ser negada a pesar de todo el daño que haya hecho y esté por hacer. Kirei no es un monstruo, no es una bestia, es simplemente una persona situada entre todo pecado y toda salvación. Así, satisfecho y lleno de gozo, ignoró toda vestimenta provocativa en la rubia y mucho menos los colores de pinturas artificiales en su rostro. Pasó por su lado revolviéndole los cabellos de manera forzosa, casi en peligro de arrancarle hebras doradas en el proceso. –No es correcto actuar bien sólo para buscar recompensa, te enseñaré el principio de la humildad –con una sonrisa hipócrita, porque ni él mismo se cree ese principio, buscó dirigirse pasillo afuera cuando su cuerpo, por desconocidas razones, no respondía correctamente. Sus piernas, casi acalambradas, no soportaban el peso de su propio cuerpo y se vio en obligación de usar la pared cercana como apoyo. Entrecerrando los ojos para enfocar la vista pareció que una extraña visión de un mundo en espiral se alzaba frente a sí. –U, ugh… –se quejó entre dientes, sus labios temblaban levemente y parecía que su mandíbula se negaba a cooperar. Súbitamente el calor se apoderaba de su cuerpo, viniendo desde lo más profundo de sus entrañas y brindándole una sensación electrizante por la espalda. Con la mirada buscó, y encontró, a la pequeña rubia. Sus intenciones eran las de preguntar “¿Qué me hiciste?” pero, en vez de eso, sólo se escuchó un balbuceo irregular.
Abigael Hamilton. Bonny no puede reaccionar de manera violetan con él, sabe lo que le pasa cuando discute o se excede en sus acciones con el cura, Kirei no tiene reparos en darle su merecido. Observa el bombillo de la habitación, es de luz amarilla, lo cambiará por una blanca la próxima vez, no le gusta esa incandescente iluminación. -- ... ¿Estás bien? Si el mayor sonreía con hipocresía ella muestra una sonrisa de total placer, sus ojos no pierden tamaño a pesar de estar sonriendo de oreja a oreja por la clase de maquillaje que usa. Avanza, despacio, tiene todo el tiempo del mundo o eso siente cuando lo ve tan vulnerable. -- Solo quiero que hagamos cosas de novios. Y extiende sus manos que acarician la musculutura ajena, en la espalda, en el pecho. Levanta su falda.-- Mira, es de cruces, para nuestra noche especial. La cruz mal dibujada en esa braga que recorre desde sus nalgas hasta el monte Venus está levemente húmeda, la emoción la ha estado matando. -- Mucha diversión~ <3 No tiene la fuerza de arrastra al cura hasta el cuarto por lo que no queda de otra que hacerlo en el comedor. Cierra con llave la puerta.
Kirei Kotomine. La sonrisa que Abigael le dedicaba no era la más sincera ni tranquilizadora, de hecho, podía sentir las intenciones verdaderas ocultas tras ese rostro de niña benevolente. Todo agradecimiento para la rubia se esfumó en un instante, ahora Kirei estaba enfurecido pero la mayor muestra que podía dar de ello era una respiración agitada como animal. Algo tramaba la pequeña rubia, las “cosas de novios” que tanto aclamaba hacer con él. ¿Cómo se metió en eso? Buscó retroceder y alejarse pero sólo cayó al tropezar con su propio pie. Una sensación entre humillación, ira y desprecio se apoderaba de su cabeza impidiéndole actuar con total frialdad. Lo peor de todo es que ni llamar a su Servant puede, el hacerlo sería mostrarse rebajado ante una joven de veintiún años. ¿Cómo él, ejecutor de la Iglesia y cazador de herejes, no podría hacer frente a una simple mortal? Con la mandíbula apretada alcanzó a negar con dificultad, las bragas blancas y con la cruz dibujada no era para nada de su atractivo. Al contrario, le asqueaba, nunca se podría “calentar” con algo como eso. Abi se está adentrando en terreno peligroso, por muy dopado que esté Kirei difícilmente se dejará violar, aunque le cierren la puerta.
Abigael Hamilton. Si bien la rubia nunca había visto películas con la temática de BSDM de por medio, la siguiente escena parecía de una. Sintiendo la ira que irradiaba ese cuerpo y no subestimando a su adversario a pesar de que estaba drogado y en teoría sin fuerza en los músculos, se desprendió del listón que estaba en su femenino atuendo, a falta de esposas o de algo más potente, con calma y tarareando una canción ajustó los brazos del cura detrás de la espalda para proceder a unirlos mediante un nudo mariposa. Batalló por supuesto, de que el ajeno no estuviese con la cantidad necesaria para drogar a un caballo muy probablemente nunca lo hubiera logrado la rubia con brazos esqueléticos. Aspiró la esencia a sudor del viejo desde atrás, la ropa de Kirei tenía la evidencia de haber sudado por la ingesta de su comida favorita y eso la ponía. -- Kirei, ¿qué se siente consumar nuestra relación por fin? Ironía, sabía que el ajeno no iba a responderle más que balbuceos no entendibles. Con toda la rudeza que puede emplear con aquel flacucho cuerpo abrió la ropa contraria. El cuerpo trabajado del castaño salió a relucir, pero eso no le interesaba, ya lo había sentido otras veces. -- Recuerdo cuando me acosabas, sabes... ¿esto es venganza? Ser sometido por alguien como ella podría avergonzar a cualquier, podría bien ser lo más patético de este mundo por mucho. Abajo, lo que le interesaba estaba abajo. Estaba oculto entre la cremallera y la ropa interior. Ah, sus manos están temblando de ansiedad mientras lo recorren.
Kirei Kotomine. Sus manos temblaban y no soportaban el peso de su propio cuerpo, había tenido que apoyarse con sus antebrazos en el suelo aunque por lo pronto Abigael se encargó muy bien de inmovilizarlo y dejarlo acostado de espaldas. Si bien sus brazos estaban atados por un simple listón de ropa sentía como si éste tuviera la resistencia de mil esposas, intentó zafarse del agarre tensando los músculos de sus antebrazos y llevando una fuerza “explosiva” hacia sus muñecas pero, como una mala broma, sólo terminó por desgastarse físicamente sin obtener resultados. Con la rubia desvistiéndolo poco a poco no tuvo más opción que fulminarla con la mirada, si no iba a poder darle un buen golpe entonces maldecirla en su cabeza no era tan mala idea. Haha, como si eso fuese posible. Un hilillo de saliva corría entre la comisura de sus labios, tenía los dientes apretados y los labios ligeramente torcidos mostrando parte de su dentadura. Al quedar su pecho descubierto el frío aire golpeó su piel acalorada, un escalofrío recorrió su nuca y parecía que su piel se erizaba; una reacción perfectamente biológica. Lentamente, deslizándose cuán serpiente, la mano de Abi le recorrió mientras bajaba hacia su cadera. Sabía perfectamente que ella deseaba quitarle los pantalones y verle de la manera más vergonzosa que era posible. Lo peor era el hecho de que tenía su intimidad palpiteante y con una llama acalorada entre sus piernas. Kirei sabía que la comida tenía algo más que una simple droga para inmovilizarlo, esa reacción de necesidad sexual no podría ser iniciada con cualquier cosa. –Es… tás, enf… ermagh… –entre balbuceos llenos de saliva logró articular palabras. Su voz no sonó enfurecida, le había costado demasiado. Tenía oleadas en que parecía que se desvanecería, más luego la electricidad recorría su cuerpo y lo volvía a un estado similar al de alerta.
Abigael Hamilton. Los incansables esfuerzos sobrehumanos del cura por liberarse, como si fuera posible neutralizar la droga que era la culpable de su estado actual, pasaban desapercibidos para ella, simplemente los ignoraba, como si el mayor fuese un niño pequeño molestando con sus primeros pasos. En su cabeza pasan toda clase de imágenes, recuerda cuando era pequeña y su madre hablaba de temas de adultos junto con otras amigas frente a ella. Como cuando su padre la comenzó a tratar con el respeto de una dama cuando se dio cuenta que su niña se había convertido en una señorita. Y cuando tuvo su primera menstruación, todos eventos importantes que giran alrededor de su vagina y su sexualidad. La ropa interior solo va estorbar por eso la ha dejado a un lado. No es experta y no está segura de que posición tomar pero aprovechando el estado de Kirei y su posición opta por darle la espalda y abrir sus piernas, cree recordar que se llama Tortilla Francesa según el Kamasutra que leyó una vez. -- Te dejaré escoger el hueco que quieras, honey. Tiene ambos dispuestos, se tomó la molestia de prepararse cuando la comida de Kirei estuvo lista. Ha ignorado su comentario, sabe que el cura gana en cuanto a enfermedad en ambos.
Kirei Kotomine. Su mirada permaneció fija en ella, poseedora de un cuerpo que le incitaba a nada, cuya intimidad al descubierto no generaba más que desagrado al sacerdote. No es porque no le gustase el cuerpo femenino, si debe ser sincero sólo se obliga a sí mismo a “amarlo” porque todo hombre debe hacer eso, es más un deber que un querer. De la misma forma sucede con las relaciones, él no ve un afán amoroso en tener una noche de sexo con alguien, el coito es sólo para tener hijos y dejar una descendencia al momento de morir; nada más, nada menos. Dado que Bonny no le dejaba muchas opciones, intentó poner la cabeza (de arriba) lo más fría posible. Analizó el cuerpo dispuesto de la rubia, realmente le recordaba a Claudia gracias a su delgadez y ESO era enfermizo, se removían escenas de su pasado en su memoria que había tratado de no pensar mucho. Empezó a respirar cada vez más calmo antes de volver a poner su mayor esfuerzo en hablar. –…oca. La boca… –repitió, el calor le dejaba la garganta seca; necesitaba un gran trago de agua. –Usa tu lengua –carraspeó arreglando su voz. –Úsala en mi –separó las piernas dándole paso libre; ya la situación no tiene vuelta atrás así que nada mejor que hacerla humillarse a ella misma con pedirle una felación.
Abigael Hamilton. Le gusta ir al grano siempre. Las cosas directas, no perder el tiempo en nada. Mucho menos detenerse a pensar pequeñeces, Bonny es esa clase de persona que camina a la meta sin frenar nunca, pisando lo que se interponga y tropezando cuando es inevitable. El sexo, un área tan poco explorada en ella no iba a ser la excepción. Prueba de eso es que ni siquiera se detuviera a juguetear ni nada, prueba es que se encontrara con ambos agujeros listos. Lamentablemente no había considerado el tercero. ¿Por qué habría de pensar en meter el falo de Kirei en su boca? Lo quería dentro de su intimidad pero en la boca era una cosa aparte. Estuvo tentada a negarsr y solo elegir ella el hueco que quería ultrajarse primero. Lo pensó por poco tiempo. Si se queda meditando la droga podría debilitarse o quién sabe, el otro es un anciano y hasta la muerte es una opción. -- Solo un poco. Se volteó nuevamente y se acercó de lleno. Su mano tomó con cierta repugnancia la base. ¿Todos olían así cuando estaban en ese estado? Es un aroma que llena sus fosas nasales y la lleva a producir una mueca de disgusto. Lo encara. Sus orbes doradas expresan el odio que le provoca la acción que está por realizar. Una acción que a pesar de eso no evita, y su cuerpo que la hace descender, hasta que sus labios prueben la cabeza, es el clímax de su sometimiento ante él. Lenta. No acostumbrada a ni siquiera ingerir alimentos de gran de tamaño, su mandíbula se abre el máximo para engullir. Solo recuerda algo y es no utilizar sus dientes. Le toca el galillo y sus ojos se ponen llorosos, como si fuese a vomitar en cualquier momento. Una felación es una tortura. Ya lo aprendió.
Kirei Kotomine. En sus ojos había un brillo desafiante, al parecer la rubia no estaba tan contenta en escoger su boca como primer “hueco” para ultrajar; pero aun así él se mostraba de manera decidida en “querer” los labios y lengua de la joven sobre su miembro. Le hubiera dedicado una sonrisa pero seguramente en esa condición sólo hubiera torcido los labios de una manera poco atractiva, de todas formas, no estaba del todo contento con Abigael agazapada sobre su entrepierna; no negaba que era una escena erótica pero está lejos de provocarle reacción alguna de manera “natural”.
Lo siguiente que sintió fueron los delgados labios besar la parte superior de su miembro y luego abrirse paso mientras lo iban engullendo. De alguna manera se preguntó si el canibalismo podría ser aplicado en situaciones como esas, donde además por lo pronto ella estaría “devorando” su propia esencia. Son pensamientos extraños y fuera de lugar que le vienen a la cabeza de repente.
Entre ligeros suspiros y bocanadas de aire un par de quejidos se escabullían, por mucho que ella quisiera no podía evitar que sus dientes rozaran la virilidad del mayor; después de todo con esa pequeña mandíbula se hace estrecho abrir camino mientras se hace el movimiento de vaivén. ¿En qué estaba pensando? Le está resultando incómodo, movió las piernas un poco para llamar su atención.
–Suf´ciente –su garganta estaba menos seca que antes y lograba articular palabra sin mayores esfuerzos. –...ya hazlo. Tú sabes, cual yo quiero.
Abigael Hamilton.
[Descontinuado. ~ ]












