Abigor Marckhuzet.
Tal vez la inmortalidad era una de las peores maldiciones con la que podía cargar cualquier ser sobre la tierra; la monotonía y la poca sorpresa que podía ofrecer la vida, tras largos años de recorridos por sus varios senderos, solían matar lo más vital y valioso que alguien puede tener: el interés por todo lo existente.
No es que fueran inventos suyos o una de sus tantas ideas descabelladas, había visto y conocido demasiados seres antiquísimos que sufrían los estragos que producía el paso del tiempo. De hecho, los síntomas que estos padecían se correspondían demasiado con lo que los humanos llamaban “depresión”. Había en estos una evidente falta de energía o de motivación, así como también un gran desinterés general. A decir verdad, ahora que lo pensaba, tal vez esos viejos demonios justamente se comportaban como lo haría la mayoría de los ancianos. Para su suerte, jamás (o al menos por ahora) había perdido su capacidad de asombro e interés por lo que fuera. Cosas que nadie le prestaría atención ante la trivialidad de las mismas. Le entretenía hacer lo que fuera y ese mismo instante, no era la excepción.
— ¿Cómo olvidarlo? Fue un verdadero martirio quedarme encerrado en ese lugar. ¿Te imaginas permanecer sellado en un sitio oscuro, húmedo, repleto de otras alimañas apestosas por años? Bah… ¿Qué digo? Seguro tú me entiendes demasiado bien, ¿verdad? — A simple vista, daba la impresión de que estaba hablando solo… Y la realidad es que así era, desde una manera lógica, pues el monólogo que mantenía era con una de sus tantas cucarachas, misma que reposaba sobre una gran bolsa negra de basura. Dicha bolsa estaba apoyada contra un poste de luz perteneciente a la calle. El demonio estaba de cuclillas, revisando otra de esas bolsas, en busca de algo de “interés”. —Uno nunca sabe lo que puede encontrar, Mike. De seguro tú has visto muchas…— Se interrumpió al palpar al fondo de la bolsa algo de curiosa textura. Con entusiasmo de saber, jaló y retiró el “misterioso” objeto. El cadáver de un pobre gato se balanceaba en el aire lentamente, al haber sido tomado por la cola. —Ah… No me sirve muerto. — Recordó qué solía hacer con los animales, en viejos tiempos, pero dichos pensamientos se evaporaron al ver pasar a una persona. No hubiera dicho nada, sino fuera por esa vestimenta tan característica que llamó su atención. — ¡Oye, padre! ¿Le ofrecería un entierro digno a esta pobre criatura? — Sonrió amplió e hizo mover el cuerpo sin vida del animal de un lado a otro con mayor énfasis.
Kirei Kotomine.
La Iglesia sobre la colina es una edificación apartada del resto de la ciudad, un lugar misterioso y oculto que bien debería ser albergue de la esperanza de las personas pero no trae más que sospechas e inseguridades. Muchas veces escuchó comentarios y recibió consejos de alguna que otra persona respecto a su apariencia y la imagen que daba a los ciudadanos. Él los aceptaba gustoso, en un lugar donde profetizaba algo que ni él mismo creía, ¿acaso había forma de encajar ahí?
“¿Qué más se puede hacer?”, era una de las preguntas cuya respuesta mejor conocía: nada. Si de verdad quería salir de la Iglesia no le quedaba más remedio que ir cuando la gente descansara, o muy temprano o muy tarde; pero siempre escogía la segunda de ellas para no estorbar con su rutina de oraciones matutinas. Es que si salía durante el día, como habitualmente puede hacer para comer, lo único que hace es poner esa fachada que se acepta socialmente; esa fachada que todos creen conocer a la perfección, ese lobo envuelto en piel de cordero.
Sorpresivamente, sus paseos por las tardes eran mucho más agradables de lo que había esperado. Miraba como el cielo lentamente se iba tornando cada vez más anaranjado e imaginaba las ardientes llamas del fuego carbonizando la ciudad, soñaba con esos gritos desgarradores que eran tan dulces a sus oídos, con esos rostros de niños y mujeres llorando que eran condenadamente risibles ante sus ojos, la vida acabando en la punta de sus dedos y él, como simple espectador, en lo alto de la cima alzándose como un Rey. Sin duda era un pensamiento enfermizo que lo enviaba directamente a la condena eterna del Señor.
–¿Pero qué más se puede hacer? –repitió la pregunta en voz alta en lo que acababa su espectáculo imaginario y candente. Había decidido pasar a comprar algo liviano para comer pero la llegada a la tienda nunca se concretó. En el camino fue interrumpido por un desconocido, lo rescatable era que conocía esa sensación, estaba familiarizado con la clase de criatura que la producía, ¿cuántos demonios, vampiros y herejes en general asesinó en sus veinte años? La experiencia es la mejor maestra, dicen. Ese sujeto era uno de los tantos seres que van contra la palabra de Dios, algo prohibido que se debe erradicar, y aun así se le dirigía de manera tan casual.
–¿Eres un suicida, cierto? –esbozó una sonrisa divertida, un encuentro entre ambos no debería llevar más allá de unas pocas palabras. Se acercó al desconocido y lo miró desde arriba. Encorvado, sucio, a la vista debía ser desagradable pero para él no era más que una muestra de cómo se puede encontrar belleza en cosas horribles. El gato incluso nunca le llegó a dar asco, sólo una curiosidad, le recordaba a su mascota fallecida.
–Incluso los animales tienen derecho a un descanso digno, pero por desgracia éste pobre gato no muestra señales de dignidad alguna. ¿Aun así quieres darle entierro? A mis ojos no es más que una pérdida de tiempo, dicen que mueres de la misma forma en que naciste, ¿por qué no sólo devolverlo a la basura? Es como si le negaras su estilo de vida.
Abigor Marckhuzet.
Esperaba la típica reacción que solían tener la mayoría de las personas para consigo: ser ignorado como el despojo de la sociedad que representaba ser. Sin embargo, tratándose de un cura, tampoco era de sorprender que este le hiciera caso, después de todo, se “suponía” que estos siervos de Dios estaban al servicio de asistir a las pobres almas en pena, los desvalidos y olvidados, pero no cabía duda de que muchas veces la teoría no se correspondía con la práctica.
Por unos breves instantes, Abigor entornó los ojos. Le quedaba claro que aquel hombre no se acercaba por motivos nobles como había pensado antes, pues ser llamado ‘suicida’ solo podía indicar que el desconocido estaba al tanto de su verdadera naturaleza y ello le quedó más que claro al percibir una curiosa y extraña energía en este. Estaba bastante sorprendido a decir verdad, e incluso hasta emocionado ante la incertidumbre que acarreaba el encontrarse con alguien del “otro bando”. El peligro era una posibilidad que no podía ignorar, pero el demonio era lo suficientemente imprudente y despreocupado como para andarse con cuidados o precauciones. ¿Qué sentido tiene una vida sin riesgos, emociones y peligros?
Con una calma total, soltó la cola del gato, dejando que el cuerpo rígido y en estado de descomposición volviera a caer sobre la bolsa donde anteriormente había sido hallado. Su siguiente movimiento tan solo se trató de retirar una pequeña cajita de fósforos que guardaba en un bolsillo de su camisa, a la altura del pecho, para abrirla y resguardar en esta a su pequeño amigo bautizado como Mike. Una vez que la cucaracha estuvo a salvo, dejó su posición de estar de cuclillas y se levantó al fin. Ese extraño humano era demasiado alto, aún y estando de pie, el alto de su cabeza llegaba a la altura del cuello de este, así que no tuvo más opción que alzar el rostro para así encararle y verle fijo.
Ese humano no era para nada normal. Había varios indicadores que le guiaban a tal especulación, pero los principales estaban compuestos por esa energía siniestra y oscura que desprendía de su cuerpo, así como también un extraño sentido de la Fe. Si se hubiera tratado de cualquier religioso, el demonio sentiría desagrado, mismo que iría en aumento en medida de su devoción. Sin embargo, no era el caso con este sujeto. ¿Un sacerdote con poca Fe en Dios? Eso sí que era muy curioso y llamativo, pero no excepcional.
—“Mueres de la misma forma en que naciste.” — Repitió a modo de reflexión. Amplió la sonrisa en ese momento. Estuvo a punto de decir la ocurrencia que acababa de tener, la cual se trataba de la imagen mental de un óvulo y un espermatozoide, pero se guardó su estupidez para sí mismo. —Un pensamiento demasiado profundo, padre, pero ilumine mi ignorancia, ¿existen las muertes dignas? Es más, ¿existe tal cosa llamada dignidad? Tal vez las “cosas” como yo desconocemos el significado de tal.— Le guiñó el ojo de modo juguetón, sin dejar de sonreír. Sus cuestionamientos habían tenido la finalidad sondear los pensamientos contrarios y que tan al tanto estaba de ciertos asuntos.
Kirei Kotomine.
La tranquilidad del otro era sorprendente, ¿dónde habían quedado esas criaturas desesperadas por vivir que, apenas divisaban la sagrada cruz colgando en su cuello, salían corriendo presas del miedo o se abalanzaban envueltos de ira para darle muerte? El sujeto frente a sus ojos parecía tener todo el tiempo del mundo y lo malgastaba mirándole e incluso guardando un insecto en una cajita y su camisa. De cierta forma era desesperante, no encajaba; tal parecía que no había cometido errores al llamarle suicida, cada una de sus acciones las realizó sin mostrar hostilidad ni preocupación por su presencia, como si lo aceptara, como si lo invitara.
Una vez el desconocido se levantó, retrocedió un par de pasos manteniendo la distancia pero aun así con la mirada inclinada hacia abajo. Era un hecho que su estatura está mucho más arriba del promedio en Japón, incluso podía llegar a dudarse si sus orígenes venían realmente de la tierra del sol naciente. Lo único característico que tiene su físico de ser japonés, son los ojos pequeños y ligeramente rasgados que ahora miran despectivamente al más bajo. ¿Y cómo no hacerlo? No es más que su trabajo asesinar herejes, más que ser algo que le guste es una costumbre que aceptó ser inculcada por la Iglesia, cuando creía que carecía todo derecho.
–No me llames padre –fue lo primero que dijo al ser su turno de hablar. –Mi nombre es Kirei, Kotomine Kirei; y como bien dices los de tu clase desconocen el significado de muchas cosas. Pero por mucho que te lo explique o ejemplifique, estás lejos de entender y sentir. Incluso la dignidad, ¿no se supone que es un término por y para humanos? Incluso tu preciado minino… por mucho que se esforzase nunca lograría obtenerla.
Esbozó una sonrisa a la par que llevaba su mano derecha al interior de la chaqueta; por muchas armas que lleve, en especial las cuchillas para arrojar, no fue sino su billetera lo que hurgueteó dentro de la ropa. Acto seguido le mostró un par de billetes en alto. –Tengo hambre. No muy lejos de aquí hay una tienda de conveniencia, si me acompañas puedo seguirte instruyendo en el camino, o bien puedes quedarte aquí y aceptar tu castigo.
Abigor Marckhuzet.
Sus ojos se mantenían con tenacidad en los del más alto. Hasta había olvidado parpadear por unos cuantos segundos, pues le llenaba de una gran diversión y gracia que ese ‘humano’ le devolviera una mirada tan desdeñosa, cual si estuviera viendo un bicho de lo más desagradable e inmundo. No había de qué sorprenderse por esa actitud, al fin y al cabo era casi natural, como la enemistad de los felinos y los cánidos, que un sacerdote se mostrara hostil para con una criatura sobrenatural, sobre todo si se trataba de un demonio. Pobres religiosos, con su mente tan encasillada en su limitado conocimiento.
No fue solo esa despectiva mirada la que aumentó su regodeo, sino las palabras que le siguieron. Se empezó a reír sin censura alguna hasta casi al punto de las carcajadas. No es que se estuviera burlando por lo dicho (o quizás sí), sino que le resultó de lo más hilarante imaginar cómo el exorbitante orgullo de muchos de sus hermanos Namaru hubiera sido machacado con tal frase.
—Estoy muy seguro que habrá leído en varias ocasiones La Biblia.— Respondió en un tono un tanto irónico ante la obviedad de sus palabras. —Entonces, me resulta curioso que haya olvidado una enseñanza tan elemental como la de “no juzguéis y no seréis juzgados”. Ah, ¡qué tonto soy! Olvidaba que los fieles servidores del Señor, tienen el poder y permiso de juzgar a todos y hacer caso omiso de sus mandamientos.— Posiblemente su actitud estaba siendo de lo más molesta en ese momento y eso poco le importaba, se sentía bastante “juguetón”. —Sin embargo, no te culpo. Por lo que dices, has conocido varios de mi “clase”, tantos como para llegar a esa conclusión inductiva de que toda la hueste infernal desconoce la dignidad, los sentimientos y que no pueden entender. Lo entiendo, has conocido a hermanos atormentados al punto de comportarse como bestias irracionales y has llegado la conclusión lógica, pero, ¿qué pasa cuando llega uno y no encaja con esa conjetura? —Cuestionó al fin. Tenía varias cosas más que decir, pero se las guardó, las mencionaría más tarde o cuando se diera el momento oportuno, si es que fuera posible. —Te acompañaré, sé de qué tienda hablas.— Conocía bastante bien los alrededores, ya que a diario se la pasaba de aquí allá, hurgando basura y buscando. ¿Qué buscaba? Ni él estaba del todo seguro.
Mentiría si dijera que no creyó que sería atacado, pues sí lo pensó al ver como el otro buscaba dentro de su ropa. De hecho estuvo atento a reaccionar con rapidez si era necesario, pero esperó hasta último momento, con una calma permanente. De a momento parecía ser que estaba a “salvo”, pero ese ser se mostraba como alguien bastante impredecible como para bajar demasiado la guardia. Sea como sea, al fin se puso en marcha, siguiendo la dirección hacia la que se dirigía el cura antes de que Abigor lo detuviera, suponiendo que este le seguiría. Se preguntó de qué castigo hablaba, ¿echarla agua bendita y devolverlo al Infierno?
Kirei Kotomine.
¿Qué era tan gracioso? ¿Sus palabras, sus opiniones, el insulto a los de su raza? Kirei no entendía la risa del demonio, en realidad nunca entendió la risa de todos; él se ríe cuando ve a otras criaturas retorcerse de dolor o cuando presencia la desesperación de quienes conocen su propia muerte. Su reacción no fue más que mantener los dientes apretados y los labios torcidos, era molesto escuchar la estrepitosa carcajada del más bajo; incluso pensó como única opción de callarlo, el rajarle el cuello de un cuchillazo y arrancarle las cuerdas vocales.
–¡Tch…! Cállate –no iba a dejar que sus pensamientos dominaran sus acciones, incluso en alguien tan molesto y defectuoso se puede encontrar utilidad. Oprimió sus labios después de haberle dado esa orden que bien parecía haber sido escupida sobre su cara. –No necesito que algo como tú se dedique a darme clases. Sé que existe el dicho de “sabe más el diablo por viejo que por malo”, pero está fuera de lugar las enseñanzas de la biblia; al menos ahora, contigo –arrugó los billetes dentro de su mano y los metió bruscamente al bolsillo del pantalón. Como bien había supuesto el demonio, Kirei se dirigía en línea recta hacia adelante, retomando el camino que le fue interrumpido por el entierro del gato.
Como sea, ahora la situación tenía al demonio por delante y Kirei siguiéndole el paso en lo que analizaba su manera de andar, su ropa, incluso la misma reacción del ambiente a su alrededor. Si había animales que se ahuyentaran, personas mirando curiosas y susurrando, o incluso plantas muriendo. Kirei estuvo atento a cada uno de los factores del entorno para ver si lograba descubrir algo más sobre su acompañante. Cada criatura del mal es única, de la misma forma que los seres humanos, tienen su nombre e identidad que los define; si pudiera llegar a conocer eso sería equivalente a tenerlo danzando en la palma de su mano.
El resto del viaje lo llevó en silencio, no había necesidad de intercambiar palabras en lo que llegaban a la tienda; realmente no estaba para nada lejos, sólo unas cuadras más adelante y ocupando un terreno de casi esquina a esquina. A Kirei poco le importó si el otro seguiría sus pasos hasta adentro, simplemente siguió con los labios sellados e ingresó a la tienda; fue directamente a los estantes con bolsas de aperitivos y sacó un paquete de papas fritas, luego se encaminó a la sección de refrigerados y buscó un emparedado envasado, de esos que vienen en cajitas triangulares. La visita terminó con la búsqueda de agua embotellada antes de ir a la caja y pagar. En caso de que se detuviera a pensar realmente lo que podía comer, seguramente, terminaría por comprar nada; después de todo, esa comida es sólo para llenar su estómago, no su interior; por muy deliciosa que a los demás les parezca él nunca encontrará satisfacción en ella.
Volviendo a la calle colgó la bolsa en su antebrazo, sacó la botella de agua y bebió un gran trago de ella. Estaba completamente helada y refrescante, incluso por el cambio brusco de temperatura su estómago dolía, pero no sentía más que agrado por tales sensaciones. Al final, volteó sobre su hombro comprobando si el otro seguía allí, todavía le inquietaba lo kamikaze que era.
Abigor Marckhuzet.
Por mucho que el cura lo hubiera mandado a callar y desestimara sus palabras, no perdía su buen ánimo de siempre y tampoco desdibujaba la tranquila sonrisa que se acentuaba sobre sus labios. No había razón alguna para perder los estribos, ni para dejar de lado su buen temple, su orgullo no estaba en juego. Después de todo eso era algo que había dejado atrás para abrazar la virtud de la humildad y la modestia. Por algo vivía del modo en que lo hacía, sin lujos ni comodidades, no los necesitaba y si así lo deseara, podía tenerlo con tan solo chasquear los dedos. Empero, ¿para qué? No tendría así algo que realmente fuera de valor. Tal vez muchos demonios jamás entenderían eso, en especial sus viejos hermanos Namaru. Esos Diablos llenos de orgullo y vanidad jamás podrían siquiera imaginar sostener una vida así ni por un par de minutos.
La postura que había tomado para caminar tan solo reflejaba algo que ya era obvio desde el principio, es decir, su tranquilidad. Había llevado los brazos hacia atrás, cruzando estos a la altura de la espalda baja y hasta se había dado el gusto de ponerse a silbar una canción que sonaba como aquellos clásicos de las películas de género western. Los pasos de Kirei como los suyos propios era lo que más percibía en ese momento, pues esa zona de la ciudad, al ser residencial, era un sitio bastante tranquilo por esas horas. La mayoría de las personas estaban prontas a llegar a su hogar luego de una larga jornada laboral.
Así pues, efectivamente se quedó en la calle, viendo que el otro ingresaba a la tienda, pero cambió de idea a los pocos segundos y aprovechó la escases de personas que había alrededor para simplemente desaparecer, no literalmente, sino en su forma corpórea. Nadie podía detectar su presencia a simple vista, a menos que usaran tecnología que identificara el calor.
Fue así que también ingresó para tomar algo de interés que fueron unas cuantas cajas de cigarrillos, que se encontraban justo detrás de la persona que efectuaba el cobro por los artículos comprados. Procuró que esa persona no se le acercara lo suficiente como para tocarle y tomó lo que quería. No le interesaba la comida.
Tras los breves segundos empleados para el hurto, salió de allí sin más problemas y esperó al cura, pero sin hacerse visible aún, quería ‘sorprender’ a su nuevo “””amigo”””.
Estaba tentado de ponerse a silbar de nuevo pero decidió ponerse un cigarrillo en la boca y encenderlo sin necesidad de mechero. Parecía que el tóxico cilindro levitaba mientras era consumido.
–…– Al verlo, esbozó una leve pero maliciosa sonrisa, poniéndose frente a este en el justo momento que observó sobre el hombro, reapareciendo una vez más como por arte de magia. –¿Buscabas a alguien, Kirei? – Preguntó juguetón y bromista, algo que suponía le desagradaría a ese curioso humano.
Kirei Kotomine.
“Desapareció”, eso fue lo que había creído al momento de salir de la tienda y encontrarse con la acera vacía, tampoco había tenido señales de él mientras estaba en el interior de la tienda; no había otra opción, se había esfumado mientras no estaba viendo. Claro, era de esperarse que lo hiciera, ¿qué ente del mal se quedaría con un lacayo de Dios? Ahora no tenía claro si se trataba del cambio de temperatura en su estómago o la vista de que el tipo no estaba, pero una sensación desagradable fluyó en su pecho.
Aunque todo cambió cuando lo vio ahí, tras su espalda, fumando. Entonces le preguntó a quién buscaba y Kirei sonrió. De un momento a otro los labios del clérigo se torcieron formando una sonrisa y soltó un par de carcajadas; si bien no estaba riendo de manera estridente o con total goce, el hecho que había encontrado gracia en su pregunta estaba ahí.
—…Kirei. Lo dijiste sin más —comenzó a hablar recuperando de a poco la compostura que casi pierde en totalidad. —Lo hermoso, una palabra de las oraciones… y un tipo como tú la dice con tal facilidad, jaja. ¿No es gracioso? —se podía considerar al clérigo como una caja de sorpresas. Tan alto, tan estoico a veces, pero encontrando gracia en asuntos que los demás no. Estaba claro que no era una persona completamente sana mentalmente, pero tampoco rayaba en la locura. Ahora, recién, su corazón había saltado con júbilo ante la incongruencia del demonio diciendo “Kirei”, palabra que derivaba del “Kyrie Eleison” que se repite en la Iglesia. Era como una monja maldiciendo o un demonio predicando.
Ya volviendo a lo que era en el inicio, aclaró la garganta e hidrató sus labios al beber nuevamente un trago de agua. Vaya escena que había dado, casi le hacía pensar sobre el nulo autocontrol que tuvo en una situación similar hace diez años atrás, donde rió en completo desquicio cuando presenció una ciudad incendiarse completamente. —Señor, ten piedad —masculló entre dientes sin razón aparente y a sabiendas de que no sería escuchado por Él. Ya nunca más su benevolente Dios le voltearía a mirar, pero aún así Kirei, como niño caprichoso, clamaba por un poco de su atención.
—Entonces —interrumpió y desvaneció sus pensamientos como nubes de humo. —Ya que conoces mi nombre, ¿por qué no me compartes el tuyo? Pero no me refiero al nombre que utilizas cuando caminas entre nosotros, los seres humanos, sino el que corresponde a tu verdadera naturaleza —no quería ni un tipo de trampa, el nombre que está pidiendo es la identidad de "ellos", la manera de reconocerlos y exorcizarlos. Aunque claro, Kirei no es precisamente del tipo que se especializa en tales labores, por eso están los Exorcistas y él es sólo un Sacerdote. "Sólo un Sacerdote".
Guardó la botella en la bolsa y sacó el emparedado, lo desenvolvió y con ello dio el primer bocado a su comida. Nada. Ni agradable ni desagradable, ni delicioso ni asqueroso; sólo alimentos que llenan su estómago.