Aventura de los molinetes
Bajé las escaleras de Castro Barros a las apuradas, como de costumbre. A veces, para no tener que sacar el libro dentro del vagón, lo llevo en la mano. Esta vez tenía el Quijote, mi obra predilecta.
Cuando me paré delante del molinete, vi que el tren, que acababa de llegar al andén, abría sus puertas para que bajara la gente. Pasé mi tarjeta SUBE (Sistema Único de Boleto Electrónico) para destrabarlo, pero se mantuvo rígido, indolente ante mi apuro. Volví a intentarlo: nada. Por la mañana, cada minuto dura una fracción de segundo cuando se lucha por ganar el «presentismo», ¡esa fruta tan dulce cuando se la consigue y prueba; de cáscara tan espinosa cuando se la intenta alcanzar!
No lo resistí. Las puertas abiertas del tren me parecían una burla obscena que me jugaba el odioso lunes. Al muchacho del molinete de al lado le pasaba lo mismo. «¡Basta! Tengo en la mano derecha un libro colosal en sentido literario…, pero también físico», pensé, en tanto veía cómo el tiempo se me escapaba y los pasajeros salían de los vagones en cámara lenta. Decidí cruzar el Rubicón: apoyé el lomo del Quijote sobre la máquina del molinete y, ayudándome con la izquierda sobre la máquina de al lado, lo salté y me escabullí rápidamente dentro del vagón, donde continué con mi lectura y llegué a tiempo para fichar.
De la mano… Literalmente de la mano del Quijote, pude, en un rapto de lucidez y valentía matinales, vencer a esos gigantes obstaculizadores que por vía de algún demoníaco encantamiento toman la forma de molinetes.