Cuando el movimiento me cuesta, quedo empantanado entre mis costras cerebrales. El impacto de la estupidez se sienta en mi rincón preferido y toma el control de mi alegría, anulándola por completo.
Me llega un ruido de fiesta: gente que festeja logros absurdos como si fueran hazañas heroicas y de repente me veo deseando esos trofeos brillantes. Entro en la competencia de incompetentes. Sigo a ciegas a quienes me venden el cielo cuando lo único que dan son nubes de humo.
Entonces recuerdo cómo llegué a este punto: tropezando entre los cristales de promesas rotas que cortaban mis pies descalzos. Hice un sepulcro para la confianza y jamás volví a dejarle flores.
Ahí es cuando paro, quito los escombros, me rearmo, abro una ventana, y voy a cada tumba para limpiarla de hojas secas. Al final de días como ese generalmente termino aferrado a la esperanza de otrx, porque a mi ya no me queda mucha, pero a veces la esperanza de alguien más es también la mía.
Es que cuando llego al sepulcro de la confianza encuentro flores frescas. Sospecho quien las puso ahí, y aunque no esté borracho, sonrío.
"El mismo sentimiento de no pertenencia, de juego inútil, donde quiera que vaya: simulo interesarme por lo que no me importa, me afano por automatismo o por caridad, sin involucrarme jamás, sin estar nunca en ninguna parte. Lo que me atrae está en otro lado, y ese otro lado no sé qué es." (E. M. Cioran; Del inconveniente de haber nacido, 1973)