— ¿A veces no te preguntas si al despertarte el día de hoy, sabías que ibas a terminar así?
— Pues nunca me lo he planteado— me dijo él.
Y me podía pasar así toda la noche. Siempre haciéndote más y más preguntas.
Eras agua fresca para mi mente.
Y aunque a veces te cedía mis horas de sueño a tus horas de insomnio, nunca me importó.
Creo que lo peor de intentar olvidarte, es saber que eso nunca pasará.
Siempre es lo mismo, voy pillada de tiempo a coger el autobús y me detengo tres segundos mirando hacia aquel lugar. El banco.
Es inconsciente, lo sé. Soy consciente.
Subo rápidamente, me siento en el asiento de detrás del conductor, me pongo los auriculares y un destello de luz hace que cierre los ojos. Y entonces, vuelvo a aquella noche.
De aquello sólo recuerdo que no quería mirar atrás. Hacer algo bien para variar.
Y si nos vemos hoy, te escribí.
Arriesgué. Me dijiste que sí. Y a las cuatro de la mañana, tu hora favorita para olvidar.
Estábamos ahí.
Mucho escribir y poco intentar mirarnos a los ojos.
Te veía gesticular a contraluz mientras soltabas frases, palabras; y yo te escuchaba atentamente. Si te soy sincera, pensé que en algún momento nos miraríamos y entonces… entonces por fin.
Pero... tú y yo nunca nos hemos besado.
Yo nunca te besé.
Y así sentados en aquel banco nos dió las nueve de la mañana.
—¿Tú crees en las señales?— le dije; como un último movimiento de ficha.
—Sí— me contestó él, con la mirada perdida al horizonte.
Tú siempre me dijiste que eras tímido. Pero puede que yo nunca te haya escuchado.
Sabes... yo siempre voy de un lado a otro casi siempre corriendo, casi sin detenerme. Con la mirada en el reloj, pensando en que voy a perder el autobús.
Pero tú. Tú siempre estás ahí sentado en aquel banco. Mirando al horizonte.
Después de aquello seguimos escribiéndonos, siempre evitando lo que pasó aquella noche.
O más bien lo que no pasó.
Un día, por fin pusiste las cartas sobre la mesa y me dijiste que era hora de dejar que las palabras sean sólo palabras.
El mismo banco a la misma hora. Me dijiste.
Y entonces, cometí el error de hacerme aquella pregunta: ¿Quedar contigo me haría feliz?.
Y al final ganó el no.
La cobardía, el azar y el karma. Todo aquello influyó para que nunca pasase.
En pleno afán por querer ser pitonisa, me dije a mi misma que esto no iba a ningún lado.
Me convencí de hacer lo correcto, de no querer hacerte perder el tiempo, e incluso que iba a ser fácil olvidarte.
Y nunca te esperé en aquel banco.
Sabes Jesús, tú y yo nunca nos hemos besado, pero creo que besarnos sería más o menos así: primero piel, luego músculos y al final respiración.
De cuando en cuando intento cambiar de ruta. A veces en metro, otras en bus, a veces un cambio de acera justo al terminar la calle. Pero siempre, siempre; termino mirando hacia aquel lugar.
¿Sabes que es lo peor de todo?, que ahora que ya no estás. Siempre estás.
Y ojalá volvernos a sentar en aquel banco.