Ella recolectaba todas las mañanas los rastros de cabello que él dejaba sobre la almohada antes de partir, siempre salía antes que el sol, sin decir ni una palabra de despedida, ella lo escuchaba en silencio descorrer la raída cortina que mediaba entre las pobres habitaciones que solía llamar hogar, y sí llovía se iba aún más temprano, lo imaginaba perdiéndose entre los charcos de agua sucia del barrio, bajo un cielo sin estrellas o luna, todo era gris sobre sus cabezas, con una grisáceo sucio y lastimoso, y mientras él reandaba los pasos que lo llevaron hasta el hueco que ella le guardaba en su cama, aquella mujer sabía que nada malo podría pasarle a su hombre, porque ella lo cuidaba y velaba siempre por él.
Después que ella abandonaba la cama, y dejaba que entre la sábanas trilladas perdurara el olor acre del cuerpo del hombre, el sol se colaba por las esquinas de la pobre casa, y la mujer acomodaba los cabellos recolectados de la almohada, y uno a uno los colocaba sobre la pulcra mesa, y mientras peinaba su cabello con los huesudos dedos, elegía cuidadosamente los hilos de aquella cabeza ajena para enredarlos entre los suyos, religiosamente entretejía ambas hebras, propias ya ajenas, susurrando su nombre acompañado por palabras de amor, en un poderoso conjuro ancestral que solo conocían las mujeres que amaban sin esperanza, invocaba a la luna bruja y la madre tierra para que fueran guardianes del camino del hombre que esperaba, sabía que contenía entre el hechizo de sus cabellos de ébano la fragilidad de aquel hombre, y él habitaría la tierra como si fuera indestructible.
Al final del día, al caer el ocaso, él retornaba a ella y deshacía su trenza con su hechizo, se amaban con esa simplicidad de las fieras que han renunciado al futuro, solo ahí, él era vulnerable y ella se convertía en una noche absoluta que le daba cobijo, fuera de ellos todo era un abismo.