Salvaje
El relato de hoy inicia con dos sueños auto proféticos, de un inconsciente que se vislumbra un futuro incierto, básicamente nacen a partir del mismo concepto y patrón con el que he creado mis relaciones afectuosas con una figura masculina, la qué sea. En el primero hay un hombre, un monje enclaustrado, que me desea, pero me esconde en los armarios porque se supone que es un hombre santo y dedicado a Dios, y en esos rincones oscuros, bajo tierra, en los que me pretende esconder descubro que no deseo vivir en la oscuridad, que soy una criatura que necesita libertad, sol, vida, y en algún momento él se convierte en una carga pesada que tengo que mover y me cuestiono la utilidad de arrastrar a alguien que no quiere ser libre y amar libremente, pero que no me suelta porque no quiere perder lo que mezquinamente quiere de mi, entiendo que tengo que soltarlo, que no puedo salvarme y salvarlo, el que quiere vivir en las sombras buscará un agujero donde enterrarse, esta dinámica de te quiero pero no puedo ser libre para quererte con plenitud ha sido un patrón frecuente en la mayoría de las relaciones emocionales que he tenido con los hombres, reconozco mi responsabilidad desde el momento en que acepto esos condicionamientos a medias, esa falta de entrega y honestidad que se gestan en el estereotipo aprendido de que ‘el amor duele, y es una conquista y tienes que luchar, tu mujer, por conquistar y salvar tu derecho a ser amada’, ¡y no!, ¡no!, ¡no!, eso no es amor, sacrificar y pagar por un futuro impreciso lleno de expectativas de felicidad romántica no es amor, además soy de esa generación de mujeres a las que nos enseñaron que el amor es libre, que no debes de exigir porque si amas debes dejar al otro actuar con libertad, incluso si esa libertad te causa dolor, y sí, incluso si ese ser amado abusa emocional y físicamente de ti, pero ¿cómo aprender una nueva manera de amar cuando el amor entre mis padres y mis abuelos ha sido un amor que lástima y mutila?, sacrifica, cede, renuncia, tu mujer, porque ellos son frágiles y tienen mucho miedo de ser abandonados, temen que la mujer pase por encima de ellos y deje de necesitarlos, bien decía Galeano: ‘el miedo del hombre es el miedo a la mujer sin miedo’, y así nos educan con miedo, miedo a quedarte sola, y no tener hombre, miedo a que te deje, mejor que me maltrate, miedo a que vea su miedo, mejor que me rompa a mi, porque soy mujer, porque a mi me corresponde la obligación de doblarme, callar y tolerar, porque mi libertad vale mucho menos que la de él, mi monje enclaustrado es ese concepto de hombre atrapado entre lo sagrado de la masculinidad frágil y el deseo de ser libre, pero no quererlo reconocer, un hombre que tiene miedo a que su congregación lo reconozca débil, porque no hay amor que tiente a un monje a renunciar a la deidad masculina que se inventó, ¿y qué me inventé?, vislumbro también que mi autonomía, la liberación de ese arquetipo de masculinidad tóxica e imposible está en mi, en ese deseo de amar con libertad que me hace cuestionarme la utilidad de seguir arrastrando un amor romántico, inútil e idealizado y, lo más importante, mi voluntad de soltarle la mano, de buscar sola la luz y la salida de la vergüenza de esconderme en un armario hecho para esconder y limitar todas las formas que pueda adquirir una mujer: novia, madre, esposa, ama de casa, frágil, dulce, servil, no soy así, no quiero vivir en tu armario.
El otro sueño, el que continúa a partir de la liberación del claustro, la sombra y el monje: hay mucha luz, es una fiesta, como aquellas pensadas por Fitzgerald para Gatsby, estoy en un círculo indefinido, soy el centro de mi celebración dentro de otra celebración, ¿la vida?, pero me rodean diferentes tipos de hombres: el hombre maduro y autoritario que quiere que las cosas sean como él desea y no hay más, el joven inseguro e inexperto que viene a mi porque quiere que le enseñe a volar, el hombre indeciso que me busca pero que no quiere compromisos, el otro que me quiere poner una máscara que no me queda, pero que no reconoce mi rostro, todos quieren algo y a todos los he reconocido alguna vez en mi vida, pero yo no quiero elegir, mejor dicho, no necesito elegir, porque entiendo que estoy perfectamente bien bailando sola, en mi círculo indefinido de luminosidad, soy libre, no necesito que me protejan, no deseo salvar a nadie, no quiero darle gusto a nadie más, entiendo que sí alguna vez eligiera amar a un hombre sería a alguno que me conozca, y reconozca, que me vea así tal cuál he sido, ya no con sacrificios, que me vea sin máscaras: libre, salvaje, rebelde, incompleta.














