Estar de la chingada
Es llevar el alma rota y decir que no pasa nada,
es gritar al vacío con la voz apagada.
Es el café frío en la mesa olvidada,
y la certeza de que nadie entiende nada.
Es caminar con los pies cansados,
sobre calles que siempre llevan a los mismos lados.
Es reír con el pecho cerrado,
porque llorar ya ni siquiera es necesario.
Es el eco de un “¿cómo estás?”
que responde un “bien” tan ensayado,
que hasta el silencio se siente usado.
Estar de la chingada es no querer explicar,
es cargar con lo roto y no saber reparar.
Es vivir esperando que el mundo se apiade,
aunque en el fondo sabes que nadie lo hace.
Pero también es un fuego que no se apaga,
una rabia que, aunque duele, siempre se embriaga.
Porque estar de la chingada también es vivir,
y en esa locura, aprender a resistir.


















