A veces no tenemos otro remedio que sentarnos a ver. Porque la presión es tan fuerte, tanto, que el cuerpo cae al piso sin poder evitarlo. No hay forma de resistirse. La bestia asedia, caza, mata el alma como si fuera de papel.
Calmadamente aquellas voces que gritaban se han quedado mudas, se oprimen el pecho con el puño, abren su boca en intentos desesperados, pero el sonido no sale. Son presos de sus acciones, de lo que comen, de lo que usan, de la mentira que se cuentan cada noche al tocar la almohada, y comienzan a revisar sus días en sus mentes deseando haber echo las cosas de forma diferente. Desean secretamente que todo cambie, pero todo está inmóvil, paralizado, desordenado, muerto. Están cansados, incapaces de moverse, todo lo que pueden hacer es reírse de si mismos, todavía no entienden cuando su satírica vida comenzó a ser tan graciosa. Temen, no ser capaces de dejar de reír.