Noblez Capítulo Uno
La cacería
Un pueblo tranquilo desde la distancia, una posada a la lejanía del pueblo en un suelo que mostraba signos de ser inhóspito, tan lejos del pueblo que parecía estar en medio de la nada, al menos así daba la impresión a la lejanía donde unos caballos se acercaban hacia aquel recinto, unos viajeros; no sería nada extraño ver a unos viajeros llegar a una posada si no fuera porque en aquel pueblo era extraño que llegaran viajeros y más si era de noche, no eran tiempos para los viajes de noche porque la noche traída peligros, sobre todo a los pueblos como ese que poco valor pueden ofrecer y donde un viajero solo puede pasar a la posada simplemente para descansar y seguir su camino eso si llega antes del anochecer. Pero esos viajeros no, esos viajeros estaban justo cuando la noche ya había caído, cuatro caballos llegaron a la entrada de la posada, eran cinco personas y tres desmontaron para entrar.
De los pocos que habían dentro de la posada les sorprendió ver entrar a tres hombres con capuchas, dos de ellos la tenían de azul marino y negro, mientras que el tercero estaba de rojo, resaltaba más que sus compañeros, se bajó la capucha mostrando su cara triangular, barbilla larga, rostro pálido, nariz chata, cabello negro corto con un fleco largo que cubría casi sus ojos pequeños y alargados de color oscuro, si alguien pudiera ver su rostro de cerca diría que carecía de cejas. Se acercó al posadero que era un hombre muy viejo de poco pelo, de aspecto desaliñado, con vellos resaltando de sus brazos, rostro arrugado, con un ojo vidrio y el otro normal, con esa enorme nariz daba realmente la impresión de ser un viejo loco aunque fuera simplemente un viejo posadero que se lustraba de los pocos viajeros que llegaban. Estaba detrás de una taberna donde tenía exhibidores llenos de vasos de vidrio y grandes barriles llenos de licor para los viajeros que quisieran embriagarse; en antaño solía ser un bar hasta que las circunstancias de la vida con la llegaba de la plaga negra nunca se pudo hacer y terminó convirtiéndose en posada.
—¿Tiene habitaciones? —preguntó el hombre de capucha roja.
—¿Cuántos son? —quiso saber el posadero que se encontraba limpiando la taberna.
—Somos cinco —, y sacó una bolsa llena de monedas y se la acercó hacia el posadero, acentuando las últimas palabras en un susurro.— Queremos una habitación para cuatro y otra individual. Que nadie se entere que hay una mujer.
Aceptó el pago incluyendo unas cuantas monedas de oro para guardar su silencio, el viejo pensó que debían ser personas muy ricas para pagar una fortuna. Y no era el único que lo pensaba, pues un par de piyos habían visto al hombre sacar el saco de monedas y sus ojos brillaron con avaricia, debían ser gente rica, pensaban, si pudieran hablar con Oskar que era el ayudante del posadero podrían saberlo, ellos tenían una complicidad para robar el dinero a los viajeros mientras dormían y ganarse así una fortuna muy fácil.
Mientras el posadero llamaba a su asistente para arreglar las habitaciones, uno de los hombres encapuchados, se quita la capucha mostrando su cabello castaño oscuro medio rizado, rostro cuadrado con una barbilla cuadrada larga, nariz griega, ojos casi redondos de color gris, le susurraba a su compañero parado en la taberna sobre la cacería, debía ser muy urgente como para que ordenara que se reunieran los cuatro luego de que terminaran de arreglar los cuartos, podía notarse la seriedad que tenía a pesar de que el hombre de capucha roja estaba indiferente ante su reacción. Sin que los forasteros se dieran cuenta, estaban siendo observados por los piyos que miraban con interés cada movimiento que estaban haciendo, incluyendo el momento en que escucharon a Oskar mencionar al viejo posadero que las habitaciones ya estaban listas y el tercero de los forasteros se movió hacia la entrada para dejar el paso a un hombre de mayor altura envuelto en una túnica violeta, piel casi pálida, cabello largo negro, ojos profundos ambarinos, nariz languiña y, si estuvieran más cerca, notarían que el hombre tenía arrugas muy visibles cerca de sus pómulos, llevaba junto a él a una figura más pequeña que él, pero no tan pequeña para el tamaño de un niño, la figura estaba envuelta en una capucha de terciopelo que no dejaba ver la forma de su cuerpo ni tampoco su rostro cubierto.
Ellos subían las escaleras, mientras los piyos esperaban a que Oskar se les acercara para poder conversar sobre estos forasteros que a su parecer debían de ser gente muy rica. O uno de ellos era alguien rico y los demás eran simples sirvientes, eso pensaron ellos cuando vieron como se sentaron los tres hombres que habían entrado primero en la misma mesa, así que dedujeron que debían de estar viajando juntos, si eran ricos, lo sabrían cuando Oskar viniera a su mesa.
Por otro lado, los tres hombres se habían sentado a la mesa, el de ojos grises miraba con una agresividad al pelinegro de capucha roja como si siquiera estrangularlo por cualquier comentario que fuera a hacer.
—Feustan, esto es importante —mencionó el ojigris—. Uno de nosotros tiene que quedarse con ella para que esté a salvo.
—No es necesario que estés preocupado, Nicrodemus la cuidará —murmuró Feustan.
—¿En serio vas a confiarle la vida de un cuervo a nuestra dama? —gruñó el ojigris, para luego mirar a su otro compañero —. Dile, Rayner, que es una mala idea.
El mencionado cuyo rostro ya había sido descubierto mostraba un nerviosismo en su rechoncho rostro moreno, se pasó las manos por su cabello liso preguntándose el por qué le involucraban así en sus conversaciones, mientras miraban a sus compañeros con sus ojos azules, lanzó un suspiro y dijo:
—Dejemos que Farkram lo decida.
—Y allí viene —canturreó Feustan.
Bajando las escaleras, Farkram se acerca hacia la mesa y se sienta en la única silla que estaba vacía y apoya las manos sobre la mesa.
—¿Y bien? ¿Qué decidieron? —giró su cabeza hacia un lado donde estaba sentado su compañero el ojigris —¿Everenzo?
—Convence a Feustan de que uno debe quedarse y los otros tres irán a la cacería —enfatizó Everenzo.
—Romyvette estará a salvo con Nicrodemus —declaró Feustan.
—Es una ridiculez que un cuervo vaya a cuidarla —gruñó Everenzo.
—Nicrodemus es más que un cuervo —masculló Feustan.
—Por favor, Farkram, decide qué debemos hacer —interrumpió Rayner.
Farkram, observó a sus compañeros, bajó la cabeza como meditando la situación, no era la primera vez que le pedían este tipo de peticiones, era el único capaz de hacerlo, con la suficiente sabiduría para tomar las decisiones más importantes por sus compañeros, así que Everenzo estaba muy sorprendido cuando éste dijo que deberían dejar que Feustan haga su propuesta.
—Por favor, Everenzo, debemos confiar en Feustan —insistió Rayner tratando de calmarlo.
—¿Lo vez, Everenzo? Hasta tu novio está de mi lado —carcajeó Feustan.
—¡Que no es mi novio! —exclamó Everenzo golpeando con fuerza la mesa.
Minutos después, los cuatro habían subido, Feustan era el que se mostraba satisfecho mientras que Everenzo mostraba disgusto siendo observados una vez por los piyos cuando Oskar se les acercó aprovechando que el viejo posadero estaba ocupado limpiando un derrame de cerveza que había provocado a propósito para acercarse a ellos.
—Hay una mujer con ellos, por ese oro, los hombres deben ser muy finos —susurró Oskar —Los escuché decir que van a salir.
—Aprovechemos para robarles el oro que tengan —dictó uno de los piyos que era muy delgado y desaliñado de cabello revuelto.
—Y yo quiero visitar a la mujer —mencionó el otro piyo, tan desaliñado como su compañero pero de consistencia gruesa.
Se relamía la boca de solamente pensar en lo que harían cuando tuvieran el oro de aquellos forasteros, podrían tener una pequeña fortuna para una temporada hasta que vinieran otros extranjeros que robarles.
Farkram podía ver lo tenso que estaba Everenzo cuando entraron a la habitación, entonces se acercó a él pero éste se aparca bruscamente al ver que intentaba tocarle el hombro.
—¿Por qué siempre estás de su lado? —se molestó Everenzo.
—No estoy del lado de nadie —aclaró Farkram .—Pienso que deberíamos darle la confianza a Feustan que merece.
—Si Romyvette confía en él, ¿por qué tú no haces lo mismo? —mencionó Rayner.
—Confío en Romyvette, pero no puedo confiar en él —gimoteó Everenzo.
Rayner miró con lamentación a Everenzo antes de quitarse la capucha y arreglarse el ropaje para poder salir a la cacería.
Durante este tiempo, Feustan estaba en la habitación que la mujer ocupaba, sacando a un enorme cuervo negro de su capa, que fue volando a los hombros de Romyvette que sonrió al verlo y le acarició con sus finos negros sobre el plumaje de su penacho.
—Nicrodemus, cuida a Romyvette en nuestra ausencia —ordenó Feustan.
Observó unos segundos a Romyvette con una sonrisa mientras ella posaba al cuervo sobre sus dedos para ponerlo sobre la ventana. Después se marchó a su habitación para prepararse para poder irse a la cacería.
Llegando a su habitación se quitó la capucha dejando al descubierto sus vestiduras de tonalidades negras, con botones dorados en su chaleco, bordes rojo en las esquinas de su ropa, guantes largo negros que llegaban a los antebrazos y enormes botas de cuero oscuro. Sacó los armamentos que iba a usar para la cacería mientras era observado de manera desagradable por Everenzo.
—Tú no me agradas —masculló Everenzo.
—Pero tú a mí sí —canturreó Feustan.
Los cuatro fueron bajando por las escaleras para dirigirse al exterior de la posada, Feustan se adelantó para ver a los caballos mientras que Farkram detuvo a Everenzo en la entrada acercando su rostro a su oído para que solo él pudiera oírle.
—Para que estés más tranquilo, puse algunos hechizos.
Cuando los cuatro estaban afuera, los piyos subieron sigilosamente hacia arriba, esperarían a que el viejo posadero estuviera dormido para poner su plan en acción, uno entraría a robar el dinero y el otro entraría a ver a la mujer. Para ellos eso sería un premio doble, estaban tan ansiosos esperando a que Oskar les diera la señal, él también iba a tener su parte de ambos.
Observaron los alrededores, no había nadie que se diera cuenta que cuatro forasteros estaban en el exterior en esos momentos, tenían tanta suerte, principalmente Farkram que abrió un poco su túnica y metió uno de sus brazos en el interior de éste.
—Voy a hacer mis hechizos para protegernos durante la cacería —anunció Farkram.
Sacó de sus túnicas unos papiros delgados con extraños sigilos, cerró los ojos y en sus manos los papiros se elevaron y los sigilos se separaron del papel, dispersándose a su alrededor formando unos círculos brillantes hasta rodear a sus compañeros.
—Ya estamos listos para la cacería, llegaremos más rápido al pueblo con los caballos—mencionó Everenzo.
Ni siquiera parecían cazadores, cualquiera diría que eran forasteros o incluso gente muy fina por sus vestiduras, pero no tenían otra opción, debían cazar de noche los que solían aparecer en la noche por los pueblos. Feustan fue el que inició esto para ganar dinero, lo necesitarían para poder vivir los cinco, puesto que aunque parecían gente rica, realmente eran exiliados, como a la dama que cuidaban, Romyvette.
Cuando llegaron al pueblo, Feustan se separó de sus compañeros y fue en búsqueda de las presas él solo mientras los demás hacían lo mismo para abordar más terreno, se bajó de su caballo y comenzó a observar el pueblo, estaba vacío y en silencio, no podía ver a ningún alma en el lugar, hasta que divisó unas sombras que se movían en la oscuridad y corrió hasta divisar unas masas en el suelo que no podía saber qué eran por las oscuridad hasta que un poco más cerca pudo vislumbrar un cadáver con un cuchillo a un costado y a un hombre que se levantaba del suelo y salía corriendo.
Chasqueó la lengua, dio unos pisotones al la cabeza del cadáver hasta dejarla aplastada y caminó entre las sombras hasta fusionarse con ellas.
El hombre corría asustado por aquel pueblo, no gritaba, solo corría hasta adentrarse en un callejón donde vislumbró a Feustan que salía de las sombras del callejón sacando una especie de pequeño mosquete de su cinturón.
—P-por favor —gimió entre tartamudeos —Por favor, no me mates, te daré mi dinero.
Feustan no dijo nada mientras apuntaba al hombre con el mosquete que estaba llorando y gimiendo, suplicando que no le fuera a disparar pese a que sabía que eso no iba a servir de nada.
—Abre tu mano —gruñó Feustan.









