El arte jamás puede desvalorarse, es la forma más hermosa de encontrar la paz que tantos buscan.
El universitario promedio concibe como placentero perder clase, por alguna absurda razón no se es consciente de la inversión y el privilegio que representa encontrarse sentados en un salón de educación superior. Al percibir que la oportunidad de ausentarse se encontraba presta, fue imposible ocultar la emoción en más de un rostro que presenciaba Taller de redacción periodística, la actividad que se disponía a relevar la clase fue presentada como una obra de teatro realizada por niños de cazuca víctimas del conflicto armado y el desplazamiento. Para sorpresa de sus cronistas la actividad propuesta se escuchaba por primera vez increíble.
La presentación tuvo lugar en el auditorio Jaime Michelse al interior de la universidad Politécnico Grancolombiano, el emplazamiento se encontraba casi vacío, si suprimimos por un momento a los estudiantes de medios encargados de la puesta en escena y al único espectador que ocupaba silla, se podía percibir que la obra no estaría muy concurrida.
Después de varios intentos por parte de los estudiantes de medios para sincronizar las luces, el audio, las cámaras y una actividad propuesta por Samuel Coronado representante de la corporación otra escuela, encargada de ayudar a través del juego y el arte a niños víctimas de la violencia armada y el desplazamiento en Colombia, se dio inicio a la obra.
Cuatro simpáticos niños, bueno en realidad eran tres niños y una niña, representaron con gran carisma una de las realidades más comunes he ignoradas que vive nuestro país desde hace varios años.
Escena uno, Un hombre adinerado y su hijo se encontraban conversando al interior del vehículo del hombre, el padre le comentaba a su hijo que se irían de viaje por un tiempo al exterior, el joven no muy emocionado con la idea, le expresa su deseo de regresar a la finca de la familia y compartir con la mujer que la custodia y su hijo, pues los extraña, a lo que el padre responde que es imposible.
Escena dos, hace presencia una mujer campesina y su hijo, ambos lucen tristes y desprovistos de dinero, pues obligados por los grupos armados deben abandonar la finca donde viven y emigrar a la ciudad. La mujer ya desesperada por su situación opta por vender chocolatinas en los semáforos de la ciudad, advierte a su hijo sobre el buen comportamiento que este debe tener mientras ella se ausenta, sin embargo el niño se niega a quedarse solo y la madre opta por llevarlo con ella.
Escena tres, la mujer empieza a ofrecer su producto a todos los vehículos retenidos por el semáforo, en ese proceso se lleva una gran sorpresa al encontrarse con su antiguo patrón, el cual al verla ignora la situación, la voz de su hijo que con emoción anuncia encontrarlos y pone en marcha el vehículo.
Los aplausos sonaron con fuerza a pesar de los pocos espectadores, Samuel Coronado subió al escenario y explico que la puesta en escena es una técnica usada en el teatro del oprimido que permite abrir dialogo con los espectadores. “Esto lo hacemos con el fin de mecanizar las ideas y tener Posibilidades creativas para trasformar las situaciones de conflicto, muchas veces entendemos que el conflicto es algo negativo y la manera de solucionarlo inmediatamente es la violencia pero nos hemos dado cuenta que a través del arte y la educación para la paz y la adquisición de habilidades para la vida se pueden buscar otras soluciones más creativas para la resolución de los conflictos”.