En la constante creación de mi mundo, destruyo invasores. En parte se trata de hacer limpieza, depurar, o evitar que crucen las fronteras de mi vida algún agente patógeno con forma humana. El primer impulso lo recibí al notar que me caen mal aquellos que tienen una sorprendente efectividad para estar ausentes cuando les necesitas. Demasiado efectivos en esa labor como para llamarse amigos. Otros que también pretendían llamarse amigos eran aquellos que me tenían como adorno en la periferia de sus vidas. Eliminados. Y si piensan que abuso del masculino al describir a estas personas, entonces lo de ustedes no es pensar, porque mi elección de palabras nunca es casualidad o causalidad del descuido. Seguí con el genocidio cuando aparecieron personas que me decían “nadie puede hacer amigos nuevos después de los 20 años de vida”. El problema no es que pensaran eso, sino que no me dejaban opinar diferente, y si vivía diferente, me criticaban con mal disimulado ahínco. Pretendían salpicarme con sus problemas de relacionamiento, y conmigo eso no. Actué igual cuando apareció el que espero sea el último ejemplar que cree que la amistad entre el hombre y la mujer no existe. Lo eliminé de mi vida diciéndole que “la amistad entre la mujer y el hombre existe, lo que no existe es la amistad entre la mujer y un idiota”. Mi falta de miedo a la soledad hizo que nunca me temblara la mano cuando tuve que indicarle el exilio a los pelotudos de mi vida. Algunas personas me dicen que soy muy exigente, como si mi vida se tratase de un lugar en el que puede entrar cualquiera, solo porque esas mismas personas que me lo dicen hacen eso con sus vidas, poblándolas con ciudadanos de dudoso material, tan frágiles que se vuelan a la menor ventisca, o se hacen añicos ante cualquier temporal. Mientras me advierten de que así viviré y moriré solo, ellos agonizan de soledad en medio de su propia multitud. Y yo acá, con las mejores amistades del mundo, que son muchas, porque lo de pocos pero buenos resultó que también es falacia.
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