¡Salud!
Esta es la historia de un personaje al que llamaremos “Sr. Elizaldi” (para proteger su identidad) y el día que fue a hacerse un check up.
El señor Elizaldi nunca había ido a uno de estos examenes de rutina que son necesarios una vez que pasas de los cuarenta años, así que sus niveles de ansiedad eran considerables, pues porque "uno nunca sabe". Después de todo, a pesar de hacer ejercicio de manera regular, su afición por la comida y en especial los hidratos de carbono cubiertos de azúcar en formas diversas, hacían que su físico, fuera poco menos que atlético. Así que nuestro héroe, sabía que los resultados de esa prueba exhaustiva, al menos le iban a dar un par de sinsabores.
El Sr. Elizaldi se fue a dormir temprano la noche anterior, porque sabía que al día siguiente estaba citado a las 6:45 de la mañana en el hospital. Y no solo eso. Nuestro conejillo de indias tenía conciencia de que debía despertarse un poco antes del amanecer, porque eran necesarias para el estudio, un par de muestras de fluídos y materias sólidas provenientes de su persona. Así que tendría que ingeniárselas para obtener las evidencias (una sobre todo) en un rango no mayor a sesenta minutos, ya que el laboratorio exigía la frescura de las mismas para su escrupuloso análisis.
El día de la prueba se levantó muy temprano y consiguió sus muestras, tal y como estaba especificado en las hojas del hospital. Manejó hasta el nosocomio y se agregó al grupo de otras 25 personas que ese día, se someterían al mismo procedimiento. Después de entregar sus papeles y uniformarse como todos los demás presentes con unos pants terribles, también entregó sus dos frascos con un poco de sí para que los estudiaran a profundidad.
La primer prueba fue un electrocardiograma en reposo, que duró aproximadamente 3 minutos y que consistió básicamente en estar acostado sin hacer nada con muchos chuponcitos pegados al tórax.
Le siguió una radiografía de última generación de todos y cada uno de los dientes y luego una extracción de muchos tubitos de sangre destinados cada uno a un estudio específico. Minutos más tarde, nuestro personaje acudió a un cuarto a respirar profundamente y a aguantar la respiración para que le tomaran una radiografía que mostraría el estado de sus pulmones y corazón.
Continuó la revisión con uno de esos ultrasonidos que se les hacen a las mujeres encinta, solo que en esta ocasión no sería para ver al producto del amor, sino al hígado, al páncreas y demás órganos vitales. Después le midieron lo alto, lo ancho, el porcentaje de grasa, el porcentaje de masa muscular, la presión arterial, la temperatura corporal y luego lo hicieron ponerse un tubo de cartón a manera de abatelenguas para que vaciara sus pulmones una y otra vez y así comprobar que su fisiología pulmonar y sus bronquios fueran normales y también que sus ganas de vomitar por el procedimiento fueran las que siente todo el mundo después de dejar todo el aire en un tubito.
Como era de esperarse y apegándose a las leyes de Murphy cuando le tocó el turno de revisión general, la internista en turno era una doctora muy atractiva que además de preguntar y saber todos los achaques de nuestro personaje, tuvo que ver sus miserias a detalle sin que el Sr. Elizaldi pudiera resistirse a la oscultación de sus partes más íntimas.
Para el siguiente acto lo recibieron dos adolescentes que le hablarían de nutrición. Fue una de las pláticas más condescendientes que el Sr. Elizaldi hubiera tenido jamás. Especialmente viniendo de dos pubescentes desnutridas de escasos veintitantos años apenas salidas de la carrera de nutrición de la Anáhuac o la Ibero, pero bueno, a estas alturas no era sorpresa que el resultado del estudio de peso y nutrición fuera a dar resultados poco alentadores así que el sermón viniera de quién viniera al Sr. Elizaldi le importaba exactamente tres toneladas de pepino.
El penúltimo episodio fue la prueba de esfuerzo. Algo así como lo que hacen a Cristiano Ronaldo en los comerciales de Gatorade con chuponcitos por todo el torax desnudo y el baumanómetro en el brazo corriendo en una banda sin fin. Bueno, al menos así era como el Sr. Elizaldi se imaginaba. Evidentemente al ver el estado físico del Sr. Elizaldi, Gatorade no hubiera soltado ni dos pesos con cincuenta centavos a diferencia de su contrato con Cristiano.
Y llegó el momento del enema. Sí, ese momento que él sabía que tenía que pasar y que, fuera de todos clichés, se imaginaba que sería incómodo. Pero como se mencionó al principio, le llega a todo hombre la edad en que tiene que otorgar de la cintura para abajo a la ciencia.
- Buenos días, se va a descubrir desde la cintura (ya se sabía) y se va a recargar en la camilla inclinado hacia adelante y yo le voy a introducir este líquido, está bien?
El Sr. Elizaldi sabía que no, que no estaba bien, pero no le quedaba otra, más que obedecer y reclinarse.
- ¿Las bromas me las ahorro verdad? Alcanzó a decir todavía de manera alegre.
- Pues si quiere hágalas, pero ahorita me desquito.
Obviamente, el comentario de la enfermera mató toda intención de alivianar la tensión, misma que se podía cortar con un cuchillo en el cuarto. Y en menos de lo que dura un suspiro, nuestro héroe ya había recibido la totalidad de la solución fosfatosa ahí dentro, donde la columna vertebral toma forma de guitarrón.
- Tiene que esperar 5 minutos y después ir al baño. Cinco minutos o lo más que aguante.
Como el Sr. Elizaldi es un ser metódico y respetuoso de las reglas, puso su cronómetro inmediatamente y comenzó a contar el tiempo para llegar a los cinco minutos o más, como se lo había indicado amablemente la practicante.
Pero cuál sería su sorpresa, que a los dos minutos y veintidós segundos, sentía que hasta el alma se le iba a ir por aquel orificio. Así que corrió. Bueno, en realidad no corrió, pero caminó muy apretadito lo más rápido que pudo al baño más cercano para sacar esa solución maldita de su cuerpo. Y así sucedió.
No vamos a incurrir en más detalles escatológicos puesto que no se considera necesario para la narrativa ni el desenlace de la historia.
En lo que sí hay que ahondar es en lo que siguió a continuación:
El Sr. Elizaldi fue llevado lentamente a la sala que en una placa junto a la puerta ponía claramente: “Proctología”. Claro que al entrar ya ni siquiera se atrevió a hacer ninguna broma porque él mismo sabía que la cosa iba muy en serio.
Y volvió a pasar lo mismo. Le ordenaron amablemente bajarse los pantalones y la ropa interior hasta las rodillas y recargar su vientre en esa camilla extraña y mahometana que poco a poco de manera lenta y macabra se iba acomodando como instrumento de tortura de la santa Inquisición dejando los redondos y desnudos glúteos de nuestro héroe al aire. Casi como una postura de yoga tipo Padahastasana o Prasarita o Padotanasana para poder explicarlo mejor.
El hecho es que las partes más nobles estaban expuestas y recibieron el trato que médicamente debían recibir. Así de claro.
No por ello nuestro protagonista se sintió ni feliz, ni mucho menos aliviado.
¿Podría ver a los ojos nuevamente a los demás? ¿Después de este abuso? ¿De tremenda vejación?
La respuesta era: Sí.
Porque la última prueba era justamente el examen de la vista. Al Sr. Elizaldi le pareció una ironía que pusieran una prueba de esta laya justo después de haber pasado por tremendo episodio ¿cómo no ibas a tener los ojos bien abiertos? ¿Cómo no ibas a estar bien alerta? De hecho, justo en éste momento sentía que se le salían de la cavidad orbitaria y no solo eso: además, estaban lubricados a la perfección, producto del denso lagrimeo que el procedimiento anterior le había producido.
- Visión 20/20, está usted en perfectas condiciones.
De eso no estaba cierto el Sr. Elizaldi. Lo que sí sabía es que el estudio del día de hoy había terminado y que había experimentado cosas que en sus 45 años de vida, eran totalmente nuevas. No por eso divertidas ni agradables.
Los resultados los sabrá la semana entrante. Por fuera, sabe que es una persona con algunos kilos de más, que lucha constantemente por recuperar su forma humana. Por dentro sabe que algunos de sus órganos todavía aguantan varias décadas. Todavía no se sabe qué niveles de colesterol tenga su sangre ni qué nivel de glucosa ni qué nivel de sodio.
Pero el nivel de amor y de buenpedismo, ese sabe que lo tiene por arriba de la norma.
Y voy a agregar a este escrito, que, si fueron cautelosos y miraron con detenimiento algunos datos, este estudio me lo hice, ¡perdón! el Sr. Elizaldi se lo hizo hace 8 años. Quiero reportar con orgullo, que nuestro paladín ha tenido un par de check ups posteriores a este que aquí se narró y hoy, no solo goza de una salud extraordinaria, sino que todos sus niveles están en donde deben de estar a excepción, claro, de unos 15 kilitos de más que le sobran por todo su rollizo ser.
Buen jueves tengan todos.













