El portero eléctrico del único apartamento del piso diez dice Flia. Van Ewen. En el hall de entrada los estados de cuenta de las tarjetas de crédito llegan a nombre de Natalie Van Ewen. Es una chica rubia marca registrada que no llega a los treinta. Lo sé porque una vez esperé a que subiera al ascensor y me fijé en qué piso se detuvo. Alta, proporcionada, de pantorrillas finas, con una rutina más que religiosa sale a correr todos los días del año.
Cuando me mudé a este edificio sufrí bastante. Venía de vivir en un reciclaje con un patio interno donde se podía tomar mate con la vecina o pedir auxilio con una tableta para los mosquitos en cualquier casa-apto a la hora que fuera. Era la vecindad del Chavo y para mí eso es perfecto. Pensé que vivir aquí sería como estar en una pajareja, encarcelada. La realidad no es tan mala, pero confirmé que el contacto con los vecinos es casi nulo.
Lo peor es el ascensor. Apenas permite el ingreso de 3 personas delgadas que deben aguantar la respiración durante el trayecto. La mayoría de los habitantes de este inmueble son personas mayores que apenas largan un "buen día" pero Natalie es distinta, no sólo porque es la única mujer de cabello sano que conozco sino porque me despliega una sonrisa cuando me saluda.
Con ella vive un 'pardito' -como yo- que anda impecable, con pilchas que siempre parecen de estreno. Aunque nos choquemos de frente el muy mal educado no saluda, entonces si ando con ganas lo obligo: "Hola! Buen día! Cómo te va querido?" o "Todo bien chiquilín?" - le digo como si fuéramos íntimos.
Nuestros encuentros son de lo peor. Las últimas dos veces coincidimos en el diminuto ascensor. Yo iba con 4 bolsas de basura más una caja enorme de pizza, se abrió la puerta y ellos vestidos de fiesta. "Vayan tranquilos nomás, subo después que lo liberen" les dije. "No, no!, nos apretamos y entrás, dale! insistió Natalie. Subí para complacerla y esos segundos fueron eternos, el hedor a yerba vieja de las bolsas más el perfume francés se mezclaban en una náusea gigante clavada en mi esófago.
La siguiente vez fue igual de bochornosa, yo estaba apenas vestida -a pesar de los 8° C- para dejar que mi reciente tatuaje tomara aire. Germán tocó timbre y debía bajar a abrir. "Ni me molesto en vestirme, Ger me va a desnudar en medio minuto" pensé. Me calcé unos borcegos, un shortcito, y cuando la puerta del ascensor se abrió estaban Natalie y ‘Van Parditen’ como para desfile de ropa deportiva con fragancias de Dior. Subí intentando no contaminarlos con pelos de mi gata y el olor a pucho.
Tanta devoción por el fitness, la estética, seres inmaculados y horarios de militares me fastidian. Entre mi trabajo, mis estudios, mis llegadas tarde a todos lados, los pibitos, los chongos y los libros apenas logro una caminata mensual por la rambla, un esmaltado semanal arruinado por la ansiedad y disminuir a una cajilla de cigarros por día siendo muy escueta. Para engañar mi molestia compré una elíptica que aún está desarmada esperando ser usada de perchero según pronostica la gente positiva de mi entorno.
Hace dos días la rutina aeróbica se suspendió abruptamente. Desde el balcón observé a Natalie estacionar en segunda fila en pleno Bvar. España, estaba raramente desalineada, entró al edificio corriendo. Al minuto salió igual de apurada con un montón de ropa entre los brazos que tiró en la valija, el pardito la seguía gritándole no sé qué mientras cinchaba a Dori -la cachorra torpe que adoptaron hace 3 meses.
"Dame la perra!" gritaba ella mientras él le clavaba los dedos en los bíceps y le respondía "Antes de dártela prefiero matarla!". Como si fuera el juego de la soga lucharon por quedarse con la correa de Dori. La pobre canina que estaba más asustada que nunca se zafó dándose de trompa con el 582 destino Peñarol que frenó lentamente y siguió a los tumbos pero a la velocidad de Bolt por Juan Paullier.
A la misma velocidad estaba yo metida en el ascensor. Natalie necesitaba ayuda, o él, o la perra, lo cierto es que se había disparado mi dote de superheroína o vecina chusma. Llegué a planta baja media hora después. Durante el tiempo que esperé a la empresa para que me rescatara del encierro fortuito practiqué ejercicios de respiración para sobrellevar mi claustrofobia.
Se busca barbilla de color gris de unos 3 meses perdida en zona Parque Rodó. Responde al nombre de Dori. Se recompensará.