Narciso, un hombre de verdad
“Cambiá de ambiente, andá a estudiar algo, conocé gente nueva”, cosas que suelen decir los psicólogos. No fue necesario. Ahí nomás, en el curso de la Corte Electoral estaba el primer suplente de mi mesa.
- Yo también! Tenés cómo llegar el domingo?
- Yo te paso a buscar, pasáme tu celular.
Ojos claros, alguna cana, supuestamente carilindo, firme, “buena presencia” diría el anuncio.
No trabajamos juntos ni esa vez, ni la siguiente. A los meses recibí mensaje. Salimos con la promesa de que iba a comer la mejor pizza de Montevideo. Subí al auto y a las dos cuadras me pregunta:
- Te veo nerviosa, no te pongas nerviosa, relajáte!. (acompañado por dos palmadas en la rodilla).
Me marcó quién tenía el control. No era necesario, podía tenerlo sin presumirlo. Durante la cena me hizo un cuestionario inquisidor, preguntas indiscretas, me sometió a terminar frases según sus expectativas, juzgó y opinó sobre cada palabra que salía de mi boca aún sin dejarme terminar.
Me pidió que adivinara a qué se dedicaba -además de su profesión- y me “ganaría” que él hiciera lo que yo quisiera. El demonio de Facebook ya me había contado que era boxeador pero eran tan grandes sus ganas de sorprenderme que no quería decepcionarlo así que simulé adivinar, “sos paseador de perros!, no?, atendés una clínica estética! tampoco?”.
El profesional y profesor de boxeo se tomó el trabajo de preparar el terreno para un final jugoso. Me besó cuándo y cómo él quería, entretanto me apretaba con fuerza para mostrarme quién mandaba. Le festejé las promesas y adulé como quería.
Ya con el auto en mi puerta le dí un beso para despedirme. Dijo, “hacemos lo que vos quieras”, mientras miraba dónde se podía dejar estacionado el auto. “Bueno”, dije yo, “nos vemos en otro momento” y me bajé. Su rostro de ganador se desconfiguró mientras yo hacía bye con la manito desde la vereda.
Durante la semana recibí mensaje con una supuesta disculpa por pelearme tanto. Salimos. Él estaba impecable, salido de una tienda o tintorería. Pensé que mi atuendo estaría lleno de pelos de mi gata pero no me preocupó, en fin, la cena se mantuvo igual que la anterior. Augurios de sexo desenfrenado e interpelación de mi vida con las correspondientes sentencias del juez actuante.
Imposible resistirse a la oferta de sexo frenético. Con apenas un movimiento de manos cruzadas en mis pies me daba vuelta en la cama, como quien pasa las hojas de un libro. Ni siquiera pude hacer la vaquerita, él dirigía el encuentro.
Se comportó como un dictador que también reprimía. No fue sólo una nalgada, fueron golpes que nunca había recibido, creo que no lo suficientemente fuertes para doler. Cuando quedé tendida mirando al techo, pensé que sin los golpes la experiencia hubiera sido aprobada. Le dije “no me gusta que me peguen, no me pegues más” y me respondió “pero pasaste bien”.
Me volvió a escribir, ya menos aventajado. Realmente me daba igual. Me elogió y me invitó a caminar. La verdad es que no entendí por qué acepté, quizás no logré entender cómo alguien tenía un ego tan grande, de seguro había algo más que no lograba ver.
Tomamos mate mientras mirábamos el mar. Ese día parecía un hombre menos arrogante. Cruzamos a su apartamento a calentar agua, escuchamos música y seguimos charlando de bueyes perdidos.
En su discurso volví a sentir un dejo de misoginia. Decidí irme y me preguntó si realmente quería. Le dije que sí pero me arrimó a su cuerpo. Lo miraba mientras apenas nos rozábamos, “hay olor a mimos” me dijo, “y vos sos capaz de darlos? qué tenés para dar?” pregunté yo, buscando su humanidad.
“Te vas a quedar porque querés un hombre de verdad” afirmó. La carcajada me brotó y pregunté “los hombres de mentira cómo son?”. Estaba furioso, no pudo responder si tenía algo para dar y yo cuestionaba su hombría. Me dio vuelta como a una hoja, me embistió hasta que vi venir su mano extendida hacia mi mejilla.
Sentí lástima, pensé que ese hombre se había comido los tres tomos de Grey y yo no había podido terminar de leer el primero. Las mujeres de verdad no son sumisas. “Te advertí que no me pegaras” y me fui. No diría más palabras, ya había perdido bastante de mi tiempo en esa aventura.