Aprecio y admiración
La última parte de mi relato sobre mi estadía en la Villa Panamericana tiene dos cosas buenas en medio de tanto pesar por la enfermedad. Una es el aprecio que cultive en poco tiempo por mis compañeras de aislamiento Katia y Meche. Cuando iba en el taxi camino a la Villa pensaba que me darían un cuarto para mi sola, pero mi sorpresa fue grande cuando me indicaron subir en el ascensor junto a una chica joven que llego al mismo tiempo que yo. Nos llevaron a un pequeño departamento en el piso 7 que tenía un comedor, tres habitaciones, dos baños y una cocina lavandería. A ella le tocó la habitación A y a mí la B, la C permanecía vacía aún.
Un día después llegó Meche a la habitación C. Katia es una simpática joven emprendedora de Villa María del Triunfo y Meche, una entrañable señora de Barrios Altos, abuela de 4 nietos. Al inicio nos sonreíamos al encontrarnos en algún momento dentro del departamento, hasta que un día comentamos algo gracioso y el hielo se rompió. Ese día empezamos a compartir la mesa para comer las tres comidas que nos daban. Ese era el único momento en que se nos permitía sacarnos las mascarillas. Siempre suelo ver lo mejor aún en las peores situaciones que la vida te imponga. Y tener a dos personas como Katia y Meche como compañeras fue lo mejor que me pudo pasar. Las tres somos mujeres que han sacado adelante a sus hijos solas, las tres somos prácticas y alérgicas al drama. No es fácil convivir con personas con las que no congenias y menos si recién las conoces.
En eso la Villa es una ruleta. Tuve suerte. Y desde el día que Katia saco sus naipes para jugar una noche, nos abrimos a contarnos partes de nuestras vidas con muchas risas incluidas.
Eso fue durante los primeros días cuando los dolores y el malestar eran aún leves. Cuando todo se puso mal, nos cuidamos entre nosotras, nos dimos ánimo y fuerzas para combatir malestares y miedos. Meche había estado muy mal en el hospital con oxígeno, cuando mejoro la llevaron a la Villa y Katia empezó a experimentar lo síntomas más fuertes casi al mismo tiempo que yo, más o menos en el día 7 u 8 de llegar a la Villa. Vivir juntas nos hizo compartir la incertidumbre del mal, muchas ideas y reflexiones al contarnos pasajes de nuestras vidas. El santo de mi hermano que murió el año pasado coincidió cuando estaba aislada, no lo mencioné hasta la noche en la cena, hablé un poco de él hasta que se dieron cuenta que me estaba poniendo triste y me engancharon en otro tema. Si eso me pasaba sola en un cuarto desconocido habría sido horrible para mi corazón, mente y cuerpo.
Nosotras permanecíamos dentro de un lugar donde el tiempo parecía no pasar, pero afuera la vida transcurría. Y Meche recibió una mala noticia que anunciaba la pérdida de un familiar cercano y querido. Fue un momento difícil, cómo consolar a alguien a quien no puedes abrazar ni acercarte, solo podíamos cuidarla y apoyarla. En esos casos quienes te rodean se convierten en tu familia. Estoy segura eso lo sentíamos las tres. Katia me ayudó cuando me quedé sin algunas cosas que necesitaba y un amigo que vive en Villa El Salvador me las llevó. Un día nos reímos cuando les dije que el virus me daba tanto miedo que a veces pensaba que podía ser un allien que crecía dentro de mi y que un día saldría a comerme. De esos detalles se fue forjando una amistad que sigue hasta hoy. Esa relación fue una suerte de terapia de grupo que nos quitaba la ansiedad, nos daba seguridad y, sobre todo, alejaba ese maligno miedo que tanto daño le hace a un enfermo. Hoy tenemos un grupo de chat donde conversamos y estamos atentas a como va la recuperación de cada una. Uno de mis mayores deseos es un día ir las tres a la playa que veíamos de lejos desde la ventana del departamento. Sé que lo vamos a hacer.
La admiración va por los médicos, doctoras, enfermeras, técnicos, personal de limpieza y mantenimiento que enfundados en trajes especiales para su protección nos atendieron con la mayor amabilidad y respeto. Cuando los veía ir de aquí para allá entre los enfermos de Covid, entendí bien que la frase "arriesgan sus vidas para salvar a los demás", era tal cual. A pesar de todas las medidas que toman, no podía de pensar en lo complicado que una trabajo así es. Más de una vez al verlos vestidos así pensé que vivía una película futurista de ciencia ficción. Pero no, estamos en una Pandemia que mata personas y causa mucho dolor.
Estoy eternamente agradecida a la Villa Panamericana por todo lo que hicieron por mí. He sido, y soy, sumamente critica con la gestión de Martín Vizcarra pero la implementación de esta Villa de aislamiento es la mejor idea que tuvo su gobierno. Gracias a Essalud. Y , finalmente, le recomiendo a quien necesite aislarse que considere ir a la Villa Panamericana. No será fácil, es duro, pero estarán bien ahí. Gracias por leer mis escritos sobre esta experiencia. Cuídense mucho.
¡La foto de las tres es el día que nos dieron de alta y nos bajamos la mascarilla para sonreír en grande!.










