Me dieron de alta esta semana. Deje la Villa Panamericana muy muy agradecida por la atención que recibí durante 17 días. Muy agradecida a todas las personas que me mandaron tanta buena onda. Amigos de siempre, amigos recientes y amigos que no conozco en persona pero que son parte de mi vida hace muchos años. El virus sigue en mí, tengo dolores de cabeza, garganta y malestar, pero ya no contagio. Siento que después de tantos días sin decir nada, contar mi experiencia me hará bien. Yo me había cuidado mucho a lo largo de todo el 2020 desde que se dictó la cuarentena.
Nunca deje de salir a comprar una vez por semana al mercado a las 7 am., a Plaza Vea o Metro en distintas horas y a las bodegas cercanas a mi casa, siempre con mascarilla, protector facial, alcohol en la bolsa y manteniendo la distancia pedida. Así hice una vida normal con salidas por necesidad. Pero después de 9 meses de vivir de mi AFP, el gasto diario me pasó factura. Así que, a fines de diciembre, llego el momento de trabajar de modo presencial. Retome el trabajo de prensa con fuerza y eso incluía salir a la calle. En ese momento, sentí que el COVID-19 había bajado, que ya no habían tantos contagios ni muertes.
Se hablaba de la segunda ola, pero eso sonaba lejano y no me daba miedo. Tenía una sensación de falsa seguridad que me indicaba que todo estaba mejorando. A lo largo de diciembre salí mucho a comer en restaurantes y cafés. Y en enero cuando empecé a trabajar eso no cambio, al contrario, tuve más salidas a lugares públicos. Cada vez que estaba en la calle guardaba todos los cuidados requeridos, llegaba a mi casa me bañaba y separaba la ropa usada.
Todo muy bien. Hasta que a finales de enero me entere que la esposa de una persona (luego también se contagió) cercana, con quien trabajaba se contagió del virus. Días antes yo estuve conversando con esta persona con mascarilla ambos la mayor cantidad de tiempo. Por eso decidí hacer la prueba molecular para todos en mi casa. Creo que muchos recordaran que lo publique por acá, preguntando si dolía el hisopado. Cuando llegó el momento no me dolió nada, solo sentí una cosquilla en la nariz y me olvidé del asunto. Ese día fue 3 de febrero, días después llego el resultado para mis dos hijos y mi padre: negativo. El mío no salió ese mismo día. No me preocupé y tampoco pensé mucho en ello.
El sábado 6 en la mañana, mi hijo me despertó con la noticia que mi resultado fue Positivo (lo cual quería decir que más o menos yo me contagié entre el 30 de enero y el 3 de febrero). En un inicio no sentí la pegada de tan mala noticia. Lo tome con calma, aunque mi papá siempre insistía que tenía que cuidarme mucho por mi condición de hipertensa con un ACV atrás. Recién media hora después de saber que tenía el virus Sars Cov 2 que causa Covid -19 me di cuenta de todo lo que ello implicaba. Pensé en mi papá, un hombre de 76 años, en mis hijos de 16 y 15, en la ausencia de mi hermano que siempre fue un apoyo.
No tengo casi familia cercana que pueda velar por mí. Estaba sola en esto. Pero suelo tener calma para lo malo, no me desespero ni lloro o me deprimo, creo absurdamente que siempre todo puede estar bien. Soy una mujer no tan mayor, delgada, que toma agua con limón, aceite de oliva, colágeno, vitaminas en ayunas hace años. Hago deporte en mi casa, camino mucho, en fin, sacaba todos los pros de mi vida y no pensaba en los contras. Esa siempre es mi manera de lidiar con lo malo.
Así que inmediatamente me aislé en mi cuarto, compré un oxímetro, un termómetro eléctrico, un termo, infusiones, miel, limones, kion, todo lo que había escuchado es bueno para llevar la enfermedad. Paralelamente, hablé con un Dr. quien me recetó azitromicina, paracetamol y jarabe para la garganta. Me dijo también que podía tomar ivermectina si lo quería. La mande comprar, la tuve en mi mesa de noche, la mire más de una vez, pero no me animé nunca a tomarla. Había leído mucho sobre ella, tanto escritos donde la recomiendan como otros que dicen que puede ser contraproducente. Preferí seguir con las indicaciones del médico solamente. Todo eso paso el sábado.
En mi casa mis hijos estaban asustados y mi padre preocupado, sin decirme nada yo lo notaba. Y seguía en calma, pero mi miedo crecía cada vez más. Miedo a ponerme mal, miedo a contagiarlos, miedo a estar agonizando sin oxígeno, miedo a que mi padre tuviera que salir a conseguir un balón, miedo a saber que no tenemos el dinero suficiente para afrontar la enfermedad.
Fue difícil dormir esa primera noche. Los síntomas no me atormentaban aún. Me sentía bien, normal. No había perdido el olfato ni el gusto. Tenía un pomo muy pequeño de perfume del cual no me separaba, lo olía cada 10 minutos por lo menos. Eso se convirtió en una manía. Sentía que si seguía oliendo todo iba a estar bien. El domingo transcurrió sin drama en mi casa, mi padre me llevaba la comida (tenía un hambre normal) al cuarto, lo dejaba en la puerta y mis hijos me miraban de lejos.
Seguí tomando los medicamentos del inicio. Pero había un gran problema, mi casa. Vivo en una casa antigua, grande, pero con solo dos baños y uno está malogrado hace tiempo. Entonces, usar el mismo baño no era una opción. Por más que uno lo limpie, desinfecte a fondo, no es lo más adecuado. Entonces esa noche del domingo pensé en la Villa Panamericana como una opción para pasar los peores momentos de la enfermedad. Había leído y visto algo de ella sin mucha atención, solo sabía que era un lugar donde aislarse que contaba con un grupo medico atento a los enfermos. Así que sin pensar mucho ni consultar con nadie llame al 107 para preguntar su podía ir. Me hicieron algunas preguntas, me dijeron que me podrían en una lista de espera y que llamarían al día siguiente.
Me dormí sin muchas expectativas de recibir esa llamada. Al día siguiente, lunes, volví a llamar como a las 9 am. me respondieron que en 15 minutos me llamaría una doctora para decirme si me admitían ese día o no. A los 10 minutos efectivamente me llamaron. Me citaron a las 3 pm. en la Villa Panamericana en Villa El Salvador. Me pareció alucinante que el trámite fuera tan fácil, sin vara ni recomendación. En ese momento fui feliz al ver que el sistema de salud del país funcionaba. Me dijeron que llevara una frazada ligera, útiles de aseo y snaks. Esto último me dejo algo confundida, no había preguntado cuantos días estaría ahí y lo de "snacks" me sonaba a papitas y chizitos …Cuando ya tuve el cupo le conté a familia.
Mis hijos estuvieron de acuerdo y mi padre también. Sabía que esa decisión era muy difícil para ellos. Mi hermano hace menos de un año fue a un hospital bien y al cabo de una mes y medio, murió a los 44 años. Estoy segura que pensar que esa desgracia podía repetirse los hacía sufrir en silencio para no afectarme. Jodido, pero muchas veces uno debe tomar decisiones rápidas y seguras. Me tenía que ir lo más pronto posible.
Estar sola es una elección penosa, pero en este caso era lo más inteligente. Hice una pésima maleta, solo llevando un libro, ropa muy ligera y pocas cosas de comer y beber. Villa El Salvador está lejos de mi casa y no tenía quien me llevará. Me dijeron que las compañías de taxi no siempre querían ir hasta allá llevando pacientes de COVID-19. No quise pedirle a ningún amigo o amiga que me llevará. No me gusta molestar nunca y menos ponerlos en una situación complicada de tener que llevar a una enferma de COVID-19.
Así que tomé un taxi con protector y yo misma fui muy cubierta con mi alcohol en la mano. Al subir pensé que debía decirle al chofer que estaba contagiada, pero era ya tarde y temí que no llegara a tiempo, no dije nada. Llegamos a la Villa y me dejo en la puerta, donde había mucha gente y autos en fila. Yo baje con mi maletín y una mochila pequeña, y los vigilantes no me hacían caso. Estaban ocupados atendiendo a los autos que llegaban. Así que me puse en fila como si fuera un carro más.
En ese momento me enteré que sí estaba en la lista, pero tenía que tener un auto que entrará a la Villa y me dejara en la zona de triaje. En ese momento, me sentí Marco buscando a su mamá, ¿Cómo iba a conseguir un taxi que quisiera entrar? Me pare en la Av. El Sol haciendo señas para conseguir un taxi y nada. Al final uno paro, aceptó entrar a la Villa, respire aliviada. Ya en ese momento empecé a sentir agitación y cansancio. El taxista fue amable, me contó que desde el inicio de la pandemia toda su familia toma ivermectina de uso animal que compran en una chanchería de la zona una vez al mes y nunca se han enfermado. Me animó a tomarla un poco antes que me dijeran que podía bajar para que me tomaran los datos. Ya estaba adentro. Lo había logrado.
Esta es la 1ra parte de mi experiencia. Vendrán más.
¡Ya estoy de regreso y con mucha cuerda!
Gracias a todos, los quiero mucho.