Odiadores, profesionales del desprecio, seres abominables que solo saben difundir chismografía y veneno por doquier. Su vida consiste en buscar cualquier oportunidad para sembrar el caos y la discordia. Con un abyecto comportamiento persistente, se creen (por supuesto) dueños de la verdad, a tal punto que a veces incluso te la venden. Son, a mi juicio, el retrato más fiel de la estupidez humana, no tienen más talento que el de esparcir palabras huecas como si fueran expertos en algo, sentados frente a sus computadoras o con sus teléfonos, rostros pálidos y ojos cansados de tanta envidia acumulada, dedos ágiles como el rencor, y el ingrediente fundamental: infelicidad crónica. Su vida está varada en su mala gestión de la frustración. En el fondo deberíamos agradecerles por recordarnos lo valioso que es no convertirse en uno de ellos. Solo dejarán el eco vacío de sus mezquindad, su legado será un suspiro efímero en la memoria de aquellos que alguna vez se cruzaron con su desdicha. Un historial de relaciones enfermas que solo pudieron forjar mediante el desdén, que solo brindan alivio cuando se terminan.
"Era la mejor de las épocas, era la peor de las épocas, la edad de la locura, pero también de la sabiduría; el tiempo de no creer y de las creencias; la era de las tinieblas y de la luz; el invierno de la desesperación y la primavera de la esperanza. En ese tiempo todo nos pertenecía, pero no teníamos nada; caminábamos directamente al cielo y nos perdíamos por el sendero opuesto." (Charles Dickens; Historia de dos Ciudades, 1859)
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