Día 42 | Palacios, cárceles y ópera
Me levanté después de dormir como hacía mucho tiempo no dormía, en un cuarto para mi solo, sin ronquidos, ni llegadas tarde, ni empacadores madrugadores, ni pecuecas ni grajos ajenos.
El hotel tenía desayuno incluido, –el que había reservado no– entonces bajé a ver qué tal. En el restaurante, una mesa ovalada grande con mantel blanco y llena de cosas ricas: jugo de sandía, de naranja, jamones, quesos, cruasanes, tortas, muffins, cereales, cosas raras de queso. Otra mesita con el café, otra mesita con el tostador de pan, y otra mesita con un aparato para hervir huevos.
Yo todo hambriado no sabía ni por donde empezar. Lo cierto es que terminé comiendo lo de siempre, cereal con avena, leche, sánduche de jamón y queso en pan tostado, jugo de sandía, agua, café con leche y dos huevos hervidos. Tuve que pedir ayuda para manejar la maquinista esa. Cuando estuvieron, casi no les quito la cáscara de lo calientes que estaban, normalmente en la casa los meto al chorro de la canilla y ya, ahí, estaba en una mesita blanca inmaculada, y el restaurante lleno de gente mayor. Yo era el único menor de 40 años creo. Después de quemarme todas las puntas de los dedos, pelé los benditos huevos y me los comí con todas las ganas del mundo.
Fui a la recepción a imprimir los tiquetes de entrada a los museos de Venecia, el día anterior en la Plaza San Marcos había visto una fila miedosa de larga, y en la noche me metí a TripAdvisor a ver qué era. El Palacio Ducal, y si compraba el tiquete a los museos de la ciudad por internet me ahorraba la fila. Eso hice por 24.50 euros y le pregunté a la chica de recepción cómo llegar porque el día anterior me había perdido en la tarde. Me explicó en un mapa súper formal y subí al cuarto a bañarme. Empaqué y bajé a hacer check out, para ir al hotel Al Vagon a hacer check in otra vez.
Cuando llegué como a las 11, ya el cuarto estaba listo y no me tocaba esperar hasta las dos o tres. También muy lindo, casi el doble de grande que el del Hotel Giorgione, y lo mejor, con vista a un canal de Venecia. Dejé la maleta, y me fui caminando a la Plaza San Marcos.
Seguí las instrucciones y llegue súper fácil, el truco era no cruzar el puente de Rialto y seguir la avenidita principal y las indicaciones de flechas a San Marco en algunas esquinas. Llegué, y lo primero que vi fue la Basílica de San Marcos. Una catedral hermosísima de estilo bizantino que empezaron a construir en el año 832 para guardar los huesos del apóstol evangelista San Marcos, robados de Alejandría por dos mercaderes italianos. Tiene cinco cúpulas y está llena de esculturas y mosaicos y arcos y torrecitas. Yo nunca la había ni en fotos ni en nada y es increíble lo imponente que es, además que el estilo bizantino choca con todo lo que uno está acostumbrado a ver. Al frente de la catedral, en la plaza al aire libre estaban en plena misa y un mundo de gente viendo y tomando fotos, no tantos rezando.
Seguí hasta el Palacio Ducal, al lado de la Basílica, en la esquina mirando a la plaza y al mar. Había fila no tan larga como el día anterior, pero yo todo orgulloso entré por la puerta de tiquetes por internet. Lo malo es que las audio-guías se habían acabado.
El Palazzo Ducale es un edificio gótico que fue la residencia del dogo de Venecia, la sede de gobierno, la corte de justicia y las cárceles de la república.
Dogo, viene del latín dux, "líder" y era el cargo del dirigente de la república de Venecia por más de mil años, desde el año 697 hasta la época de Napoléon.
Eran elegidos por la aristocracia veneciana en un cargo vitalicio, pero que no se heredaba. Como el papa. Y era algo así como un rey sin corona. Tenía que hacer un juramento de servicio a la república y vivir casi encerrado en el Palacio Ducal. Solo salía a eventos oficiales y visitas de estado, si quería vacaciones tenía que pedirle permiso a los magistrados.
Lo primero que se ve del palacio cuando se entra es un patio, de frente la fachada del reloj y la derecha, la Scala del Giganti, una escalera muy linda cerrada al público para que no se dañe, adornada con dos esculturas de Marte y Neptuno. En el segundo piso había una exposición de algo de las fuerzas armadas y balcones hacia la plaza. Luego está la escalera dorada, con dos esculturas de Hércules y Atlas en la puerta, que llevan a las salas del Palacio. Se llama escalera dorada, porque el techo está decorado con molduras y detalles de oro. De ahí pa dentro, está lleno de salas y salas con techos decorados con pinturas y bordes dorados, obras de arte de muchos pintores italianos y sillas y cosas de madera, yo no entendía nada porque estaba sin guía. Muchas de las salas parecían juzgados como los de las películas gringas, solo que lleno de pinturas y cosas hermosas.
Luego se pasa al Puente de los Suspiros, que era donde los condenados cruzaban del palacio lujoso a las cárceles y desde donde por última vez, verían el cielo y el mar.
Más adelante están las cárceles, que obvio no tienen mucha gracia, son paredes de piedra y rejas. Pero algunas todavía tienen los rayones y dibujos en las paredes de los condenados.
La cárcel se divide en dos, Los pozzi, túneles en los sótanos del palacio, húmedos, oscuros y deprimentes, y los piombi, igual de miedosos, pero justo debajo del palacio sobre una lámina de plomo. En la prisión estuvieron encerrados Giordano Bruno y Giacomo Casanova que escribió en las láminas de la cárcel, sus memorias y cómo conseguiría escapar.
Salí del recorrido sin mucha idea que había acabado de ver, entonces fui a alquilar una audio-guía, que ya había otra vez. No tenía ganas de volver a hacer toda la visita, pero si de entender mejor la historia del lugar. Me senté como una hora en una banca a escuchar todos los ítems.
Salí y en la plaza, había varios puestos de venta de souvenirs y pendejadas, en todos vendían selfie-sticks a 3 euros, compré uno pa cambiar el encuadre de todas mis selfies de instagram.
Caminé un rato por los alrededores de la plaza, almorcé y empecé a buscar el Teatro La Fenice, que es el teatro de ópera más importante de Venecia y uno de los más emblemáticos del mundo. Yo nunca había estado en un concierto de ópera y no se nada del tema, pero había escuchado que un plan obligado en Venecia es conocer ese teatro y una de sus obras.
Como cosa rara, caminé casi dos horas, me perdí y no encontré el puto teatro. Entonces en la plaza de San Marcos, al frente de la Basílica, aproveché que tenía impreso el tiquete de museos, y entré a uno: El Museo Correr, adentro, nunca encontré las pinturas o lo que sea que tiene exhibido, pero entré a los apartamentos imperiales de Francisco José y Sissi (los mismos de Viena) que tenían una residencia de vacaciones al frente de la Basílica de Venecia. –Venecia, después de Napoleón pasó a hacer parte del Imperio Austrohúngaro– Los apartamentos, nada que no hubiera visto ya en Viena o Versalles, lo recorrí rapidito y salí decidido a encontrar el teatro.
Cuando por fin lo encontré, con su escudo con el ave feliz dorada en la entrada, fui derecho a la taquilla a comprar boleto para esa noche o la siguiente y no había nada disponible hasta una semana después. :s. Me iba a tocar quedarme con las ganas de ópera en Venecia. Me fui todo aburrido caminando para el hotel. Descansé un rato y volví a salir a caminar, esta vez, hasta la estación Santa Lucia donde hay una plaza donde va mucha gente, hay cafés y restaurantes y una vista preciosa del gran canal. Comí gelato italiano de 4 bolas a 4:50 euros y en la estación compré el tiquete de tren a mi siguiente destino, en unas maquinas expendedoras de Trenitalia como las del metro.
Seguí caminando de vuelta al hotel y me senté en un restaurante a comer, el único mesero del lugar, todo encartado, cuando me vio sentado, me dijo que en 20 minutos me atendía. Primero pensé que era charlando y a los 5 minutos supe que no. Me paré y me fui pa otro restaurante. En Venecia y en toda Italia no se desviven mucho para atender a los turistas, porque saben que siempre llegaran más.
Comí donde me atendieron de una, una pasta fagioli que en Medellín la había comido seca, y en Venecia era es sopa, tiene pasta, frijoles, trocitos de tocinera y una mata verde. Cilantro creo. Lo más parecido a unos frijoles pailas que me había comido en mucho tiempo.
Salí del restaurante y caminando por ahí, me encontré con un teatro pequeño de opera, la Scuola Grande di San Teodoro. En el que acababa de empezar una función, pregunté y todavía me dejaban entrar. La boleta a 37 euros, 32 para estudiantes, Me vieron cara de estudiante y me cobraron 32, no podía de la felicidad.
El teatro un edificio antiguo como todos en Venecia, y en nada parecido a un teatro, al menos a los que uno está acostumbrado. Los artistas están en una tarima en el fondo, y todos los espectadores al frente, pero todos en el mismo nivel, no como en el cine que los de atrás están más altos entonces, si adelante hay alguien alto o cabezón, el de atrás se jode. Pero de resto, todo muy lindo. Espectadores, había de todo, viejas súper encopetadas, con tacones altísimos, señores de saco y otros con la camiseta de lavar el carro. Yo en mi facha de siempre, jeans, botas y una camiseta de cuadros rojos, morados y verdes. Había un señor súper gordo de camiseta por dentro y peinado de lado, todo apretadizo en la sillita.
El espectáculo tiene dos actos, con 7 y 8 intervenciones, siempre con la banda tocando violines, flautas (creo) y un chelo en vivo y tres cantantes, un barítono, una soprano y un tenor. Todos vestidos de época con sus pelucas. No tenía mayores expectativas de la presentación, y a medida que iba avanzando, quedé enamorado. Yo no entendía nada, como deben sentirse las vacas cuando les ponen música clásica pa que den más leche, pero desde mi ignorancia, lo disfruté muchísimo. La música y sobre todo esta, logra transmitir emociones muy potentemente.
Lo poco que había escuchado de opera hasta ese entonces era por Luis Llaneza, un barítono español muy teso que me alquiló su apartamento amoblado en Bogotá casi un año cuando viví allá. Y me pasó algo de música de Pavarotti y otros que yo usaba para quedarme dormido.
En una de las última actuaciones, salió el tenor sin la chaqueta y sin la peluca a cantar una obra súper linda y triste que me sacó las lagrimas, se llama "E luceven le selle" (Y brillaban las estrellas) de la ópera Tosca, compuesta por Puccini. Al final, salen la soprano y el tenor a cantar juntos "Libiamo ne' lieti calici" de La Traviata. Todo el teatro se para a aplaudir y salimos todos.
La experiencia es una nota. De la mejor plata gastada en el viaje. Y si así era un espectáculo en una teatro cualquiera de Venecia, como sería en La Fenice. Pero bueno, en otro viaje sería.
Volví caminando al hotel feliz de la vida, y apenas llegué compré en iTunes un álbum de Pavarotti con la canción de las estrellas, que me arrulló hasta quedarme dormido.