Aura nera [RPG] és un joc de rol inspirat en la novel·la de ci-fi de la Regina D. Le Guim. Divendres 2 de desembre a l’Arts Santa Mònica. Dues úniques sessions. Places limitades. Cal inscriure’s a [email protected]
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Aura nera [RPG] és un joc de rol inspirat en la novel·la de ci-fi de la Regina D. Le Guim. Divendres 2 de desembre a l’Arts Santa Mònica. Dues úniques sessions. Places limitades. Cal inscriure’s a [email protected]
Project: XZ—Efervescencias colectivas—Roger Bernat / FFF ◊ 5/04/2016 — 17/07/2016 ◊ Arts Santa Mònica ◊
Las piezas teatrales de Roger Bernat invitan a dramatizar, y a interactuar con otr·s espectador·s, bajo premisas que con frecuencia pueden ser incómodas o políticamente comprometedoras. Mediante el término «efervescencia colectiva», Émile Durkheim describió la creatividad como el periodo de agitación en el que una colectividad rompe con las ataduras culturales. Lejos de la buena fe de Durkheim, los escenarios propuestos en la obra de Bernat implican encarnar diálogos y discursos controvertidos —incluso inconvenientes— que no admiten reduccionismos ni posicionamientos fáciles.
Integrándose en la estructura que Black Tulip ha desplegado en la planta baja del Arts Santa Mònica (Xarxa Zande — Unblackbox), Bernat presenta tres ejercicios teatrales que l·s visitantes podrán interpretar como actores y actrices. Los textos de estas tres piezas revelan les turbulencias que recorren el fenómeno colectivo y la propia experiencia dramática, sea ocupándose del mundo de la pareja con sus roles estereotipados por el cine (como en We Need To Talk), del reenactment de las luchas obreras (Numax-Fagor-Plus) o de los desplazamientos interesados del discurso político y su marco escénico (Desplazamiento del Palacio de la Moneda).
Para la hoja de sala que acompaña Efervescencias colectivas de Roger Bernat, se ha optado por este breve ensayo-ficción acerca de las convenciones, y el modo en que el lenguaje incorpora las sombras del conjunto social:
La historiografía referente al Buró de Proposiciones Comunes es tan vasta como escrupulosa. Reducirla a estas pocas páginas reclama una capacidad de síntesis que, francamente, no se incluye entre las virtudes de quien suscribe estas líneas. Realizaremos un esfuerzo panorámico para compendiar una historia de más de dos siglos —seguiremos de cerca la muy sucinta Capitalism & The Rise of The People’s Pronouncements Bureau: A Love Story (1999) de Bernard Rodgers:
I. — De todo el mundo es sabido que el Buró fue una contribución ilustrada —algunos la calificarán de «napoleónica»— que acabó consolidándose en el conjunto de las naciones europeas y, desde allí, se impuso en el resto del mundo civilizado. El Buró se adaptó a los caprichos lingüísticos de cada territorio y buscó sus funcionarios, siempre, entre los locales. En palabras del vizconde de Fondeville —uno de los impulsores del Buró, y uno de los pocos aristócratas que se entregaron con fervor al enciclopedismo y a las guillotinadas de la época—, el Buró había nacido para explotar «el tesoro del lenguaje, que es el oro de la humana Razón». En el cambio de siglo, a finales de la Revolución Francesa, los primeros funcionarios del Buró eran verdaderos filántropos, reformistas enternecidos por la parábola del progreso humano, aunque todavía carentes del espíritu sistemático que se requiere para el buen funcionamiento de una institución como el Buró. Todo llegaría. Dos centurias nos separan de aquellos pioneros y, pese a una progresiva optimización, los procedimientos del Buró no han variado en su esencia. Por aquel entonces, las gentes acudían a las oficinas del Buró, hacían cola, se identificaban —nombre, apellido y apodo; oficio, sexo y estado civil— y obtenían una proposición, que no solía superar las siete palabras, a lo sumo ocho. En aquella época, la mayor parte de la población era analfabeta y la proposición era dispensada viva voce, sin que se realizase copia escrita de la misma ni registro alguno. Al ciudadano le bastaba con su fiel memoria. Y, así, salía del Buró con un fragmento de sapiencia, una perla de conocimiento concentrado que ahora le pertenecía, pudiendo compartirla con el prójimo cuando le apeteciese y donde le apeteciese. Como es habitual con el lenguaje, en el momento en que la ciudadanía apelaba a las sentencias del Buró se diluía el límite entre lo privado y lo colectivo. ¿A quién pertenecen las palabras y su infinita ars combinatoria? A todo el mundo, se dirá, y a nadie. ¿Y cómo se desencadenan acciones mediante la palabra? Es necesario pronunciarse en el momento y el lugar preciso.
II. — De igual forma que no tenemos necesidad de tocar el fuego, cada vez, para ratificar que quema —con una sola vez basta, no hay que darle más vueltas—, el Buró siempre veló por la elaboración de enunciados que ahorrasen razonamientos superfluos, conduciéndonos hacia la acción inmediata. He aquí la aportación del Buró: la emancipación del intelecto vía la automatización de ciertas rutinas mentales —hoy en día, en un siglo XXI consagrado a la experiencia digital, algunos dirían que la función del Buró es liberar memoria y agilizar el funcionamiento del sistema operativo; no es un mal símil—. Cabe recordar que, inicialmente, las proposiciones del Buró eran dejadas al albur de unos funcionarios más entusiastas que profesionales, muy al contrario de lo que sucede ahora. Visto con la perspectiva tramposa que otorgan los años, las primeras cláusulas que el Buró emitió —fórmulas tan impregnadas de l’air du temps como «Liberté, égalité, fraternité, ou la mort» o «Autre temps, autres mœurs»— podrían parecernos demasiado encaminadas a la acción política, más bien ingenuas. Excusemos a nuestros antepasados recordando que recién emergían de las supersticiones del Antiguo Régimen y del turbio dominio cultural ejercido por la Iglesia.
III. — Si lo que pretendemos es indicar los orígenes del Buró, no podemos dejar de anotar lo siguiente: en el Filebo, Platón refiere una anécdota del tirano de Siracusa, Trasíbulo II, que en cierto modo anticipa la labor de nuestro Buró. En el siglo V a. C., el tirano había entendido que «el orbe es un gran teatro en el que los hombres interpretan uno o varios papeles». Considerando, en consecuencia, que sus súbditos eran algo así como actores, Trasíbulo II no quiso desaprovechar la posibilidad de controlar los textos que estos debían encarnar. Rápidamente la cámara de consejeros —que, pese al despótico gobierno, Trasíbulo II toleraba— lo alertó de los inconvenientes de imponer a una población de miles de personas todo aquello que debían decir y, no digamos, la forma de actuar. Incluso prescindiendo de los esclavos y las mujeres, únicamente para dar voz a los ciudadanos libres sería necesario contratar a centenares de dramaturgos. El erario de la ciudad se agotaría en menos de un año. No parecía factible. El tirano accedió a mutilar su plan y contentarse con que los siracusanos memorizasen una sencilla línea de diálogo que los predispusiera a la mansedumbre y a la adoración del gobierno. Desgraciadamente, Platón no transcribe dicha oración y no tenemos constancia, por otros autores, de la resolución de la anécdota. No sabemos si en realidad es fruto de la imaginación platónica. Tampoco nos consta que los promotores del Buró tuviesen en la mente el diálogo del filósofo griego en el momento de la ocurrencia de un organismo de esas características. Sin embargo, no es tan descabellado admitir que instituciones similares al Buró han existido en otros tiempos —especialmente en culturas que han conocido la dramaturgia—. La historia es reiterativa como el propio lenguaje. Lo es. Si ha pasado una vez, volverá a pasar. Si ya ha pasado, podemos sospechar que ya había pasado antes.
IV. — Se atribuye a Roger Bernhardt el primer intento de sistematizar el corpus textual del Buró; el de su ciudad, Breslavia. Nacido el mismo día en que Galle descubría el planeta Neptuno (1846), Bernhardt fue un intelectual apolítico, amigo de burgueses y menestrales, gran caminante —lo acompañaba un perro muy espabilado, llamado Linnæus—. Profesó en público su amor por el trabajo de campo de los Grimm y la manía coleccionista del Dr. Johnson. No es difícil imaginárselo recluyéndose cada noche en la biblioteca y —con caligrafía de hormiguita— rellenando fichas para cada uno de los enunciados que el Buró distribuía y que él había recopilado a lo largo del día. Su determinación —también de hormiga—: llevar un estricto control de los enunciados, clasificarlos alfabéticamente e, incluso, por campos temáticos. No trabajó en vano. Su esfuerzo contribuyó a una visión privilegiada de la influencia del Buró sobre las ideas en vogue que todo el mundo repetía a diestro y siniestro, bien porque el Buró insistía en ellas, bien porque habían sido felizmente recibidas por la ciudadanía. El ejemplo de Bernhardt fue imitado. A finales del XIX, archivos y clasificaciones eran demandas ineludibles para todas las sedes del Buró. Y, de resultas de ese creciente papeleo, el estudio exhaustivo fue posible: nació la burología.
V. — El siglo XX testimonió la madurez del Buró. Tras años de ejercicio, muchas de las proposiciones previamente acuñadas ya habían arraigado en la memoria social. No había necesidad de que fueran nuevamente emitidas y, debido a la naturaleza vírica del lenguaje, se incorporaban a los neófitos —los niños que empezaban a aventurarse en el conocimiento del idioma—. El Buró se entregó a nuevos enunciados, mientras los gobiernos —que también habían aprendido de la utilidad del Buró para amalgamar la cohesión social— presionaron a fin de acondicionar dos áreas determinantes del tejido social: i) la distribución del trabajo y ii) la institución matrimonial en todos sus grados sexuales y legislativos. De la primera depende la jerarquización social. En cuanto a la segunda, la buróloga canadiense Bernadette Rogers, en su estudio Postburologies (1984), apunta: «La pareja es una sucursal de la colectividad y, a la vez, es (re)productora de nuevos individuos. ¿Dónde, si no, deberían ponerse en práctica los discursos que describirán a la totalidad de la sociedad?».
VI. — El cambio sustancial se produjo al finalizar la Segunda Guerra Mundial, puesto que la sociedad había quedado transformada de pies a cabeza. El Buró —en cada demarcación según su idiosincrasia— reaccionó redefiniendo los comportamientos mediante nuevas proposiciones. Enumerarlas aquí sería imposible; a modo de ejemplo, quedémonos con «No eres tú, soy yo», «Solo quiero lo mejor para ti», «Tenemos que hablar», «Al sol se está bien pero en la sombra hace frío», «De algo hay que morir», «La democracia es el menos malo de los sistemas políticos», «Yo no soy racista, pero...», «Obedezco órdenes, señora» o «Tus deseos son órdenes» —esta última fue retirada de la circulación hacia 1977, al ser generalizadamente tergiversada por un uso irónico y malintencionado que insinuaba que los deseos del individuo son órdenes impuestas desde arriba, y no, según el sentido original, que los ciudadanos deben ser complacientes con los deseos de los demás. Para evitar ambigüedades, fue eliminada mediante simples amonestaciones; proceso lento, pero efectivo.
VII. — Estrenado el nuevo milenio, el futuro aparece prometedor. De momento, la confluencia de los cerebros artificiales y el análisis del big data han afinado la labor del Buró. Softwares inteligentes de varias compañías peinan la World Wide Web y, relacionándose con los motores de búsqueda, realizan una profunda lectura de nuestras dudas y deseos recurrentes. Es tan minucioso el retrato así obtenido —al menos, del sector de la población mundial conectada— que les permite plantear acertadísimas sugerencias para actualizar los contenidos del Buró. ¿Quién nos conoce mejor que esas inteligencias artificiales? ¿Y quién mejor para corregir errores y suplir carencias? Parece ser, entonces, que el futuro pasa por la máquina. Por mucho que se alcen voces contrarias y se despierten viejos e irracionales temores, habrá que dejarlo todo en manos de ella. Valga como contra-argumento a estos prejuicios una proposición que el Buró liberó años atrás: «La tecnología no es buena ni mala; todo depende del uso que hagamos de ella».
Amb Efervescència col·lectiva, Roger Bernat s’encarrega de la segona etapa de Xarxa zande, a l’Arts Santa Mònica (curador: Oriol Fontdevila). L’assaig-ficció «El Buró de les Proposicions Comunes» acompanya el projecte.
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Project: XZ—Unblackbox—Blacktulip ◊ 4/02/2016 — 10/04/2016 ◊ Arts Santa Mònica ◊
Más que el texto de una hoja de sala al uso, este es el relato que debía apoyar Unblackbox, el dispositivo de Black Tulip para el Centre d’Arts Santa Mònica. Un tríptico sobre los sistemas emergentes, la farsa de la identidad, y los obstáculos institucionales (que haberlos haylos):
Coalescencias en el laboratorio. — Por culpa del tráfico ha llegado tarde a la universidad. Abrochándose los botones de la bata blanca, el profesor Nakagaki1 entra al laboratorio 58 de la Future University Hakodate. Saluda a los subalternos con un golpe de cabeza y prepara su pluma. Nakagaki raramente escribe (tiene un becario que teclea al dictado); se sirve de la pluma para señalar. Como todas las mañanas, sobre la mesa le espera un laberinto con las paredes de metacrilato. Su laberinto. Es capaz de solucionarlo mentalmente en un vistazo porque no mide más de 25×25 cm. Se lo sabe de memoria. El profesor da la señal de inicio y uno de los científicos deposita un gramo de avena en la entrada del laberinto; lo mismo, al otro extremo, en la salida. Nakagaki aprovecha para limpiar las gafas con el propio aliento y ordena al becario que le traiga un café bien negro. El profesor apoya los puños sobre la mesa y proyecta su sombra sobre el laberinto en miniatura. La criatura que lo habita, el moho mucilaginoso (Physarum nigrum), es un organismo unicelular del género de las amebas. Para estudiarlo como un ejemplar aislado es necesario un microscopio. Sin embargo, cuando las células del moho se concentran, forman una viscosidad de color negro brillante perceptible a simple vista. Cada vez que Nakagaki debe explicar su criatura a los profanos dice que «El cuerpo social es visiblemente negro, mientras que el individuo escapa a la limitada percepción humana». Ahora mismo, el color negro revela que el moho ha reptado por todos los pasadizos y que ocupa todo el laberinto. Al cabo de cinco minutos, Nakagaki señala con la pluma los pasillos que comienzan a decolorarse, fenómeno que indica el reagrupamiento de la colonia de Physarum. Hace una señal a un subalterno para que prepare la cámara. Le pide fotografías cada treinta minutos.
Cinco horas después (al profesor le ha dado tiempo de supervisar los datos de experimentos previos, firmar una carta certificada y dejar atada, por teléfono, la publicación de los resultados en una revista de microbiología), el moho ha desaparecido de la mayor parte de los corredores del laberinto y se ha concentrado en una sola línea para conectar con ambas fuentes de alimento. Una filigrana oscura revela que la colonia ha elegido un atajo entre puerta y puerta. El laboratorio estalla en un aplauso meramente ritual. Nakagaki cree que a estas alturas deberían dejar de celebrarlo si no quieren parecer idiotas. Es la séptima vez que el moho supera el reto del laberinto. Pero esto no es lo que sorprende al profesor. Se trata de un tipo de inteligencia muy rudimentaria que, por otro lado, cabía esperar de un ser tratando de sobrevivir; a pesar de que el moho carezca de sistema nervioso, algún tipo de respuesta adaptativa era previsible. De todo esto, lo maravilloso es que nadie ha liderado la resolución del laberinto; la colonia multicelular se ha organizado eficientemente para asegurar el bien común, sin jerarquía, sin visión de conjunto, sin red neuronal. La inevitable pregunta que Nakagaki se plantea es: «¿Qué pasaría si un grupo de humanos tuviese que colaborar así?». Imagina una especie de Takeshi’s Castle destinado a ridiculizar a los congéneres mediante un gigantesco laberinto. Sonríe ante la imagen de trompazos contra puertas falsas y de desdichados que caen en toda clase de trampas dolorosas. Guarda la pluma en el bolsillo de la bata y dicta al becario el título para su artículo; Smart behavior of black mold in a labyrinth.2 Después, admira una vez más al hijo pródigo y viscoso.
Identidad, anonimato y otros géneros literarios. — [a] Sobre la novela de William Gaddis The Recognitions, cuesta decir qué son más desoladoras, si las ventas o las críticas. Se trata de una novela de más de mil páginas, estructurada como un tríptico en clara referencia a El Jardín de las Delicias de El Bosco; el protagonista de The Recognitions, Wyatt Gwyon, falsifica cuadros de Hieronymous Bosch, o mejor dicho, crea pinturas en el estilo de los viejos maestros, replica la firma y, mediante técnicas de envejecimiento de los pigmentos, las hace pasar por obras maestras olvidadas. [b] Cierto día, un tal Reid sale de su trabajo en una compañía de seguros, lanza la corbata a la fuente de Madison Square y cuando por fin llega a casa, tira la navaja de afeitar y el espejo por la ventana. Un mal día lo tiene cualquiera. Pero a Reid no le volverá a pasar. Se ha autodespedido y le ha dicho al jefe lo que de verdad pensaba de él, su empresa y su peluquín. Liberado del trabajo de oficina, Reid se cambia el nombre por Jack Black y crea un periódico cultural al que titula newspaper. En el primer número, Black defiende que The Recognitions es la mejor novela que se ha escrito nunca en los Estados Unidos de América. En el número doce de newspaper, Black se dedica a lanzar dardos envenenados a los críticos que, negligentemente, han ignorado o infravalorado a Gaddis. Titula la sección Fire the Bastards!; la irá actualizando en futuras e iracundas ediciones, porque The Recognitions es la mejor novela americana de todos los tiempos y se lo merece, o eso cree él. Cierto día, Black compra una página completa de publicidad en el Village Voice para persuadir a los lectores de las bondades de The Recognitions. Algunos sospechan que Gaddis tiene algo que ver en ello, claro, o que Jack Black es, directamente, su seudónimo, porque de otro modo ¿cómo se explica tal entusiasmo proselitista? [c] Thomas Hawkins, cartero de día y poeta beat de noche, adquiere una copia de newspaper en la librería City Lights de San Francisco. Hawkins (uno de los pocos lectores de verdad de The Recognitions) está obsesionado con la novela y rápidamente deduce que Black no es otro que Gaddis. Envía una carta al editor de newspaper explicando, con orgullo, que lo ha pillado: ¡Ja, sabe que tras el nom de plume de Black se esconde Gaddis! Black se la devuelve, añadiendo en la propia carta un simple «NO» en rojo. Sin embargo, Hawkins vuelve a la carga: redacta un opúsculo que profusamente enumera las conexiones entre los artículos de Black y la prosa de Gaddis. En un guiño a una película sobre un héroe enmascarado (protagonizada por Alain Delon) Hawkins firma el libelo como «Le Tulipe Noire». [d] Al publicarse la primera novela de Thomas Pynchon, V, algunos lectores (más paranoides que avispados) sospechan que Pynchon es en realidad otro seudónimo de Gaddis. Como Pynchon no quiere caer en la trampa de la identidad y se niega a conceder entrevistas e incluso a aparecer fotografiado en la solapa de su novela, los rumores sobre su persona comienzan a circular casi por obligación. [e] Cierto día, Gaddis conoce a su fan número uno, Jack Black editor de newspaper. Nace la amistad entre ambos. [f] Gaddis decide inmortalizar a Black en su nuevo libro, J. R. El título, unas simples iniciales, recuerda al de Pynchon y contribuye a los rumores sobre el vínculo Gaddis/Pynchon, o mejor dicho, la tríada Gaddis/Black/Pynchon. [g] Algunos académicos, mediante ejemplos razonados, se suman a la identificación Gaddis/Pynchon. La cuestión de la identidad de ambos autores pasa a discutirse en los cenáculos universitarios y en ciertos bares intelectualoides. [h] En el Advertiser, periódico californiano de izquierdas, comienzan a aparecer con cierta regularidad las cartas al director de una tal Wanda Tinasky, que se presenta a si misma como una octogenaria judía que vive bajo un puente. Tinasky, al mismo tiempo que cita autoridades, aplica toda su virulencia contra el mundo literario y no deja títere con cabeza. [i] En una de sus muchas cartas, comentando el estado de las letras norteamericanas, Tinasky afirma que «las novelas de Gaddis y Pynchon están escritas por la misma persona» y apunta al muy underground e independiente editor de newspaper, Jack Black. [j] Las cartas de Tinasky, debido a la notoriedad alcanzada entre los suscriptores del Advertiser, comienzan a confundirse con cartas de imitadores (tal vez con menos erudición, pero bien dispuestos a saturar el buzón del periódico). [k] Cierto día (un mal día, desde luego), Hawkins asesina a su esposa, prende fuego a su casa con el cadáver dentro y se suicida despeñándose con el coche. [l] Cierto día, el editor del Advertiser, Bruce Anderson, publica en su periódico el artículo «Sospechas confirmadas», donde asegura que Pynchon está detrás de Wanda Tinasky (la lectura de Vineland le ha ayudado a establecer la conexión). Pronto, Anderson promete un libro que recopile las cartas de Tinasky/Pynchon. [m] Cierto día, Melanie Jackson, esposa de Pynchon, escribe al equipo que prepara la publicación de la correspondencia de Tinasky para insistir en que no existe relación entre ambas escrituras (Tinasky/Pynchon) y para sugerir que el nombre de su marido no puede utilizarse de manera indebida, a menos que quieran acabar en los tribunales. [n] The Letters of Wanda Tinasky sale al mercado (no se menciona a Pynchon en una sola de sus páginas para no tentar a los abogados de este). Pero para algunos estudiosos la huella pynchoniana de las misivas es evidentísima. Así lo sostienen en sus artículos. De hecho, cierta publicación académica titulada Pynchon Notes (dedicada a la obra pynchoniana, se entiende) facilita los datos de compra del libro de Tinasky, contribuyendo a la idea de que todo estudioso de Pynchon debería leer a Tinasky, puesto que son la misma persona. [o] Cierto día, Don Foster, experto en Shakespeare y otras identidades complejas, emprende su propia investigación sobre el asunto Tinasky/Pynchon. [p] Visto el éxito alcanzado por el libro de cartas del Advertiser y lo demencial de la controversia, el propio Pynchon (que hasta entonces ha evitado toda aparición pública y cualquier trato con la prensa) llama a la CNN para negar rotundamente su vinculación con las cartas de Tinasky. [q] Las pesquisas de Foster, luego de estudiar un panfleto sobre la autoría de The Recognitions firmado por un tal Le Tulipe Noire, le conducen hasta la mujer que adquirió la propiedad de Hawkins después de que este se suicidase. El fuego no destruyó la habitación donde Hawkins escribía. Allí encuentra borradores de cartas que lo confirman como Wanda Tinasky, así como la carta que el editor de newspaper, Jack Black, devolvió a Hawkins para negar la acusación de ser William Gaddis. [r] Foster comunica los resultados por fax a Melanie Jackson. [s] Ese mismo día, Pynchon envía una nota de agradecimiento con la palabra «gracias» subrayada en rojo.3
Experiencias a la deriva. — Como una niña que juega de camino al colegio, la situacionista Jacqueline de Jong chuta un paquete te tabaco y lo hace desaparecer por el hueco de la alcantarilla. El situacionista Ton Alberts enciende un cigarrillo. Desde la acera, los dos situacionistas (sección holandesa) contemplan el Stedelijk Museum. Estos días, una facción de la IS está planificando un laberinto para las salas 36 y 37 del museo: más de 200 metros de desorientación, pasillos escondidos que invitan al amor furtivo, un túnel con pinturas de Gallizio y (aún están valorando las posibilidades mecánicas) un sistema de lluvia, niebla y viento artificiales.4 Ahora mismo, fuera del museo ya hay lluvia, niebla y viento. De Jong y Alberts dedicarán la noche a explorar, a deambular sin rumbo y sin atajos. De Jong y Alberts emprenden la marcha siguiéndose el uno al otro, como un banco de arenques reducido a dos ejemplares. La niebla multiplica la luz de las farolas, crea ambientes naranja y grandes viscosidades oscuras que saturan los callejones. Alberts se encuentra una llave perdida y se la guarda. Después, permanece pensativo ante un zapato abandonado en una escalera. A de Jong, un cartel medio rasgado donde aún se pueden distinguir estratos de anuncios pasados le sugiere un verso que combina la palabra «verfrist» con «En nu vooru... ». Pasan frente a una estación de bomberos que les recuerda que el Stedelijk pretende que el laberinto esté supervisado por los zapadores de los bomberos; los extintores visibles; la salida de emergencia bien señalada; la infraestructura institucional acatada; si no, no habrá laberinto... Las pisadas resuenan. Los adoquines relucen como las escamas de un reptil; así lo pinta Alberts y de Jong contesta que siguen el camino del dragón, fuerzas subterráneas los llevan a... Así desembocan en un bar, De zwarte tulp, y se regalan un alto para una cerveza. Cuando vuelven a la deriva, se ven atraídos por los árboles alineados de una avenida. A de Jong, el número 66 de una fachada le recuerda a los ojos de una cabra. Alberts está de acuerdo. La cabra se convierte en un fauno, por asociación. Se quedan mirando al fauno hasta que el número deja de significar un número. El fauno los mira a ellos. 66. A continuación, Alberts se arranca con una teoría sobre el número 58, al cual atribuye la necesaria cualidad de espantar moscas. De Jong celebra esta fantasía. Alberts replica que no es tal cosa, que tiene una base científica (se supone que la mosca confunde el 58 con una telaraña, una trampa que querrá evitar a toda costa). De Jong propone su solución contra las moscas cansinas: «¿Quieres deshacerte de una mosca? Deja la habitación a oscuras, y permite que por una rendija de la puerta, se cuele un poco de luz. Ella misma volará hacia la salida y se largará. Algunos insectos están obsesionados por la luz. No olvides a las dos polillas que vuelan alrededor de una vela hasta que se consumen». No, piensa Alberts, claro que no lo olvida.
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1 Toshiyuki Nakagaki, «Smart behavior of true slime mold in a labyrinth», Research in Microbiology #152 (2010).
2 «O follamos todos o la puta al río (acerca de Black Tulip)», de Víctor García Tur, en http://amuseumofonesown.tumblr.com/post/134912237944/o-follamos-todos-o-la-puta-al-r%C3%ADo-acerca-de
3 Don Foster, Author Unknown: On the Trail of Anonymous (2000).
4 Sobre el proyecto abortado Die Welt als Labyrinth, ver Internationale Situationniste #4 (1960).
Del 4 de febrer de 2016 fins al 8 de gener de 2017, participo com a redactor al cicle d’exposicions Xarxa zande de l’Arts Santa Mònica (curador: Oriol Fontdevila). Fins al 10 de març hi trobareu Unblackbox de Black Tulip.
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