Albert saludó a Garzón y a un par de personas más y se dispuso a abandonar el cóctel, satisfecho del éxito que parecía haber tenido. No le habían dejado ni a sol ni a sombra y parecía que todo el mundo quería hablar con él. Sólo dos sucesos habían puesto una nota amarga al día: su discusión con Pablo (que se había acercado a su mesa) y la frialdad de Pedro Sánchez que, de pronto, parecía no querer saber nada de él y no le había saludado apenas.
Salió por uno de los pasillos por los que no parecía haber nadie e iba canturreando 'Y quién es él' cuando una mano le agarró cerca del codo y lo llevó a parte. Dejó escapar un grito de sorpresa al ver de quién se trataba.
-P-Pablo ¡Pablo! -exhaló- ¿qu-qué...?
Pablo Iglesias estaba de pie ante él, aún agarrándolo de brazo con firmeza, y mirándolo fríamente con aquellos ojos oscuros. Tenía la coleta ligeramente revuelta y los ojos cansados.
-No sé qué te sorprende tanto, Albert -dijo pausadamente- antes solíamos hacer esto...a menudo.
Albert se sonrojó ligeramente.
-Antes no es ahora...antes te reunías en secreto con Pedro -lo acusó- y ya he dicho todo lo que tenía que decir ahí dentro.
Pablo Iglesias negó silenciosamente con la cabeza frunciendo los labios con un gesto característico.
- ¿Ahora le llamas Pedro? Creí que conectábamos, Albert -suspiró desapasionadamente- creí que lucharíamos juntos por la ley 25 y contra las políticas de austeridad.
Rivera no dijo nada, se sentía confuso y ligeramente culpable, la mano de Pablo aún le apretaba el brazo y le producía un cosquilleo particular en la boca del estómago. Era un hombre débil, pensó.
-No me has contestado, Pablo -dijo al fin- te reunías con Pedro a escondidas, en hoteles...
-¡Me has humillado delante de toda la prensa! -lo ignoró el político- ¿dices que se me ve enfadado? ¿lo llamas pataleta? ¡Retozas con la casta y me acusas a mí!
-¿Cómo te atreves?¿Precisamente tú? -dijo desafiante- ¿Vas a decirme que tú no lo haces? ¿Que no has tocado a Pedro jamás?
Pablo soltó una carcajada llena de amargura y lo miró como el que mira la perdición de un ser antaño querido. Soltó su brazo y se pasó una mano por el pelo. Por un instante pareció que iba a irse pero de pronto se giró hacia él.
-¿Qué haces con él? -dijo irritado- ¿qué le dejas hacerte?
Albert arqueó las cejas sorprendido, diría que Pablo estaba celoso ¡celoso! de su relación con Pedro. Lo que no tenía claro es de a cuál de los dos se debían sus celos. Se alisó el bajo de la chaqueta.
-Eso no es asunto tuyo -declaró molesto- eres tú quien...
-¡Eres tú el que se dedica a...!
-¡No te atrevas a usar esa estrategia conmigo Pablo! -chilló Albert- ¡no desvíes las culpas hacia mi! Estoy cansado de que me utilices y...y...
-¿Que yo te utilizo? -se burló Pablo- ¿yo? Qué perdido estás.
A Albert le dió un vuelco el corazón, la situación era demasiado dolorosa y desagradable para él y sólo quería que terminara. Pablo Iglesias lo miraba enfundado en su abrigo demasiado grande, con el cuello de la prenda hacia arriba.
-¿No ves lo que quiere Pedro? -repuso Iglesias- ¿no ves cómo te utiliza?
-¡Sólo quiere llevarse el gato al agua! ¡es parte de la casta! -insistió- sólo quiere usarte como puente para llegar a Moncloa y tú te dejas como un vulgar...
-Cállate -lo interrumpió Rivera, alterado- no quiero escucharte.
-Porque sabes que es verdad -dijo acercándose- sólo eres el juguete del Congreso.
Aquello fue más de lo que Albert pudo soportar, le lanzó a Pablo una mirada cargada de resentimiento y, aguantando las lágrimas se dispuso a irse. El otro lo agarró con violencia.
-Yo sólo quería lo mejor para ti Albert -le dijo- te dije que podíamos ir juntos a las elecciones
-¡Mientras jugabas a esconderte con Pedro!
Pablo cerró los ojos visiblemente irritado, pensando la mejor forma de manejar aquella situación tan desventajosa para él.
-Si le ayudas gobernará el PP -dijo- ¡serás el responsable y te hundirán!
Albert se zafó de él con un movimiento brusco.
-¡No es cierto Pablo! -bufó- ¡Lo único que tenías que hacer era renunciar al Referéndum! Pero Pedro tiene razón...sólo te quieres a ti mismo...sólo...
-¡Deja de llamarle Pedro maldita sea! -explotó el líder de la formación morada- ¿tanto quieres a tu querido Pedro? ¡Es un fantoche! Si no se hunde nos encargaremos de hundirle. Cederá ante mí...ya ha cedido "de muchas formas" ante mi, de cualquier modo.
Y al decirlo le brillaron los ojos , Albert tembló de rabia.
Ninguno de los dos vió aquella figura esbelta y silenciosa que los observaba de lejos y que, en cierto punto de su disputa, salió a toda prisa en dirección al lugar donde se estaba celebrando el cóctel.
Errejón caminaba rápido, acelerado y ansioso por encontrar al condenado Pedro Sánchez, porque si podía valerse de alguien para evitar a toda costa que Pablo volviese con Albert ése era Pedro Sánchez. Si lo hacía él sería demasiado evidente, Pablo sospecharía de sus sentimientos y eso él no podía permitirlo. Cuando los nervios estaban a punto de hacerle perder la compostura divisó la figura bien parecida del político.
-Sánchez -dijo con disimulo- eh, tenemos que hablar.
Pedro Sánchez se giró hacia él con las cejas arqueadas y una expresión insufriblemente socarrona plantada en la cara. Con una sonrisa irónica respondió:
-¿A qué se debe el honor?
Errejón le clavó una mirada fría como el hielo.
-Claro, adelante -le indicó un rincón seguro con la mano- soy todo oídos.
El segundo de Podemos tuvo que hacer grandes esfuerzos por no mandar a paseo a aquél tipo prepotente.
-Creo que debería ver algo -dijo- si viniese conmigo...
-¿Quiere que vayamos fuera de aquí? -se burló- no es usted un hombre de mis gustos Iñigo...
-Cállese, no sea estúpido -lo interrumpió irritado- es su zorrita lo que tiene que ver.
-Su nueva zorra -repitió- Rivera, mira.
Y señaló el lugar en el que Albert y Pablo discutían acaloradamente; llegaban en el momento en que el líder de Podemos agarraba a Albert con violencia y lo atraía hacia sí, mientras que éste tenía los ojos anegados de lágrimas y el rostro encendido.
La reacción de Pedro Sánchez -para satisfacción de Errejón- no se hizo esperar; su cuerpo se tensó de forma visible y sus hombros se echaron hacia atrás en una postura defensiva, la de un depredador que defiende su guarida. Su rostro por lo general altivo y despejado se volvió rudo y tenso y Errejón juraría que le había visto apretar los puños. Le vio avanzar decidido hacia los dos políticos con aire altanero.
-¿Me he perdido la reunión? -dijo con dureza.
Albert fue el primero en reaccionar con su habitual nerviosismo y su voz balbuceante, movía los ojos en varias direcciones y sonreía involuntariamente a causa de los nervios. Iglesias se volvió con lentitud, sin perder la calma y con gesto serio.
-En absoluto -respondió arrastrando las palabras- sólo le decía qué clase de rata cobarde eres.
La ira pasó por los ojos de Sánchez como un rayo, sonrió con tensión.
-Resulta hilarante que lo digas tú -repuso con sorna- deberías dejar tu pataleta de niño, Pablo.
Aquello le sentó a Pablo Iglesias como una patada en la boca del estómago; la sonrisa desapareció de su cara y frunció el ceño. Estaba visiblemente cabreado pero se contuvo, considerando más adecuado no responder a su atacante.
-Vamos Albert escúchame ¡ya has visto que me ofrece pactos hasta a mí! -dijo suavemente posando una mano en la mejilla fría del otro- todo el mundo sabe que sólo ha ido a por tí porque eres...fácil.
Albert lo miró con gesto herido y luego miró a Pedro Sánchez, que sonreía de una forma poco amable. Sentía un vacío tan intenso que empezó a marearse. Se sujetó a la pared tras de sí tratando de que el aire entrase en sus pulmones.
-No vuelvas a tocarle Iglesias -bufó Sánchez- guarda esa maldita mano y déjalo en paz.
-¡Ni siquiera lo niegas Pedro! -dijo- revelador ¿no crees?
La habitación había comenzado a difuminarse y el líder de C's tuvo que hacer grandes esfuerzos por no caer al suelo. El ruido a su alrededor aparecía lejano y amortiguado, como si alguien le hubiese tapado las orejas con las manos.
-¡Albert! ¡Albert no lo escuches! -oyó que decía Pedro- ¿No ves que sólo busca confundirte?
Y dicho esto le tomó bruscamente por el brazo, arrastrándolo tras de sí hacia las puertas traseras. La voz de Pablo Iglesias aún se escuchó a sus espaldas, cargada de resentimiento:
-¡Acabaré contigo Pedro! ¡Sólo tienes que esperar!
Pedro abrió la puerta trasera de su coche y metió dentro a Albert sin mediar palabra, dijo unas palabras al chófer y éste cerró la ventanilla blindada que los separaba. Albert no hablaba, ni siquiera se dignaba a mirarle. Al cabo de un rato Pedro Sánchez decidió que el silencio había durado demasiado:
-¿No vas a decir nada? -dijo- ¿te encuentras mejor?
Albert asintió aunque era evidente que aún se encontraba aturdido y sus ojos seguían húmedos, miraba por la ventanilla para evitar mirarlo a él.
-Yo...Pablo tiene razón, Pedro -dijo finalmente- tú...¡tú sólo cambias de bando según te conviene! ¡Sé lo de la propuesta a Podemos! ¡Sé lo del hotel! ¿Tú también lo piensas verdad? ¡Sólo soy una...una...!
La voz se le quebró impidiéndole continuar, le temblaba la barbilla.
-No me lo puedo creer -repuso Pedro con un gesto molesto e incrédulo en la cara- no puedo creer que estés diciendo esto.
Albert se cubrió la cara con las manos.
-¡Todo lo que he hecho lo he hecho por ti! -bramó Sánchez ofendido- ¡para protegerte de la opinión pública! ¡Para que dejaran de llamarte casta y de echarte la culpa! -y añadió con frialdad- ¿no ves que ahora todo el mundo cree que la culpa la tiene Podemos? ¿No ves que has subido en las encuestas? ¡No me lo puedo creer!
En aquel momento el coche paró frente al apartamento del líder del PSOE, que abrió la puerta con brusquedad. Ya estaba fuera cuando Albert se lanzó desesperadamente tras de él, agarrándole la manga de la chaqueta.
-¡No Pedro, por favor! ¡Espera!
El hombre lo miró con resentimiento y se lo quitó de encima con un movimiento rápido y seco, el rostro mudado por la decepción y la rabia.
-No merece la pena...Rivera -musitó.
Albert tembló de pura desesperación, se sentía estúpido y asustado y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas hasta mojarle el traje color gris.
-No no no no no no ¡por favor! -imploró tembloroso- ¡por favor Pedro perdóname! ¡Haré lo que sea! ¡te compensaré!
Pedro, que ya estaba a medio camino de la puerta de su casa, se giró lentamente con una mirada maliciosa brillándole en los ojos. Se llevó una mano a la chaqueta y se desabrochó significativamente un par de botones.
-¿Compensarme? -dijo con una media sonrisa-¿com...pensarme?
Albert asintió mordiéndose el labio, tenía la cara bañada de lágrimas.
-En realidad, Albert -sonrió Pedro Sánchez- se me ocurre algo
-¡Lo que sea! Yo...¡Perdóname por favor!
Pedro echó la cabeza hacia atrás soltando una carcajada, le gustaba aquella cálida sensación de poder, de estar al mando. De control.
-Definitivamente hay algo que podrías hacer, pero aquí no -dijo en un susurro acercándose a él y posando su mano en el pelo del otro- no quiero que te manches las rodilleras del pantalón, mejor pasa dentro.
Albert obedeció silencioso, sus mejillas tiñéndose de rojo