LA PANTALLA SE EXPANDE PERO EL ESPECTADOR SE ENCOGE.
Es realmente alucinante la ironía que estamos viviendo en el mundo audiovisual: nunca antes habíamos tenido tanto acceso al cine, pero al mismo tiempo, nunca habíamos ido tan poco a las salas de cine. Las cifras que podemos leemos son de vértigo y nos obligan a reflexionar sobre el asunto: según El País (2025), cada español compró solo 1,5 entradas el año pasado, la cifra más baja que se recuerda. En paralelo a esto, la comodidad de las plataformas es innegable, con un 60% de la población viendo películas en casa al menos una vez por semana. El avance incontenible de las plataformas ha destronado a la pantalla grande, llevando la experiencia cinematográfica directamente a los sofás de nuestra casa.
Los informes de entidades como AV451 y RTVE no hacen más que confirmar esta nueva realidad del sector audiovisual: la taquilla española se mantiene estancada con unos 305 millones de euros hasta agosto de 2025, y la asistencia media es de solo 0,9 veces por habitante. Es cierto que géneros como las comedias familiares, tipo Padre no hay más que uno 5, logran salvar una parte significativa del mercado, pero las pantallas siguen dominadas por las grandes producciones internacionales, que suelen ser secuelas o remakes de películas ya existentes. Lo que las plataformas han conseguido es modificar nuestro ritmo de consumo: ahora somos nosotros quienes elegimos el qué, el cuándo y el cómo, sin estar atados a los estrenos semanales o a los horarios fijos de los cines.
Esta transformación va mucho más allá de lo meramente económico; estamos ante un profundo cambio cultural. Antes, ir al cine implicaba necesariamente compartir un espacio colectivo, vivir una especie de ritual social. Ahora, el streaming nos ofrece una inmediatez, una personalización extrema y una comodidad inigualable. Pero de igual forma no podemos obviar su efecto colateral: fragmenta nuestra atención y convierte el acto de ver una película en una actividad más solitaria y, muchas veces, multitarea, por lo que no le prestamos la atención necesaria. Como bien señalaba el informe de RTVE, el público joven se ha habituado a un consumo rápido y picoteado de contenidos, a la posibilidad de pausar, retroceder o ver solo partes.
A nivel social y de industria, la hegemonía de la distribución digital ha sido un arma de doble filo. Por un lado, no podemos negar que estas plataformas han democratizado el acceso a un catálogo inmenso, poniendo a nuestro alcance más títulos y una diversidad temática que antes resultaba inalcanzable geográficamente. El problema es la otra cara de la moneda: están concentrando un poder gigantesco en muy pocas corporaciones, cuyos algoritmos están programados para lo eficiente, tendiendo inevitablemente a uniformizar las preferencias del público. Esto significa que las historias que nos llegan son cada vez más parecidas, haciendo que el cine nacional o de autor lo tenga realmente crudo para hacerse visible en el feed de recomendaciones. Las películas nacionales o el cine de autor lo tienen increíblemente difícil para ganar visibilidad frente a sistemas que priorizan lo que ya saben que "funciona" en las sociedades de hoy en día. En resumen, nuestra cultura audiovisual se expande en cantidad y se empobrece en diversidad de forma simultánea. De igual manera que podemos decir que vemos mas contenido, podemos decir que siempre estamos viendo el mismo "patrón" en esos contenidos que consumimos.
Personalmente, esta situación me genera una sensación de paradoja dramática. Tenemos una cantidad de historias disponibles jamás conocidas, pero se está perdiendo la capacidad de disfrutarlas en colectivo. Mi esperanza es que en el futuro se encuentre un punto de equilibrio sostenible entre esa comodidad irrenunciable del hogar y la magia única de la sala.











