La seriación guarda algo más que un simple acontecer de hechos puestos uno tras otro, dejados caer horizontales sobre la línea de tiempo, ese estado que entendemos como permanente, infinito e ininterrumpido.
La serie no pretende ser partícipe del transcurso, ya que no acumula momentos, si no que reclama, precisamente, la diferencia como elemento conductor. Sin embargo, este abanico de diferencias que se abren en busca de la singularidad, provocan la aparición de una gran paradoja. En una serie diferencial de monstruos, donde se presentan de una u otra forma, se puede entender que, efectivamente, hay otros monstruos igualmente posibles, aunque no estén ahí representados necesariamente. Porque la serie no tiene como fin contener la realidad, ya que más que sonar como un imposible metafísico, lo hace pretencioso.
Al fin y al cabo, la singularidad queda perdida en un mar de singularidades que concluye diciendo, más o menos, y con estas palabras, que todo es exactamente lo mismo. Porque es todo y es nada, lo que se ve y lo que no se ve (haciéndose, este último, igualmente evidente). Porque para que haya serie, hay otras tantas imágenes no desechadas, sino ocultas, que viven a la sombra de esas otras que se muestran.
La serie adquiere, de repente, un carácter infinito, de obra inacabada y, por tanto, absoluta, aunque su naturaleza parta de una certeza de finitud.
Esa paradoja, de lo singular llevado y revocado de nuevo a su punto de partida, la infinitud, surge el terror, y que tiene que ver con todo aquello que se aloja entre imagen e imagen, fuera de todo marco y de toda realidad.
Cultur3 Club es un proyecto destinado a todos aquellos artistas, nacionales e internacionales, que quieran contactar de forma directa con coleccionistas, compradores,…
Videoentrevista que los chicos de Cultur3 Club nos hicieron en septiembre del año pasado, hablando sobre nuestro proyecto “Serie III”.
El recuerdo tiene una obvia conexión con el pasado; actúa como un puente que acerca hechos que ocurrieron en algún momento y de nuestra existencia presente. Esta capacidad de evocación permite que lo intangible pase de no pertenecer a ningún lugar a ser nosotros mismos, convirtiéndolo en algo eterno e ilimitado.
Sin embargo, pensar en el recuerdo es pensar desde el individuo, ya que no existe forma física de hacer que un recuerdo sea colectivo en el sentido más estricto de la palabra. No me refiero, por supuesto, a aquellos acontecimientos generacionales que bien sea por su magnitud (guerras) o aportación a una época (tecnologías, juegos populares, etc.), han podido crear una serie de recuerdos con puntos en común. Todos nuestros abuelos recordarán la Guerra Civil, pero cada uno desde su propia historia, desde su propio yo. Al fin y al cabo, los recuerdos son experiencias encapsuladas y, como toda experiencia, llega al individuo a través de sus sentidos, de su cuerpo. Más tarde, será el cerebro el encargado de digerir y asimilar lo aprehendido para convertirlo en recuerdo.
Pero a pesar de todo este esfuerzo, los recuerdos siguen siendo una masa informe de experiencias desmembradas hasta que se articulan. Porque al igual que el pensamiento, el recuerdo lo evocamos en lenguaje, en palabras. Pero no de cualquier forma: se convierte en un relato. Al pertenecer a un tiempo y un lugar concretos, el recuerdo adquiere una narratividad, causada por una autoimposición natural de contar la sucesión de acontecimientos tal y como ocurrieron. El lenguaje permite, por tanto, ordenar; organizar en el tiempo.
Y no solo eso; también convierte experiencias en auténticas historias con principio, nudo y desenlace, aunque en sus orígenes no contasen con tanta enjundia.
Esto sucede, sobretodo, cuando queremos transmitir estos recuerdos a otros, momento en que organizamos nuestras pasadas sensaciones en una tendencia natural por construir una estructura universal entendible, no solo para mantener la atención del oyente, sino para que pueda llegar a comprender la experiencia en un intento por revivirla en un efecto totalmente novelístico.
Sin embargo, el relato no se limita solamente a la palabra. A veces viene apoyado por imágenes; al fin y al cabo, una fotografía puede referenciar a un hecho, ya sea porque ha sido extraída precisamente de ese recuerdo o porque contextualiza una época, aunque no hable específicamente de ese momento preciso.
Además, tiene una función objetivizadora. En el relato, existe el riesgo de cuestionar la falsedad o veracidad de lo acontecido, pero también está claro que el olvido juega entre ambas.
Está demostrado que no podemos recordar absolutamente todo lo acontecido en nuestras vidas, ya que nuestro cerebro se encarga de jerarquizar los recuerdos según importancia e impronta. Sin embargo, cuando articulamos aquellos recuerdos menos interiorizados, corremos peligro de omitir ciertos detalles, imposibilitando a su vez estar frente a una autenticidad en el relato; no por mentira, sino por falta de precisión. Y esa precisión nos la puede devolver la fotografía.
Si la palabra e imagen se corresponden, resulta más factible imaginar que sí pudo suceder de esa forma. A pesar de que un recuerdo pueda haber ocurrido tal como dice la palabra, si no viene acompañada con una imagen, no tendrá nada que hacer frente a un testimonio que sí la lleva, aunque se haya modificado el relato o la imagen con fines obvios. Tampoco es disparatado afirmar que la imagen aislada por sí misma, prima por encima del relato al estar basada en algo tangible y palpable, incluso siendo digital: es narrativa.
Por tanto, la narratividad del relato propia del recuerdo, se ve limitado por la constante duda. Pero incluso con la narratividad de la fotografía de nuestro lado, existe una imposibilidad del recuerdo, ya que la propia imagen en su objetividad puede suscitar sentimientos nuevos, edulcorados o no, por la nostalgia. Porque, ante todo, el recuerdo, al pertenecer exclusivamente al individuo, es totalmente identidario. Y cuando en la foto del recuerdo aparece tu propio yo saludándote en una época que no puedes relatar con la palabra, la narratividad inherente de la imagen y la capacidad de imaginar lo hacen por ti. Imaginas qué pudiste pensar y cómo pudiste relacionarte, porque, al fin y al cabo, recordar es imaginar a la inversa: desde el presente, imaginas lo que has vivido, mientras que normalmente tendemos a imaginar desde el presente pensando en el futuro.