Ol’ Dirty Bastard Nigga Please Elektra, 1999 320 kbps. | 91 MB aprox.
¿Por dónde se empieza a describir a un tipo así de inefable? Resulta muy difícil decir algo que pueda resultar innovador respecto a una persona cuyo historial artístico y criminal -que, como veremos, en este caso están íntimamente ligados- ha sido recorrido con suma atención al detalle por los medios del palo en su momento, y hoy en día (a más de diez años de su desaparición física, de hecho) todavía sigue siendo repasado, justamente como lo haremos nosotros, cuando se intenta trazar un perfil suyo. Bueno, por acá no se había recorrido este camino, por lo que lo haremos. Sobre todo, es importante aclarar, por el legado artístico que el muchacho cuya peluda (?) figura ilustra estas palabras dejó en nuestra tierra antes de su temprana y trágica partida. Pero, de nuevo atizamos con la pregunta, ¿cuál es el punto de partida para contar semejante historia? En este sentido, comenzar por el final tiene la evitable grandiosidad del morbo, pero a su vez funciona como la efectiva anunciación del final previsible, a manera de un recorrido cuya llegada ya estuviera marcada pero el vehículo que lo recorriera -en este caso, la vida de este muchacho- enceguecido en su velocidad y convencimiento no pudiera ver que en realidad las paredes son imposibles de atravesar, como lo es toda materia. Y el epílogo de la tumultuosa y compleja vida de Russell Tyrone Jones, que se murió apenas a los treinta y cinco años en la misma New York City donde nació, vivió y amó toda su vida, es uno que se anticipa cuando se repasan sus actos y acciones, los que comportan un desenlace cuya línea temporal va siendo marcada a fuego y que sólo puede conducir a un lugar. Cuentan los que lo frecuentaban a Jones, que era mucho más conocido por su memorable y genial nom de plume Ol’ Dirty Bastard, que en los días previos a ese fatídico día dos antes de su cumpleaños 36 se había estado quejando de fuertes dolores en el pecho y falta de aire. Nada de eso impidió que fuera al estudio de grabación de su primo Russell Diggs -más y mejor conocido por el mundo como RZA- a espetar frente al micrófono una de sus aceleradas, esquizofrénicas, retorcidas y polirrítmicas tiradas de rimas, esas que lo habían hecho tan conocido por combinar el humor, las invectivas bien aplicadas y el argot callejero con la llamativa soltura de una voz mitad recitada mitad conversada. No se sabe bien en qué proyecto estarían trabajando Jones y su Diggs allí en el estudio, conocido a partir de su conexión con el canon del Wu-Tang Clan del que ambos habían sido miembros fundadores con el nombre de 36 Chambers -tomado, por supuesto, de aquel con el que bautizaron al primer álbum del grupo- pero tampoco importa demasiado (aunque seguramente fuera en el tercer, e inédito, álbum solista de Russell). Después de todo, RZA es un metódico y obsesivo adicto al trabajo, y a Ol’ Dirty Bastard sólo había una cosa que le gustaba más que las minas y eso eran las rimas. Así que a nadie extrañó que se apareciera ahí en horas de la tarde, pero lo que sí shockeó a muchos fue que poco después de hacerlo se desplomara allí mismo, inconsciente, sin más que un hilo de respiración. A las pocas horas Russell Jones, Ol’ Dirty Bastard, Dirt McGirt dejaba este plano sin haber podido festejar su trigésimo sexto cumpleaños, y privándonos de una personalidad tan controvertida y extraña como genial y honesta, con la extroversión como principal arma y esas rimas maravillosas como última y más lograda expresión. Por supuesto, quizás sea inútil contarles que ODB murió por sobredosis, que la fatal combinación de cocaína y tramadol que se halló en su sistema fue la causante final de su deceso, porque en realidad este había comenzado mucho antes: en la vida que tuvo en las calles, en la fama que le trajo estos excesos, en los líos con la ley que nunca pudo evitar, en la sinceridad inacabable e incorregible con que se metía en todos estos problemas sólo por no poder hacer lo correcto. La de Ol’ Dirty Bastard es una más de esas historias trágicas que el hip-hop de las dos costas le prestó a los titulares amarillistas de la época, pero no es una para glorificar. Más bien es una de la que habría que aprender, porque nos privó de un verdadero talento en un momento en el que quizás hubiera sido interesante y necesario ver cómo se adaptaba a unos tiempos que lo hubieran comprendido mucho mejor que aquellos en los que hizo su aparición y al calor de los que se formó.
Pero ya ven, hay vidas que no pueden evitar ser un proceso de demolición constante, y la de Russell Jones es una de ellas. Nacido en una época controvertida en un lugar controvertido, su existencia pareció prestada a los despropósitos desde el hecho simbólico de su avenimiento, en noviembre de 1968 en Brooklyn, capital caliente y picante de los barrios neoyorkinos. Más que sus padres, de los que nunca se supo mucho, los miembros de su familia que más importantes fueron en su crecimiento personal y espiritual fueron sus dos primos Robert Diggs (el menor) y Gary Grice (el mayor) con quienes se dio al mejor aprendizaje posible, el de la calle, y a otro que le fue complementario, el de las artes. No sólo hablamos aquí de artes como manifestaciones artísticas formales, por supuesto, porque a lo que pudo conocer del mundo de la música y las películas se le suma un componente no menor, y que también es un arte: el arte marcial, que era una de las pasiones más acendradas que tenían estos tres pendejos inquietos cuando niños, inspirados seguramente en el garbo expuesto por el genial Bruce Lee y la esperable plétora de títulos del mismo estilo que fueron compulsivamente importados del continente asiático. La estética y la ética de estas películas, aunada al propio ethos de las prácticas en sí, fue un atrayente caldo de cultivo para las mentes del trío de primos que además ya andaba bien metido en la cultura callejera y, por ende, en el breakdance y el hip-hop. De a poco fueron inmiscuyéndose con más intensidad merced a que por su edad ya también empezaban a desarrollar un buen sentido para los beats y las rimas, y fue por entonces que adoptaron los apodos que los acompañarían para siempre, RZA, GZA y Ol’ Dirty Bastard (este último inspirado en el artista marcial Yuen Siu-tien, conocido justamente como Ol’ Dirty en las versiones yanquis de sus películas) y también el del grupo que formaron, al que inicialmente bautizaron All In Together Now. Su primer simple con esta formación de trío fue bastante exitoso para lo que se esperaba, sobre todo en el poblado underground de New York, y así fueron sumando adeptos a la causa, con lo que al poco tiempo se formó el icónico noneto inicial del Wu-Tang Clan que vino a romperlo todo con su movedizo y atronador ruckus. La idea era que cada uno de los miembros tuviera un perfil distintivo para así, a partir del colectivo, poder desarrollar sus propias inquietudes en solitario. Resultó que Russell era un pibe bastante inquieto, pero no de una manera positiva: ya en 1993, año del lanzamiento de Enter The Wu-Tang, Jones fue condenado por un intento de asalto a mano armada a una joyería, y apenas un par de meses después, le dieron un tiro en la panza durante una pelea con otro rapero. Empezaban así los tironeos del viejo y sucio bastardo con la ley, que marcarían su caótico paso por esta tierra casi tanto como lo que hizo musicalmente que, por cierto, era bastante bueno: en 1995, se transformó en el segundo miembro del Clan en editar un disco por fuera de los confines del grupo (el primero fue Method Man con el célebre Tical) con la salida de Return To The 36 Chambers, que ya desde su famosa portada donde se veía un carnet de esos que se usan para obtener ayuda monetaria del Estado prometía ser una mezcla de humor ácido y abrasivo, cruda realidad y un estilo sagaz y logrado. El hit(azo) “Shimmy Shimmy Ya”, que mostraba toda la rareza y estilo de ODB, fue quizás su mayor marca a nivel suceso, pero todo el disco presagiaba que se estaba ante un talento considerable y original. Nada evitó que siguieran, sin embargo, los incidentes en su vida cotidiana: durante un 1998 evidentemente muy activo (?) se declaró culpable de agredir a su ex mujer, le pegaron dos tiros queriéndole entrar a robar a la casa de su novia, lo arrestaron por chorearse un par de zapatillas de un negocio y por amenazar a alguien de muerte y, en una linda guinda para la torta, lo metieron preso por posesión de armas e intento de homicidio (!) durante un control vehicular de rutina (esto nunca fue probado y se supone que lo armó la cana, ojo). En medio de todo esto, y de conflictos que seguirían durante el año siguiente -más detenciones, tiroteos y demás- su carrera como rapero tuvo su segundo y a la postre final episodio con este Nigga Please que hoy les ofrecemos, que salió en septiembre del ‘99 y probaría ser su último en vida. Intenso, desprolijo, inconexo por momentos pero apasionado y honesto, este es un disco de Ol’ Dirty Bastard en su máxima expresión, con su voz rasposa y mutante invadiéndolo todo rimando a velocidades impensadas, entrecortándose y cambiando. De seguir por este camino, tal vez hubiéramos hablado de un innovador, un distinto. Lamentablemente, la vida pudo más y su nombre hoy está más ligado a su tragedia que a su obra.
Vaya este disco como manifesto de que no debería ser así.








