The Strokes Room On Fire RCA Records 320 kbps. | 75 MB aprox.
Una sensación personal que tengo, acrecentada progresivamente por los años que van pasando, es que la historia, digamos, “oficial” del rock no va a ser muy generosa ni llenará de elogios a la música que se hizo en la década pasada. Comprendo, por un lado, gran parte de los argumentos en favor de esta tendencia. Es cierto, como expuso de manera fehaciente el crítico inglés Simon Reynolds, que la música siempre vuelve a sus raíces; no se trata tampoco de un fenómeno inexplicable sino de la naturaleza propia del arte, que se nutre de sus propios lineamientos de otrora para intentar a partir de ellos construir nuevas voces, nuevas propuestas y, en el caso de la música, nuevos sonidos. Reynolds también explica, y he aquí el principal eje que se cuela en la discusión respecto a la música de la que llamaremos la década ‘00, que en estos tiempos es cuando el rock se ha quedado de manera más elocuente sin ideas. Él no habla así tan directamente, pero nosotros sí (?). Sucede esto, justamente -y no es casualidad, desde luego- en la era de la tecnología, el tiempo en el que al parecer se han desarrollado más ideas y han progresado las novedades con una velocidad inusitada. Por supuesto, esta tesis ignora que muchas de esas novedades se vuelven anacrónicas al poco tiempo, y que la vasta mayoría de esas ideas revolucionarias sucumben a su propio peso cuando prueban no ser rentables. Tal es la paradoja de la era de la información: en un momento en que se nos pregona lo nuevo a cada minuto, nuestra capacidad de sorpresa disminuye de forma notoria. Quizás por eso es que pasado tan poco de aquella movida a la que se llamó -casi irónicamente- retro-rock sea tan fácil verle los hilos a la mayor parte de lo que se transformó en su punta de lanza y, por ende, estas superestrellas de entonces hoy sean poco menos que el dolor de ya no ser. Por supuesto, la primera y más evidente falla de estos muchachos es una total y absoluta falta de originalidad. Pero pedirle originalidad a la música es, como mínimo, contradictorio: ningún género de los muchos que aquí se han transitado y que son sólo algunos de los que conforman el amplio acervo de la música popular contemporánea es, en valor de verdad, una creación inédita. Todos, en mayor o menor medida, provienen de un sendero que entrecruza lo histórico, lo cultural y lo artístico, y que es ni más ni menos que el camino que lleva a la progresión de las sociedades como tales. Por lo tanto, no se puede pedir generación espontánea a una expresión donde incluso la espontaneidad está predefinida a partir de un sinnúmero de factores. Lo que sí se le puede pedir a la música y los músicos, y es algo de lo que esta oleada de rockeros adoleció, es que no sufra de una anemia de ideas que reduzca la propuesta a una simple combinación de secuencias ya demasiado vistas. Por ahí, entonces, empieza a dibujarse lo que le quita cierto brillo y prestigio a las tantas bandas que, allá por el 2000, empezaron a ponerse “The” delante de sus nombres, vestir de jeans y usar amplificadores valvulares: que sus músicas son apenas una fotocopia deslucida, una imitación vacía de contenido, el aprovechamiento de la volada para juntar unos mangos y algo de credibilidad sin mayor sustento artístico que la adhesión a una serie de preceptos estéticos mancomunados.
Por supuesto que, como toda generalización acerca de un movimiento artístico (o de lo que sea que fue el rock de los 2000), se arriba a ella a partir de una serie inválida de premisas, porque se introduce en un grupúsculo de justos ignorados a un par de bandas que pueden tranquilamente salvar el pelo aún a costa de caer inexorablemente en una injusticia de gran tamaño. No estoy diciendo, empero, que The Strokes sea necesariamente una de esas excepciones; en particular porque si bien su estilo ha envejecido con bastante prestancia (algo de eso veremos hoy) su preponderancia otrora omnisciente fue reducida muy rápidamente a un olvido vertiginoso y meteórico a partir, sobre todo, de una alarmante ausencia de ideas que construyeran novedad sobre una propuesta ya demasiado sobreelaborada. En efecto, la discografía de los Strokes en su periodo de esplendor es un interesante compendio de influencias neoyorkinas circa ‘70s, en particular bebiendo sin sonrojarse de las guitarras entretejidas de Television y los feroces ritmos de garage de MC5 (que, ya lo sé, son de Detroit) y sumándole a eso el recoleto encanto de los primeros y díscolos Velvet Underground y algo de la visión sombría y desapegada de su líder de facto Lou Reed. Podemos decir incluso que esta idea es en esencia una postura estética, un zeitgeist del que quizás fue el sonido que mejor resumió el sentimiento de las calles de la New York donde los propios muchachos crecieron, lo cual cerraría un lógico círculo en el que lo único que estaban haciendo los Strokes en sus comienzos es un tributo a la música que escuchaban mientras crecían y el mundo cambiaba a su alrededor. No estaríamos muy equivocados si sostuviéramos esta hipótesis, que parece haber sido el motor detrás de la formación del grupo allá por finales de los ‘90. El problema es, entonces, no haber sabido ser algo más que eso, no haber podido abandonar las influencias de la juvenilia para lanzarse a hacer lo propio sin red; algo así como si Borges nunca hubiera podido salirse de la verba exaltada de Fervor De Buenos Aires hasta renegarla al punto de su reescritura. Para el tiempo en el que se esperó que se desprendieran del todo de una cancionística harto conocida y de proba efectividad como la que había adornado sus tres primeros álbumes, lo que se encontró fue apenas la cáscara de aquel fruto burbujeante y guitarrero; no es coincidencia tampoco que el tiempo en que editaron -tras un largo hiato- su cuarto álbum Angles (2009) era ya la terminación de la década en la que habían sabido brillar, y la señal de que estaba ocurriendo un cambio al que, pese a intentar asirse, no habían podido tampoco prefigurar. Todo esto, empero, no nos aleja de afirmar que justamente la primera parte de su canon está entre lo mejor que nos haya legado la década ‘00 en materia de rock, y es menester también dejar bien claro que eso no debe ser olvidado. Podríamos haber elegido cualquiera de los tres primeros discos del grupo para compartir con ustedes, pero nos inclinamos por el segundo, Room On Fire de 2003, porque ejemplifica a la perfección el dilema de The Strokes. Dos años habían pasado de la cuasi perfección de su inflado debut Is This It -un poquito más de media hora de excelso y rugiente rocanrol à la mode que los había puesto en el escaparate- y la respuesta inicial a Room On Fire fue que todo lo que el grupo había hecho para sucederlo fue dar a luz a un gemelo idéntico a aquel éxito inicial: como reza el viejo adagio, equipo que gana no se toca. Nada de eso es óbice, por supuesto, para otro lindo compendio de rocanroles, encabezado por la memorable “Reptilia” (que le da título al álbum) pero que deja en el paladar más de un muy buen momento.
Tal vez el problema fue que les pedíamos demasiado, y ellos sólo querían hacer rocanrol.












