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Willie Colón & Rubén Blades Siembra Fania, 1978 320 kbps. | 97 MB aprox.
Para 1974, el status de la sociedad más fructífera de la música latina en los EE.UU. había cambiado de manera diametral. Otrora conocidos por ser los principales artífices del boom de la salsa en el país del norte, Willie Colón y su adláter, el genial cantante Héctor Lavoe, estaban sintiendo el peso del éxito con toda su virulencia y dificultad. Esto afectaba en particular a Lavoe, que como punta de lanza escénica de la propuesta debía invertir una enorme cantidad de energía todas las noches para conectar con su audiencia y transmitir esas sensaciones tan especiales que sobrevienen de la combinación de una música bailable y energética con líricas que contemplaran las cavilaciones de la comunidad latina en Yanquilandia, sometida como estaba a la marginación y los estereotipos con los que ya comenzaban a decorarlos. Por supuesto, la fama era algo que Lavoe había deseado desde muy pequeño, cuando se escapó de su Puerto Rico natal poniendo rumbo a New York con la firme idea de ser un cantante famoso. Su asociación con la discográfica Fania, fundada por Johnny Pacheco y el abogado Jerry Masucci en 1963, probó ser la catapulta que necesitaba para despegar, sobre todo cuando se lo recomendaron a Colón, que ya era una estrella por derecho propio. Willie, por más perfil díscolo que le encantara transmitir, era todo un empresario, un director de orquesta más que tradicional que sabía explotar al máximo el potencial de los artistas con los que laburaba, y el joven Lavoe le vino como anillo al dedo a esta necesidad. Durante seis años intensos y prolíficos, la dupla grabó la friolera de diez discos y encabezó una cantidad enorme de conciertos multitudinarios (y no tanto) propulsando junto con la aparición de Fania All Stars el auge de la música latina en los Estados Unidos, que coincidió -y no es casualidad- con los mejores años de su alianza creativa, a principios de los años ‘70, casi como una extensión del ya exitoso final de la década anterior en el que Fania, a fuerza de una ambición expansiva, se estableció como la casa de prácticamente todo artista que estuviera exiliado en aquellos lares y decidiera hablarle a través de su música a sus conciudadanos. Pacheco y Masucci fueron inteligentísimos, porque aprovecharon a esta cantidad de tipos talentosos y muy creativos que llegaban con ganas de laburar, los ponían a tocar en orquestas y armaban agrupaciones en las que mezclaban instrumentistas, cantantes y arregladores con el objetivo fundamental de mantener la tradición de la música latina pero también de darle un giro innovador, contemporáneo; el nacimiento de la salsa como fenómeno masivo se explica de forma preclara con las grabaciones de Fania de la época, en especial (justamente) con las que Colón hizo acompañado de Lavoe. Por supuesto, la otra pata de las ediciones discográficas eran las giras, y Fania All Stars, con su conglomerado de figuritas, vino a galvanizar esa necesidad que se fue haciendo más y más habitual para toda la plantilla del sello hasta transformarse en una rutina cansadora y hastiante que sirviera sobre todo para que Pacheco y su socio recuperaran la inversión e hicieran pingües ganancias pero dejaba a los músicos completamente exhaustos. Fue en este marco que el uso de sustancias de Lavoe, al que le gustaba la falopa más que cantar, recrudeció notoriamente transformándolo de consumado profesional en barrilete. Para el tiempo previo a la disolución de su sociedad con Colón, en 1974, sobraban las razones: ausencias en espectáculos programados, actitudes de dudoso gusto arriba y abajo del escenario y presentaciones en estados deplorables hicieron de Lavoe un tipo muy difícil para laburar, por lo que Willie decidió tomar un rol secundario, retirarse temporalmente de los escenarios y dedicarse a la producción, terminando efectivamente con el dúo más exitoso de la música latina hasta el momento. La idea de Fania, que ya había encontrado el filón con sus All Stars, era enfocarse en la producción discográfica diversificada, y ambos se transformarían de ahora en más en músicos solistas.
Ojo, a Lavoe no le fue nada mal con este nuevo plan. Si bien se sintió dejado de lado por alguien a quien consideraba un amigo, una traición inesperada y dolorosa, pronto comprendió que la mejor forma de capitalizarla y demostrar el error de Willie era seguir creando por las suyas. En la vera nomás de su separación de Colón, entonces, editaría el que fue su trabajo más característico, el que le legó además el apodo que lo acompañó hasta sus últimos días: La Voz, de 1975, arreglado parcialmente por Colón pero con una mayor injerencia tanto de Lavoe como de su amigo José Febles, se volvió un éxito de ventas que hizo olvidar momentáneamente los excesos de Héctor y ayudó a hacer foco de nuevo en su estatura, que por esos días ya era la de una superestrella de la música latina y por derecho propio, sin deberle nada a su otrora amigo y mentor Colón. Esto nos deja, entonces, preguntándonos qué fue de la vida y la carrera de este magnífico trombonista y arreglador una vez hubo abandonado su época más exitosa. Habíamos hablado algo de él al momento de hacer un repaso por La Gran Fuga, uno de los momentos altos que compartió con Lavoe, pero empecemos a recordar. Nació en New York, a diferencia de varios de los tipos con los que compartió cartel, pero eso no le impidió ser una temprana sensación: a los diecisiete años (nada menos) ya era parte del plantel estable de Fania, inicialmente sólo para actuar como instrumentista. Pero era tal su talento, y tanto su desparpajo, que rápidamente se ganó un lugar entre los muchos compositores que el sello estaba preparando para su escudería. El siguiente paso es casi legendario, con Pacheco recomendándole probar a Lavoe tras escuchar -y detestar- al cantante que le había sido asignado en un principio, y ambos pegando onda y un suceso tan meteórico como inesperado. Terminada la alianza creativa con su compinche por esos años, decíamos, Colón se dio a una etapa más bien introspectiva, marcada en un principio por su primer disco como cantante The Good, The Bad & The Ugly (Fania, 1975), el que grabó tras bajarse de la histórica gira africana de los Fania All Stars que culminó con aquel concierto multitudinario en Kinshasa. Es durante este álbum que hace su primera aparición el que sería el nuevo compañero de Colón y, a la postre, uno de los músicos latinoamericanos más importantes de todos los tiempos; un tal Rubén Blades, exiliado panameño durante la dictadura militar que culminó con la entrega del canal a los yanquis. Blades no era ningún gil: tenía algo de carrera musical en su país natal y además era abogado, con lo que su estrategia de ir hacia New York (previa escala en Miami) para hacerse de un nombre no era un capricho de iniciado. El primero que lo recibió fue Ray Barretto, percusionista con el que grabó un par de discos entre 1975 y 1976, primeros manifiestos suyos para Fania, los que llamaron la atención no sólo del ambiente en general sino de Willie en particular. “La Cazanguera”, tema de Rubén, apareció en The Good, The Bad & The Ugly y sirvió de necesario preludio para la nueva alianza creativa del siempre inquieto Colón, que llegó en un momento más que necesario, también, para la discográfica. A finales de los ‘70, la expansión de la música latina había hecho que Fania no fuera su único núcleo. Las multinacionales intentaban copar el mercado, empujando a un pequeño sello a meterse en inversiones que lo hundían cada vez más profundo en deudas, lo que aparejado a una pérdida de relevancia en el mercado no parece precisamente una receta para el éxito. En medio de todo esto, aparecieron Colón y Blades con el álbum que hoy les ofrecemos, Siembra, que a su salida en 1978 se transformó en una de las obras capitales de la música latina. No es difícil, escuchándolo, entender por qué. Amén de contener un par de himnos inoxidables (”Pedro Navaja”, “Plástico”, “María Lionza”) se trata de una verdadera fusión de temáticas sociales con una música que traspasa los límites de la salsa y lo latino con sofisticación e inventiva, seduciendo y atrapando al oyente en un entretejido sonoro de pertinaz belleza. Siembra sería el último gran éxito de Fania, que desaparecería un par de años después en relativa oscuridad, pero habiendo lanzado las carreras de muchos artistas de entre los más importantes del género.
Además de eso, también editaron este manifiesto. No es poco.
Willie Colón La Gran Fuga [The Big Break] Fania, 1971 320 kbps. | 94 MB aprox.
Durante el largo periplo de este humilde blog en el miasma del ciberespacio nos hemos dado más de un lujo, como bien saben ustedes, amigos queridos que nos han seguido en cada una de las aventuras que se nos ha ocurrido emprender. Los hemos llevado, en esta misión, por las vertientes más diversas de la música popular contemporánea, de por sí un terreno fértil y variopinto a la hora de la investigación y el análisis. Pero pocos caminos nos han brindado más delectación que el rastreo de las aventuras de los pioneros de la música afrolatina, estos muchachos que a puro groove nos invitan a mover las caderas y divertirnos como propósito principal, despojarnos de nuestras inhibiciones y dejarnos ir en medio de un sonido tan intoxicante como contagioso. Pasan cosas raras, empero, con la opinión generalizada que se tiene acerca de la música latina. Pareciera que se la ubica, naturalmente de modo injusto, en el nefasto cajón de la música complaciente; como si hacer canciones para que la gente baile fuera en sí un fin funesto, no deseable, incluso reprendible y las músicas que se propusieran aquello como finalidad debieran ser ubicadas lejos de la consideración mayoritaria, en un rincón oculto y desdeñable. Qué mal le ha hecho el prejuicio, queridos, al disfrute de las variantes del hecho artístico, cuántas veces hemos hecho encendidas tiradas en contra de este mal que aqueja al ser humano impidiéndole operar con la necesidad del caso, que es exponerse a la obra en cuestión sin otro particular que pensarla por uno mismo, sin instrucción alguna más que la mera asimilación del fenómeno de la creatividad en la propia conciencia y su articulación con el resto de nuestras creencias y pareceres. Infectando la opinión con su innecesaria barrera, el prejuicio nos expone a la peor de las realidades, que es la mentira transformada en doctrina, la falsa impresión difundida como verdad absoluta a través de los tiempos, el malentendido como impedimento del entendimiento real. En el caso de la música latina, se pone a todo el movimiento en la misma bolsa, como si todos sus intérpretes estuvieran apuntados meramente a una visión económica de la cosa y su obra, por ende, careciera de mérito artístico alguno. Por supuesto, la primera cuestión que se pone de relieve aquí es el desdén por el mercado como impacto primero sobre el gusto, cuestión en la que de algún modo coincidimos pero que sin embargo no puede ser utilizada indiscriminadamente, sin mediar análisis de ningún tipo. En el caso de la música latina, por acá ya examinamos el señero caso de Fania, discográfica fundamental a la hora de editar y difundir a los artistas que redondearon el lenguaje musical con el que este estilo se formó y evolucionó. ¿Podría alguien cuestionar la exitosísima tournée de los inmensos Fania All Stars alrededor de unos Estados Unidos deseosos de escucharlos, ávidos de esos sonidos? Sería, al menos, cínico de su parte, pues no hay que olvidar que si este conglomerado de maestros existió fue porque la demanda provenía justamente de sus conciudadanos exiliados en Yanquilandia, quienes sólo querían sentirse, aunque más no fuera por un par de horas, en casa. La necesidad de análisis en este punto es fundamental; no es todo lo mismo, aunque lo parezca. Respecto a la infausta cuestión del mérito artístico no hace falta, tampoco, extenderse demasiado, pues esa doctrina ha sido afortunadamente sepultada con el paso de los años y la evolución del entendimiento sólo para reaparecer como queja al aire, repleta de ignorancia, ante lo que se desconoce. He allí, entonces, el eje para entender por qué existe este cuestionamiento: ante lo que se desconoce, es preferible conservar la posición, no ceder, rendirse al tradicionalismo. Se opta, entonces, por retirarle el mérito a la obra antes que hacer el esfuerzo por salirse del canon y comprenderla.
Tales son las cuestiones que se suscitan ocasionalmente cuando se habla de música latina. Yo los veo y pobrecitos, porque qué ganas de privarse de obras fantásticas al pedo, eh. Piensen por caso en el inmenso y genial corpus de uno de los dúos más excitantes de la salsa y el jazz latino, bah, de la música afrolatina y puertorriqueña en su conjunto, el conformado por el trombonista Willie Colón, cuya delincuente figura ilustra este post, y el cantante y compositor Héctor Lavoe. Ambos son de Puerto Rico, aunque con una necesaria reserva: Colón nació en New York, por lo que se lo conoce con el apelativo nuyorican, refiriéndose tanto a su ciudad de nacimiento como al pertinaz activismo por mantener y defender sus raíces que lo ha llevado incluso a participar en la política tanto de su país de origen como de la del de sus padres. Willie y Héctor se conocieron, como tantos otros artistas, a partir del providencial paragüas artístico y creativo de Fania. Colón se había hecho un nombre en la naciente escena del jazz latino de New York, tanto por las buenas razones como por las malas. Era un pendejo, de edad mucho menor a la de la mayoría de los grandes artistas que engalanaban las pistas de baile, y su manejo del trombón podía ser tan sagaz y llamativo como el de un veterano. Pese a esto, incurría frecuentemente en los pecados que asociamos con la juventud: podía ser estridente en exceso, flotar en solos inarmónicos y desprolijos y coquetear con la libertad cromática de expresiones más libres en momentos no muy apropiados para hacerlo. El contexto de las big bands de música latina exige, amén de un enorme talento, una precisión de cirujano, y muchas veces la jovial indisciplina de Colón era vista como un impedimento más que una virtud. Por estas macanitas de lanzado, Colón se ganó el apodo (que se ve en la imagen que acompaña estas palabras) de El Malo, el que llevaría como un blasón a lo largo de su extensa carrera, que se prolonga hasta nuestros días. El caso de Lavoe es un poco más conocido, y expresa otra cara de la revolución latina de los ‘50 y ‘60 en EE.UU., el del pibe que a fuerza de trabajo duro y autosuperación logra hacerse un lugar entre los grandes. Nacido en Ponce, Puerto Rico, en 1946, llegó a New York en 1963 persiguiendo el sueño que había comenzado en su tierra, el de ser cantante. Allá había estudiado música, desinteresándose rápidamente de los instrumentos (al principio tocaba el saxo) para enfocarse en su dulce voz, la que ya a los catorce le daba comida y sustento. Envalentonado por este precoz éxito decidió, contra el deseo de sus padres, hacerse la América, pero le tocó hacerlo de la forma dura, laburando como chepibe y pintor durante sus primeros dos años mientras luchaba por hacerse conocer en el ebullente ámbito artístico que lo rodeaba. En 1967, durante un conchabo como vocalista de Kako Bastar, Johnny Pacheco de Fania le echó el ojo y se lo llevó para un rincón. ¿La propuesta? Que probara qué onda su voz con la excitante orquesta de boogaloo y jazz de un díscolo trombonista, un tal Willie Colón. A Pacheco mucho no le gustaban las voces que el cantante del grupo había puesto para las grabaciones de El Malo, primer álbum de Colón para Fania, y le propuso a Willie probar a Lavoe. El resultado fue una de las alianzas más prolíficas e importantes de la música latina en su rica historia: juntos, Colón y Lavoe grabaron diez discos en tan sólo seis años, en los que desarrollaron no sólo una relación casi simbiótica en que la voz de uno parecía estar diseñada para las composiciones del otro sino también un lenguaje del que el resto del movimiento bebió obsesivamente, cual fuente de inspiración providencial. La Gran Fuga es el sexto esfuerzo conjunto de la dupla Colón-Lavoe, y es una maravilla en la que la salsa y el jazz pierden sus fronteras hasta volverse la misma cosa, con el desafiante sonido de Willie embellecido por la dulzura rozagante y el humor irresistible de un Héctor en plenitud. El álbum transita momentos de reflexión (“Panameña” y su folklore, “Abuelita” y su remembranza) pero también explota con la vibrante calidad de la que sólo el groove latino puede ufanarse, metiéndose de cabeza entre lo mejor de la amplia tradición de sus tierras.
A ver si alguien se anima a descalificar esto.