Tiger the kid (Parte final)
Sonó la campana.
Accionó primero el Quinto. Tomando ventaja de su corpulencia, arrinconó al tigrillo a punta de machetazos y en respuesta, el felino solo pudo meter las manos. Cuando ya lo tenía aturdido, lo agarro del brazo y lo aventó con un látigo directo a las cuerdas. Como Tiger regresaba por rebote, el “depredador de la sangre joven”, ya lo esperaba con un tope al pecho. El muchacho no alcanzó a reaccionar y calló desplomado al suelo.
Quinto aprovechó para tomarlo de la pierna y hacerle una llave, mientras en la parte visible de su rostro se pintaba una sonrisa de soberbia. Más tardó el réferi en contar a dos, que el gato consiguió liberarse.
The Kid cambió a la ofensiva, intentando una barrida que el hijo del abandono evadió. Prosiguió abalanzándose a su contrincante en intento derribarle, solo para desistir antes de que los fornidos brazos del corpulento luchador lo tomaran para un suplex.
Al encontrar su oportunidad, se azotó contra las cuerdas y, tomando impulso, arremetió contra el pecho del técnico, des balanceándolo hasta caer. Con el grandote en suelo, el rudo sacó sus movimientos más sucios y lo mantuvo tirado con patadas al pecho y espalda. Hasta que el de la máscara verde le detuvo la pierna y lo tumbó al suelo.
La contienda se mantuvo a ras de lona, pues entre la lucha por el control del terreno, el veterano tenía las llaves de la casa. Los castigos al menor de los gladiadores, lo desgastaban al grado de verlo a punto del desplome, sin necesidad de que su contraparte técnica tuviera que intervenir.
Pasados los veinte minutos, el tigre de la india pudo aprovechar una contra-llave para arrastrar a su castigador, al terreno de las cuerdas y con ello, acelerar el combate. Vuelos, latigazos, topes y planchas salieron a escena por parte del rallado. Pero no fue hasta que el colmilludo le soltó una patada voladora en el pecho, que el guardián del espectáculo decidió mostrarle a la arena entera, que también podía defenderse en el vuelo.
Desgraciadamente para él, su fortaleza le restaba la agilidad necesaria para atrapar al de los reflejos de gato. Aunque por momentos alcanzaba a tumbar a su contrincante, la mayoría de veces los saltos aterrizaban en la lona o la primera fila. Caídas que divertían y causaban la burla de su propia porra.
Harto, el quinto hijo abandono su título como técnico y abatió a su ágil rival con la totalidad de su tonelaje en una tacleada directa a la esquina del ring. Tiger perdió el aire y por poco la conciencia. Ante la mirada atónita de su gente, el Quinto golpeo a puño cerrado al convaleciente luchador.
Lo que aconteció después, se pasea en la barrera entre el milagro y la tragedia. Con la máscara rota y el rostro ensangrentado, Tiger The kid se aferró al brazo de su verdugo, a lo que el público correspondió festejando. Usó el propio impulso de su adversario y lo aventó fuera del cuadrilátero.
Las gradas se reventaron en halagos al chamaco tigre. Los narradores no cabían en sus lugares del entusiasmo. El quinto se tomó un respiro de segundos en el suelo. Cuando al fin se puso de pie, miró los ojos del tigre atreves de la sangre y el sudor, sin perder su mirada de combate.
Los cordones se aflojaron lentamente, ya no había razón para seguir acelerando sus movimientos. Estaba destrozado y por más terco que pudiera ser, sabia reconocer cuando ya no le quedaba nada por dar.
Aquella noche, la máscara de Ignacio Rangel calló, y con ella también la carrera del Quinto. Quien, a la fecha, sigue reconociendo las habilidades de su amigo y compañero de tortas, Tiger the Kid.
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