Ella odia el calor, las temperaturas por encima de los 20 grados son su enemigo. Yo también. Paradójicamente nos encanta coger en esas temperaturas infernales que lo dilatan todo. En mi caso al principio tuve una crisis de fe y conflictos de personalidad, porque no tenía sentido odiar el calor pero amar el fornicar bajo esas condiciones intransigentes. Entonces descubrí que no era el calor lo que me gustaba, sino la mugre, la chanchada, la cosa de lo pegajoso. Porque hay cosas que son repugnantes a no ser que involucren coger, como algunos poemas (siempre que no sea violación, obviamente). Encontré esa luz no gracias a mi poder de razonamiento, fue ella que me lo dijo con total naturalidad porque jamás tuvo crisis de fe ni conflicto de personalidad. Siempre supo que le encantaba refregarse contra la pija deseada y el cuerpo que la acompañase, por el placer agregado de la aceitosidad que generan los cuerpos húmedos de transpiración además de los otros fluidos. Esa cosa salada que embadurna todo, lo que llamó “el brillo de las pieles codiciadas”, una frase que me pareció la más oportuna genialidad, cuando se lo dije me respondió:
-Te parece genial porque es tuya -jamás recordé cuando la dije, pero le creí porque yo creo todo lo que me deje como mejor persona de lo que en realidad soy.
El mundo sabe que suspendo mi vida en verano porque el calor me impide moverme hasta marzo o abril, pero ella también sabe que si es por coger yo voy a donde sea con whisky o vodka o vino bajo el brazo, para completar el maravilloso ciclo de la deshidratación.
Por eso ahí estaba yo parado en su apartamento 7A mientras esperaba que ella sacara el hielo que no íbamos a usar para las bebidas. Siguiendo esa línea tampoco usamos la ducha para la higiene cuando la abrimos con agua más fría que los ojos muertos de un político que intenta sonreír en campaña electoral, tampoco usamos la cama para dormir.