El ritual nocturno
Querido nadie:
Quiero arrancarme el silencio que llevo clavado en el pecho
Ahogada en la desgracia de haber sido siempre quien no soy más que en mi mente
Abandoné mis mil versiones buscando escapar de mi verdadera cara, ah, este rostro que veo siempre y a veces enamora y a veces lo odio tanto
Un ciervo viene a visitarme y me llama y me dice que vaya con él.
El dolor se apacigua cuando huyes y rompes cosas contra el suelo y gritas con furia un rato largo y luego nada, he gritado y me he golpeado el cerebro. El silencio que se crea luego de enloquecer y mirar a la nada y que he pensado en todo últimamente.
¿Y si escapo? Nada queda ya de mí en este cuerpo y nada queda ya para mí en esta vida. Supongo que ser tan apaisado y sensible me ha llevado simplemente a derrotarme rápido ante las injusticias y dolores que la vida te da como bofetadas a mano abierta. Creo que estoy deprimida.
¿En qué momento comenzó todo esto? Quizá fue en aquella casa color coral donde mi padre amenazaba con una vida sin “mañana” para mí. Ah, el que fue mi príncipe en algún momento. Más bien, en un mundo paralelo creado por mi mente, jamás un beso me hizo sentir satisfecha ni un abrazo protegido. Siempre el miedo corriendo por mis venas.
Me pregunto si Dios se ha olvidado de mí. ¿Por qué nadie escucha mis rezos? ¿Por qué nadie responde a mi llanto y me abraza y me promete con certeza de que todo estará bien?
Un ciervo viene a visitarme en las noches. Acuesta su rostro sobre mi almohada y me mira y respira con calidez. A veces pienso que este ciervo sería un ángel y la almohada el cielo y mis sueños, mis dulces sueños, mi mundo paralizado. Dormir para mí, para mi cuerpo vago, se volvió algo excéntrico. Creo que la depresión se apoderó de mí de nuevo. No puedo salir de casa sin llorar por un largo rato, me prometo ir a recorrer algún sitio y luego me encierro y lloro porque estos muros han sido creados como una prisión para las almas delicadas. No soy feliz y quiero morir.
Ah, morir. No sé si sea realmente eso lo que busco, pero ya no necesito habitar este cuerpo por lo menos. Me he cansado, se me han agotado las ganas de todo. ¿Cuál era ese sueño que repetía de niña para mí yo adulta? Ni lo recuerdo, creo que nunca estuvo y hoy, en este sitio tan maldito que es mi carne, no me permite respirar. Mi cuerpo me ha creado claustrofobia y mis oídos no son más que los túneles malditos del infierno repleto de ecos, ecos de voces que no son reales y repiten tan dolorosamente para mis adentros versos malditos traídos por el demonio mismo, un lugar oscuro y maldito para mi corazón que ya no soporta más. Cuánto dolor ha de soportar y cuantas risas se me han escabullido como suspiros. Mi cuerpo se ha vuelto una basílica repleta de pecados imperdonables, supongo y mi sangre se ha vuelto el pan de cada día de las malas lenguas. Estoy maldita, eso es lo que nos toca a los hijos bastardos de Dios.

















