Me muero:
¿Acaso soy la única que siente cómo se le acaba la vida académica?
¡Qué rayos! No es que me vaya a graduar mañana, aún me quedan benditos dos años, pero ¿Y luego?
Hablaba con un amigo, siempre hablo con él. Recordábamos cómo eramos cuando empezó nuestra amistad, qué ha ido preocupándonos en los últimos años, cuáles han sido nuestras esperanzas, aspiraciones y nuestros planes.
Planes. Siempre carecemos de ellos.
¡Que siento que me muero! ¿No entiendes?
Decíamos, y decimos, que queremos trabajar en algo que nos guste y nos satisfaga. Pero no sabemos qué nos gusta ni qué nos podría satisfacer.
Decíamos, y decimos, que queremos dinero. Pero no queremos forzarnos a una vida estrangulante, cuya única meta sea que lleguen las vacaciones.
Nos cuestionamos qué es lo que aspiran otras personas. Los pobres, los ricos.
¿Y nosotros? Sólo queremos irnos.
¿Por qué será que existe la latente esperanza de que, al final, seremos libres? ¿Será porque es lo único que nos queda? ¿Qué entendemos por libertad? ¿Somos nosotros o es toda la humanidad la que se adolece con lo incierto?
Mientras tanto, seguimos aquí, haciéndonos pendejos hasta la eternidad.














