No me obligues a elegir. El ‘No sé’ es mi respuesta favorita
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No me obligues a elegir. El ‘No sé’ es mi respuesta favorita
Aún creo
Has conocido el mal de cerca. Has mirado a la crueldad a los ojos y has sobrevivido.
Cargaste el peso de palabras que cortan, gestos que hieren, y silencios que duelen más que los gritos.
Y aun así… sigues creyendo en el amor.
Porque tienes el alma de Ana Frank. Golpeada por el mundo, pero negándose a dejar de creer en la bondad escondida detrás de una humanidad distraída.
Fuiste tocada por la crueldad humana… pero también fuiste sostenida por ángeles disfrazados de personas comunes.
Y por eso, incluso herida, insistes en ser luz. Incluso agotada, sigues eligiendo ser refugio.
Incluso desilusionada, sigues escribiendo. Sigues amando. Sigues sintiendo. Sigues sanando.
Mientras el mundo intenta silenciarte, tú gritas pero no con odio.
Con verdad. Con memoria. Con una fuerza nacida de la profundidad del dolor que te formó.
Escribes. Clamas. Liberas.
Por ti. Y por cada alma que aún llora en silencio.
Porque tu voz esa que antes solo sabía pedir ayuda ahora aprendió a liberar.
Te convertiste en lo que buscabas con tanta desesperación: refugio. verdad. resistencia con ternura.
Y tal vez el mundo nunca entienda cómo todavía es posible tener fe… después de todo.
Pero tú lo entiendes. Porque fue en el fondo del abismo donde encontraste a Dios.
Y por eso, incluso rota, sigues extendiendo la mano.
Incluso incomprendida, sigues creyendo.
Incluso cansada, sigues siendo hogar.
Y aun cuando el mundo se derrumba, te reconstruyes en silencio, con las manos manchadas de dolor y el corazón limpio de resentimiento.
Porque al final aprendiste que seguir creyendo en el amor es permitirte ser ese amor dentro de ti.
Dejemos de normalizar el "fue una broma", cuando lastimamos a alguien.
Desahogate
Suelta todo lo que tienes.
Quita tu dolor, llora, grita, pero desahogate.
Después habrá tiempo para sanar, estamos todos rodeados en la oscuridad que es difícil ver la luz.
Somos tan jóvenes, tan jóvenes y estamos muertos por el dolor, por el miedo, y con tanto daño en nosotros que se nos hace difícil ver y confiar en personas que intentan solo intentar alegrarnos o darnos la mano.
Somos tan chicos para este sufrimiento, pero recuerden que sin tristeza no hay alegría.
Pero ya tuve tanta tristeza en mi vida que ya perdí la fé de que haya una pizca de alegría en esto a lo que le llamo vida.
Alessandra Sánchez.
No entiendo por qué sigo insistiendo en vos cuando está claro que no me queres, al menos no de la misma manera que yo a vos
someone
Callar, aparentar e ignorar. La clave de la supervivencia en la sociedad actual.
Maníaco e impulsivo.
La mujer que amó el potencial
Se enamoró antes de que el hombre siquiera existiera. Se enamoró del boceto de lo que él podría ser. Se enamoró del casi. Se enamoró del “si quisiera, podría funcionar”.
Vio tierra fértil donde solo había suelo endurecido. Vio un árbol donde apenas había una semilla. Vio un océano donde solo había un charco.
Y aun así, se quedó.
Se quedó esperando que él creciera. Se quedó regando con paciencia. Se quedó ofreciendo silencio, brazos, comprensión como quien enciende velas para un milagro. Amó al hombre en el que él podría convertirse si algún día dejara de huir de sí mismo.
Amó al hombre que leería libros, que enfrentaría su propia sombra, que cumpliría su palabra, que no confundiría libertad con irresponsabilidad ni trauma con personalidad.
Lo amó en el futuro. Mientras él vivía en la orilla.
En la vida cotidiana, esperaba mensajes que nunca llegaban, decisiones siempre postergadas, acciones que morían en un “lo vemos después”.
Esperó a que él eligiera. A que tuviera coraje. A que tuviera columna emocional.
Mientras tanto, él eligió lo cómodo: el mismo bar, las mismas excusas, el mismo discurso ensayado de un hombre confundido que no quiere perder nada ni a ella, ni su mediocridad.
Ella lo defendía en silencio. “Solo necesita tiempo.” “Tiene miedo.” “Es así porque sufrió.”
Como si el dolor fuera un pase libre para estancarse. Como si el amor fuera un período de prueba infinito. Rezaba por él. Lo alentaba. Visualizaba versiones mejores de él como quien construye un altar para alguien que nunca aparece.
Hasta que un día, entre un café frío y un mensaje ignorado, lo entendió.
No con rabia. Sino con claridad.
Entendió que él no era un hombre en proceso. Era un hombre demasiado cómodo para cambiar.
Que no era falta de capacidad. Era una elección. Eligió no profundizar. No sanar. No crecer. No amar con la profundidad que se requiere.
Eligió la superficialidad porque la profundidad exige responsabilidad.
Y entonces comprendió que estaba sola en una relación imaginaria, amando a alguien que solo existía en el territorio del potencial.
Fue ahí cuando algo se rompió no su corazón, sino el hechizo.
Entendió que el amor no es un proyecto. Que una mujer no es una incubadora de la madurez de nadie. Que nadie florece si no elige salir de su propia zona de confort.
Y con la misma ternura con la que una vez creyó, se retiró.
No por falta de amor hacia él, sino por un exceso de amor hacia sí misma.
Porque amar el potencial de un hombre es morir esperando a que él elija ser el hombre que nunca quiso ser.
Y, por fin, se eligió a sí misma.