Series, círculos, permutaciones, perspectivismo y representación:
Por más que la representación infinita multiplique las figuras y los momentos, los organice en círculos dotados de automovimiento, no por ello estos círculos dejan de tener un solo centro que es el del gran círculo de la conciencia. Cuando, por el contrario, la obra de arte moderna desarrolla sus series permutantes y sus estructuras circulares, señala a la filosofía un camino que lleva al abandono de la representación. Para hacer perspectivismo, no basta con multiplicar las perspectivas. Es necesario que a cada perspectiva o punto de vista corresponda una obra autónoma con un sentido suficiente: lo que cuenta es la divergencia de las series, el descentramiento de los círculos, el «monstruo». El conjunto de los círculos y de las series es, pues, un caos informal, desfundamentado, que no tiene otra «ley» que su propia repetición, su reproducción en el desarrollo de lo que diverge y descentra. Es sabido cómo estas condiciones se encuentran ya realizadas en obras como el Livre de Mallarmé o el Finnegans Wake de Joyce: son obras por naturaleza problemáticas. Allí, la identidad de la cosa leída se disuelve realmente en las series divergentes definidas por las palabras esotéricas, así como la identidad del sujeto lector se disuelve en los círculos descentrados de la multilectura posible. Sin embargo, nada se pierde, ya que cada serie no existe más que por el retorno de las demás. Todo se ha vuelto simulacro. Pues, por simulacro, no debemos entender una simple imitación, sino, más bien, el acto por el cual la idea misma de un modelo o de una posición privilegiada resulta cuestionada, derribada. El simulacro es la instancia que comprende una diferencia en sí, como (por lo menos) dos series divergentes sobre las cuales juega, abolida toda semejanza, sin que pueda desde entonces indicarse la existencia de un original y una copia. En esta dirección hay que buscar las condiciones, no ya de la experiencia posible, sino de la experiencia real (selección, repetición, etc.). Es allí donde encontramos la realidad vivida de un campo sub-representativo. Si es cierto que la representación tiene la identidad como elemento y un semejante como unidad de medida, la pura presencia tal como aparece en el simulacro tiene lo «dispar» como unidad de medida, es decir, siempre una diferencia de diferencia como elemento inmediato.