Momias que sanan
Aprovechar la naturaleza en favor de la salud humana ha sido una máxima desde las más antiguas civilizaciones hasta hoy. Famosos son, por ejemplo, los escritos hipocráticos donde se especifica la manipulación de ciertas hierbas para apalear determinados males. Pero hacia finales de la Edad Media se comenzó a hacer conocido un remedio bastante curioso, uno que incluía componentes humanos: el polvo de las momias.
Se dice que durante la primera mitad del siglo XVI, el monarca francés Francisco I acostumbraba cargar con una pequeña bolsa cuyo contenido era ni más ni menos que momia molida. Se pensaba que dicho remedio servía para una gran cantidad de males como el dolor de garganta, sanar fracturas o incluso curar la tuberculosis. Hacia este periodo, el polvo de momia gozaba de una gran popularidad, incluso de corte transversal a la sociedad, es decir, ricos y pobres anhelaban poder contar con este recurso. Sus enormes cualidades lo convertían en un elemento muy demandado pero de difícil acceso. Por lo mismo, se inició todo un mercado negro en donde incluso se falsificaba (las momias que realmente valían eran las de larga data, como las egipcias, no era válido si se momificaba un cadáver recientemente). Hasta el siglo XVII no existía una drogería que se jactara de tal que no contara con polvo de momia dentro de su inventario. Eso si, no todo espécimen servía para todo mal, existían dentro de este subgénero de la medicina aquellos una especialización de acuerdo a su data, color y estado. Para señalar sólo un ejemplo, Francis Bacon atribuía a su momia facultades para sanar heridas. A partir del siglo XVIII los cuestionamientos a esta práctica se hicieron notar desde la comunidad médica y, paulatinamente, se dejó de utilizar.
En la fotografía podemos ver una momia egipcia que se encuentra expuesta en el Museo de Louvre en Paris.
Para ampliar la información sobre este tema, se recomienda el libro Remedios de antaño: Episodios de la historia de la medicina de Francisco González.















